El año 2024 será un año verdaderamente difícil e incierto. Ha dado inicio el proceso electoral más complicado en nuestro país. No solo están en juego los cargos de elección popular, incluyendo la presidencia de la República, sino la estabilidad de nuestro querido México ante la amenaza creciente de la violencia.
Violencia que se dejó crecer por pactos infames con delincuentes, de quienes llegaron al poder con pretensiones absurdas de perpetuarse en él.
Nadie debería sentirse sorprendido por todo lo que está ocurriendo en nuestro México. La traición se veía venir desde la campaña presidencial del 2018 por los antecedentes de un individuo que vivió de la mentira y el engaño.
La polarización lo ha acompañado siempre a través del discurso incendiario que llega en el momento oportuno y logra penetrar en la mente del ciudadano; ese votante que desafortunadamente en su ofuscación cree todo porque no analiza.
Muchos creyeron -quizás lo sigan creyendo- que efectivamente a López Obrador se le había robado la elección del 2006. Falso; fue una elección “apretada”, “cerrada” donde el vencedor fue Felipe Calderón. Por poco margen, pero hay que entender que en democracia un voto hace la diferencia.
Algo que el perdedor nunca entendió y con esa mentira, su mentira, ha alimentado su odio hacia las instituciones alegando un fraude que nunca existió, más que en su mente enferma de poder y en la de sus seguidores.
El supuesto fraude del que tenía pruebas en copias de las actas nunca se pudo comprobar. Las cajas, donde aparentemente iban los documentos probatorios, iban vacías.
Un engaño más para los electores y la difamación para el candidato ganador.
Eso es lo que hacen los individuos que desean el poder a como dé lugar y se aferran a él cuando lo obtienen. Mienten, engañan, destruyen, traicionan.
Un individuo que escudándose en un fraude que no existe, incendia pozos petroleros, destruye instituciones, no es de fiar. ¡Por supuesto que no! Y por eso no voté por ese señor que hoy desgobierna nuestro país y lo ha llevado a convertirlo en un verdadero desastre en muchos aspectos.
Ha ido destruyendo instituciones que bien o mal funcionaban, como por ejemplo las de salud, para dejar a la población derechohabiente sin servicios, sin medicamentos que ni con la pensión que otorga pueden adquirir.
Durante la pandemia, se dejó morir a miles de personas al no recibir la atención adecuada, sin que importara a un gobierno que volteó a mirar hacia otro lado.
Y qué decir de los niños con cáncer ¿cuántos pequeños se quedaron sin recibir su tratamiento? ¿Cuántos fallecieron? Y si agregamos a la lista a hombres, mujeres con cáncer, diabetes y otras enfermedades sin duda el número se incrementa.
En educación, hay atraso considerable y todavía se atreven a defender lo indefendible. Lo avanzado se convirtió en retroceso. No hubo recursos para proporcionar las herramientas necesarias tanto a maestros como a los alumnos, para poder trabajar a distancia.
Fideicomisos desaparecidos como por arte de magia, echando culpas -como siempre- a gobiernos anteriores, pero sin dar más explicaciones del destino de esos recursos que tenían un buen propósito.
Quien traiciona a su patria, no merece la menor consideración. La peor traición que se puede señalar es la de ceder una buena parte de nuestro territorio a la delincuencia organizada.
La política de “abrazos, no balazos” fue una entrega de poblados, de comunidades, de manera descarada a la criminalidad.
Y todo por los compromisos adquiridos por la ambición de poder.
El saldo es verdaderamente doloroso; asaltos, secuestros, cobro de piso, gente buena huyendo de la violencia. Gente humilde que tenía un techo para vivir y alimento que llegaba a su mesa producto del trabajo honrado.
Hoy, en riesgo de perder todo hasta la vida si no se someten a la voluntad de los criminales. Y qué decir del riesgo en que se encuentran niños y jóvenes que no encuentran solución a la problemática existente. O los reclutan los delincuentes o se arman para hacerles frente.
Y ni qué decir de militares que mueren emboscados o durante un recorrido, encontrar suelo minado. ¡Claro! Eso no es terrorismo, según afirman. ¿Qué nombre le darían? Porque un solo militar muerto en cumplimiento del deber, merece atención y respeto. Para él y su familia.
Iniciaron las campañas y con ellas los discursos. Ojalá y los que votaron en el 2018 por quien hoy es inquilino de palacio reflexionen y comprendan el riesgo en que nos ha puesto a todos por sus políticas de seguridad inaceptables.
Y de ninguna manera vendan su voto por una despensa o un billete.
Más sobre esta sección Más en Coahuila