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Publicado el domingo, 4 de abril del 2010 a las 15:00
Piedras Negras, Coah. – El manso río Escondido comenzó a aumentar su nivel alrededor de las cuatro de la tarde… pero no alarmó a nadie, mucho menos a los habitantes de sus márgenes acostumbrados a las “subidas y bajadas” constantes de su nivel, en tiempos de lluvias.
Pero aquel Domingo de Ramos, un día soleado, agradable y tranquilo, nadie imaginaba que poco después de las siete de la tarde, en forma sorpresiva un monstruo de agua de dos mil metros cúbicos, equivalente a 2 millones de litros por segundo y una fuerza en peso de 45 millones de toneladas, llegara sorpresivamente y a velocidad de 80 kilómetros por hora, y en no más de quince minutos, barriera con Villa de Fuente y alcanzara las colonias cercanas, causando terror, muerte y destrucción.
Hoy, también Domingo de Resurrección, se cumplen 6 años de la devastadora inundación del 4 de abril del 2004, la peor tragedia ocurrida en Piedras Negras en los últimos 56 años. A seis años de distancia, muchos buscan “la verdad”, que parece centrarse en la furia de la naturaleza y en una criminal apatía por parte de Conagua, para estar al pendiente ante situaciones de riesgo, como las que plantearon en su momentos las torrenciales lluvias.
En las serranías de Zaragoza, las lluvias fuertes se dieron del 10 de marzo hasta abril, y su descarga fue de 15 pulgadas.
Las lluvias saturaron toda el área y estanques, así como arroyos, de la cuenca hidrológica de los ríos San Antonio y Escondido, que abarca más de 3 mil kilómetros cuadrados.
Pero el día de la tragedia, el 4 de abril, la misma cuenca registró una precipitación pluvial de 20 pulgadas, en un radio de 30 kilómetros. Todo se conjugó para que se diera el terrible fenómeno.
La lluvia cayó especialmente en la Serranía del Burro, en el parteaguas de la cuenca, a mil metros de altura sobre el nivel del mar, y descargó a una velocidad que alcanzó en algunos tramos hasta 80 kilómetros por hora, convertida en una masa mezclada; piedra, lodo, árboles y otros objetos, de 45 millones de metros cúbicos.
Fue eso la gran cortina u ola de más de 8 metros de altura y que se desplazó más de 120 kilómetros, la que barrió con Villa de Fuente, matando a 38 personas.
Más de doscientas setenta casas fueron destruidas y también más de siete mil personas quedaron en calidad de damnificadas, además de decenas de heridos.
Fue una noche terrible la del domingo y un amanecer de pesadilla el lunes.
Los cuerpos comenzaban a aparecer en un lado y otro.
El gobernador del estado, Enrique Martínez y Martínez y el alcalde Claudio Bres Garza, recorrían la zona devastada y ordenaban ayuda, en medio de la confusión, el dolor, los reclamos… y el olor a muerte.
El Ejército estableció el Plan D-N-3 y la ayuda comenzó a fluir de distintos puntos del país y del extranjero.
Eran muchas bocas que alimentar y muchos desaparecidos que buscar.
Poco a poco, las víctimas fatales fueron surgiendo, pero de siete desaparecidos nunca se ha sabido jamás.
Lluvias atípicas en las serranías de Zaragoza y descuidos evidentes, trágicos al final, de la Comisión Nacional del Agua, en sus obligados monitoreos en el comportamiento de los cauces de ríos y descargas de arroyos, impidieron que se diera tiempo para dar la alerta y evitar lo que no se pudo: La pérdida de vidas humanas.
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