Coahuila
Hace 2 años
Las marchas y protestas son legítimas y necesarias. La del 8 de marzo, a propósito del Día Internacional de la Mujer, también lo es. Y es, ante todo, una demostración de fuerza. En el argot político sería una manifestación “para mostrar músculo”.
Ahora bien, ¿conduce hacia algún lugar, necesariamente debe conducir, o no tendría por qué hacerlo?
No existe un pliego petitorio, una estrategia, o el némesis de cualquier organización: seguimiento. Se extiende, cuando mucho, al día después en consonancia con otra reivindicación: “el nueve nadie se mueve”.
Pero hoy, 10 de marzo, la cantera rosa de los edificios públicos ya fue lavada, el grafiti ha sido pintado, y los cristales rotos cambiados. Mañana, día 11, los ministerios públicos regresarán a su rutina y los jueces a la suya. Esto en el ámbito de la justicia, si bien puede ser aplicado a cada profesión y oficio vilipendiado por el colectivo.
Poco queda de aquella jornada de furia; de vandalismo tolerado y consentido. De aquél estado de excepción que se cierne por espacio de horas donde todo se vale mientras las protagonistas usen el “fuimos todas” como manto protector. Así aprovechan estas para “castigar” de acuerdo con sus estándares, proyectar su ira y frustración en función de quien se cruce por el camino a su paso: gordofobia, transfobia o Palestina por igual.
Lo anterior es, en el fondo, un reto directo a la autoridad: primero se les azuza, y luego se les acusa de represión si existiese alguna respuesta oficial (con el uso de la fuerza pública, que no deja de ser legal).
Pero no nos equivoquemos: no todo es blanco y negro ni lineal. A esa marea de antemano se suman personas con motivaciones particulares y conocimiento de causa, para mimetizarse con la multitud y cometer delitos en masa que, en otro momento, serían castigados con penas individualizadas. Como en las películas de La Purga (cualquiera que sea su versión): existe un tiempo determinado en donde se repliega el estado y deja a sus ciudadanos la libertad para tomar las vidas humanas que puedan, o cometer cualquier ilícito sin consecuencias jurídicas.
En este caso reducido, sin embargo, a una versión de Halloween verde y morado, no la tradicional negro y naranja: salen a las calles, las toman, incluso las intervienen (o maltratan, según se vea y elija el verbo en consecuencia), hacen travesuras y regresan a casa. Sólo que sin dulces y con carteles adornados con diamantina y una estética particular, ad hoc a la conmemoración. Performance.
El fenómeno social es viral por imitación, pues ésta “es una fuerza más poderosa que la competencia”, ha teorizado el sociólogo y criminólogo francés Gabriel Tarde.
Ahora es Barbie la tendencia de moda; ser coquette. Así coexiste lo mismo un acto para pedir justicia por mujeres desaparecidas, que trivializar la fecha como desfile con tendencia cute para obtener un stock de imágenes a publicar como ‘contenido’ en redes sociales.
Más al pendiente de los pronombres personales y el color de la bandera que usarán. De consignas pegajosas y jocosas. Un concurso de creatividad para medir qué contingente muestra las mejores frases y rimas, o cuál outfit destaca más entre la muchedumbre.
Que ningún varón tiene que decirles cómo y por qué hacer las cosas, y hacerlo es patriarcal.
La vacuna, ante cualquier mínima reacción o crítica, es acusarles de mansplaining, terminajo que significaría “los hombres nos explican cosas de forma condescendiente” (que de antemano ya saben las mujeres debido a su condición).
Sólo el que carga el tololoche sabe lo que cuesta tocarlo, en otras palabras.
Cortita y al pie
Atreverse a criticar es comprar el boleto ganador para ser linchado en el tendedero público, virtual o material, o peor aún: “funado”. Tener la osadía de cuestionar, como ejercicio de aproximación a la verdad, es automáticamente demostrar ser un ‘machirulo’ que no se adapta a los tiempos que se viven, de progresía y diversidad. Ajá.
Un troglodita que urgentemente necesita ser ‘deconstruido’ (como apropiación cultural del concepto “deconstrucción”, del filósofo Jacques Derrida, aunque en realidad lo conciben como si se tratase de una terapia de conversión).
No hay cabida entonces para diálogo que incite al debate; es, por lo contrario, mera imposición autoritaria bajo la premisa de que hay temas que no admiten ser discutidos. Dogmas de fe, se les llama. Como la religión, por ejemplo.
No obstante, por más especiales o delicados que sean estos, ¿hay cabida para eso en una sociedad democrática?
La última y nos vamos
El 8 de marzo es un día para el reclamo y la indignación femenina, y para la reflexión y autocrítica masculina.
Por lo demás, donde unas ven ideología otros ven un “target group” al que conviene “seguir la corriente” o “dar por su lado” y no perder ni enemistar debido a su impacto y presunta influencia comercial.
No nos engañemos: la inmensa mayoría está en ese lado de la cancha.
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