Nacional

Publicado el lunes, 5 de abril del 2010 a las 15:00
México, DF.- Ante la entrada en vigor del horario de verano muchas personas resentirán, como es natural, ciertos efectos transitorios derivados del cambio, como cansancio, somnolencia e irritabilidad. Sin embargo, el desfase fisiológico asociado con el adelanto en los relojes puede tener repercusiones mucho más serias, sobre todo en el rendimiento y productividad laboral dentro de las organizaciones.
Así lo señalan algunos estudios científicos recientes, mismos que han analizado la forma en que el ajuste horario impacta, tanto a nivel físico como psicológico e incluso social, al llamado “reloj” biológico interno y los ciclos circadianos de las personas que año con año, durante la primavera, deben adelantar una hora sus agendas de actividades con el objetivo de ahorrar energía eléctrica.
Ritmos vitales Los ritmos circadianos (del latin circa, alrededor y diem, día, es decir, alrededor de 24 horas) tienden a sincronizarse con las condiciones de luminosidad, pero a la vez son influidos por otros elementos ambientales como temperatura, estrés o ejercitación física. La hormona melatonina tiene un papel clave en este proceso, ya que la oscuridad estimula su secreción, lo que a su vez induce sueño.
Por eso cuando alguien viaja en avión a través de varios husos horarios experimenta el conocido fenómeno del jet lag, un desfase en su propio reloj vital, que tarda en adaptarse a las condiciones del sitio de destino. Algo similar ocurre durante el cambio de horario, que si bien podría parecer insignificante al compararlo con el que se experimenta al realizar viajes intercontinentales, en realidad necesita ser estudiado con detalle, más allá de sus implicaciones económicas.
Lesiones en el trabajo
El abrupto corte en el periodo de sueño que se experimenta tras adoptar el horario veraniego está relacionado con un aumento en la incidencia de lesiones comunes y severas en los lugares de trabajo, según un artículo signado por los investigadores Christopher M. Barnes y David T. Wagner, de la Universidad Estatal de Michigan y publicado en 2009 en el Journal of Applied Psychology.
En un primer estudio, los académicos revisaron bases de datos en el Instituto Nacional de Salud y Seguridad Laboral en EU sobre reportes de más de 570 mil trabajadores mineros entre los años 1983 y 2006. Encontraron que en comparación con otros días, los lunes que suceden a la entrada del horario de verano aumenta el número de lesiones leves y severas sufridas por los trabajadores.
En un segundo estudio Barnes y Wagner revisaron cifras de la Oficina de Estadísticas en el Trabajo comprendidas entre 2003 y 2006 y observaron evidencias indirectas de que la falta de sueño es un mediador importante en los accidentes laborales que ocurren durante los meses que está en vigor el cambio. En específico, determinaron que los lunes posteriores al adelanto de horario los trabajadores durmieron en promedio unos 40 minutos menos.
Otro dato relevante que encontraron es que en los lunes que suceden al cambio hacia el horario estándar, es decir, al que rige en invierno y durante el cual se “gana” una hora, no se presentaron diferencias significativas en los patrones de sueño, cantidad de lesiones o severidad de las mismas.
“En promedio, ocurren 3.6 lesiones más y se pierden 2 mil 649 días adicionales de trabajo debido a las lesiones en los días siguientes al avance de fase (hacia el horario de verano) en comparación con los días donde no se registra ese cambio”, escriben los autores en su reporte académico titulado “El Cambio al Horario de Verano Reduce el Tiempo de sueño e incrementa los accidentes laborales.
“Esto no sólo representa un incremento de 5.7% en el número de lesiones durante esos días, sino también un aumento de 67.6% en los días de labores perdidos debido a tales problemas. En suma, encontramos que los cambios temporales orientados a ajustar las actividades con los periodos de mayor luz del día tienen efectos negativos en las organizaciones”, escriben los científicos en las conclusiones de su artículo.
Todos los seres vivos poseen un “reloj” interno que les permite sincronizar sus ritmos vitales para ajustarse a los ciclos de luz y oscuridad y regular actividades como la alimentación, el sueño, la vigilia, etc. En los mamíferos, el cerebro mantiene el control maestro de ese mecanismo, específicamente un grupo de células localizadas en el hipotálamo, que integran el núcleo supraquiasmático.
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