Sociedad
Por
Zócalo
Publicado el domingo, 11 de abril del 2010 a las 14:00
Monclova Coah.- La fe no es creer sólo en las verdades de Jesús. Es vivir de acuerdo con esas verdades. Yo puedo creer en el pan como alimento, pero si no lo como, no me vale para nada. Podemos creer en Dios, en Jesucristo; podemos creer y saber lo que Jesús enseñó, pero si no lo vivo, si no lo practico, ¿De qué me sirve? ¿De qué nos sirve tener en una fiesta la mejor orquesta del mundo si no toca? Tenemos dos cosas muy importantes que debemos hacer los que tenemos fe. La primera es confiar siempre en el poder y en el amor de Dios, que a través de nuestros padres nos dio el ser.
Nuestra vida y todo lo que existe es algo maravilloso que nosotros no hemos hecho. ¡Qué maravillosa resulta la vida cuando, por ejemplo, recibimos del médico un diagnóstico que nos asegura que la enfermedad grave, que sospechábamos, no existe, o cuando escapamos por un pelo de un accidente mortal, pero también cuando sentimos que alguien nos ama! Cada día podemos darnos cuenta del poder y amor de Dios que nos ha sacado de la nada. ¡Si no éramos nada! Cada día podemos decir: Le doy gracias a Dios y me alegro como un niño con los regalos navideños porque Dios me dio el gran regalo de la vida, porque existo, existo… y tengo seres queridos.
La segunda cosa importante que debemos hacer es aceptar como compañero a Jesús en la vida y en la muerte. Aceptar como compañero a Jesús es pedir perdón y saber perdonar; es reconciliamos para que vuelva la amistad que se ha roto, sin tratar de culpar a nadie.
Cuentan que por todos los medios, un párroco trataba de convencer a un viejo campesino enfermo de muerte, para que se reconciliara con un vecino ya que se aproximaba su última hora. A este anciano Antes de su muerte tembló de miedo y deseó librarse de ella; su muerte estuvo llena de tormentos. Aceptar como compañero a Jesús es pasar por el mundo haciendo el bien; aceptar como compañero a Jesús es resucitar como Él resucitó.
le resulta dificilísimo, sin embargo, da su permiso al párroco para que fuese a traer al vecino y de este modo poder reconciliarse. Al fin dio su aprobación; pero cuando el sacerdote se estaba yendo, dice entre dientes: «Pero si sano, él y yo seguiremos como siempre ». Como podéis comprender, aquí no ha habido verdadera reconciliación. Aceptar sinceramente como compañero a Jesús, es aceptar también el dolor cuando nada se puede hacer para evitarlo. Para Jesús la vida no fue un camino de rosas.
Notas Relacionadas
Más sobre esta sección Más en Sociedad