Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Se les quema el altar de muertos en primaria de Piedras Negras y se llevan tremendo susto Sheinbaum se lanza contra Lorenzo Córdova y exhibe presunto privilegio con su plaza en la UNAM Alumna sufre quemaduras graves durante concurso de disfraces en Hidalgo China, los BRICS y la hegemonía del dólar Rumbo al 3 de noviembre – Entre predicciones y kamikazes

Zócalo

|

Deportes

|

Información

< Deportes

Deportes

Saraperos vs Pericos: con alma de sarapero

  Por Redacción

Publicado el domingo, 15 de agosto del 2010 a las 14:00


Decenas de banderas atravesaron los aires. No se trataba de huelgas o manifestaciones.

Saltillo, Coah.- Decenas de banderas atravesaron los aires. No se trataba de huelgas o manifestaciones. La gente parecía distinta. Algo sucedería. Todos iban de verde y blanco, con sonrisas seguras pero con miradas de angustia. La multitud caminaba hacia el estadio, donde un juego definiría la felicidad de toda una ciudad, o la tristeza de miles de corazones.

Cada persona llevaba la victoria en sus pensamientos, el triunfo como único deseo. Al entrar les esperaba la furia del combate; la entrega de toda fe a sus héroes, lo jugadores de Saraperos. Estaban decididos a otorgarle las siguientes horas de sus vidas al beisbol, el deporte que los capturó. No eran simplemente aficionados, eran unos enloquecidos de pasión, verdaderos y fieles seguidores de sus ídolos.

En la entrada del Estadio Francisco I. Madero transitaban cientos de personas, pero alguien atraía las miradas. En sus manos tenía un pequeño bote de pintura y un modesto pincel. Un sarape rodeaba sus cansados hombros y enaltecía su inmutable sonrisa. Todo el que pasara por ahí salía con sus mejillas tatuadas con una gran letra “S”. La camisa de este entusiasta pintor decía: “los Yanquis son de Grandes Ligas, pero mi amor por Saraperos, es otra cosa”.

La porra llegaba con su incansable tambora, matracas difíciles de silenciar y voces dispuestas a no callar pasara lo que pasara. También entraron triunfantes “Blue verde”, un joven con su máscara esmeralda de luchador y su invencible capa sarapera de cinco años de antigüedad. Iba acompañado de “Chango Marango”, un simpático gorila que aclamaba al equipo saltillense.

Los hombres se detenían derrotados por la sensualidad. Las animadoras robaron cientos de miradas e incontables suspiros. Sus delineadas figuras destilaban belleza y nadie pudo resistirse. La música combatía contra el ruido, los murmullos, los deseos de ganar. La locura se contagiaba, todo podía pasar.
La tensión aumentaba, todo mundo intercambió miradas, sentimientos compartidos.
Desde un bebé en brazos, hasta una mujer con un par de muletas que lentamente se esforzaba por llegar a una de las entradas. Rostros cansados, cabelleras canas, melenas rubias, numerosos sombreros. No hubo distinción de públicos, todos compartían un fin, una esperanza.

Apenas iniciaría el momento más esperado del día. Pero el sol abandonó a Saltillo y el estadio se cubrió de nubes, relámpagos, aire fresco. Como si el clima también se cargara de ira, de pasión. Y así, con esa furia digna de la naturaleza, el cielo sorprendió a los miles de espectadores que apenas comenzaban a vitorear al primer sarapero que, con largas zancadas, se adentró en el campo. Gruesas gotas de agua llegaron imponentes. Pero no fue lluvia eso que cayó. Fue un truco divino, un chubasco malicioso que logró más desesperación en la muchedumbre.

¿Se suspendería el juego?, ¿cuánto duraría esa iracunda llovizna? Nadie lo sabía.

Rápidamente muchos huyeron en busca de un refugio. Sólo los más aguerridos permanecieron en sus lugares. A ellos no les importaba que el clima les lanzara miles de litros. Nada los movería de su sitio. El tambor no calló y los gritos tampoco se calmaron. Ni la lluvia ni mil relámpagos pueden matar la verdadera emoción de un sarapero de hueso colorado.

Afuera esperaban los desafortunados que no consiguieron boleto. Tuvieron que rendirse ante el agua. Desaparecieron con velocidad. Pero sólo fueron largos minutos. Un rato después todo estaba listo para continuar. Entre el público se escuchaba una enorme campana. Su dueño levantó los ánimos y las palmadas de la gente. Poco a poco los saltillenses exigían que el juego siguiera. Deseaban con toda su alma abandonar los momentos de espera e incertidumbre. Finalmente lograron su cometido: el partido continuó.

Muchas personas decidieron aplacar sus nervios y prepararse para una noche intensa.

Los antojitos hacían de las suyas. Los aromas de carnes, platillos, café y postres atrapaban la atención de quienes caminaban. Nada como atender al estómago y consentirlo con una deliciosa pizza, unos burritos, elote. Pero también había otro tentador aroma: la cerveza.

En el estadio todos los ojos se concentraban en la pequeña pelota. Las cabezas giraban como hipnotizadas hacia los jugadores. Había inconformidad en las miradas, desconcierto, intriga. Atrás de los asientos, un anciano bajaba su mirada. Veía sus manos y cerraba los ojos esperando lo peor.

Los guerreros caídos comenzaban a aparecer. En una de las bardas un pequeño dormía víctima del cansancio y el frenesí. Su mejilla descansaba al lado de una corneta tricolor, como si al primer esbozo de ruido, inmediatamente se levantara para seguir con su tarea de hacer ruido.

“Ay, Saraperos”, dijo otro niño. Era tan chico que la playera de su equipo favorito le llegaba a los pies. Agitaba su bandera verde y miraba a su alrededor. No era el único. Miles de aficionados tenían esa misma sensación de desconcierto. Pero estaban ahí para gozar el sabor del triunfo, eso no se olvidaba.

El piso retumbó toda la noche. La fuerza de miles de pies golpeando las gradas al mismo tiempo se esparció por el ambiente. La energía era tanta, que asustaba. En las afueras del campo no se podía pasar. Cientos de almas transitaban de un lado a otro, querían distraer por un momento su pensamiento, alejar toda idea de miedo o desconfianza.

El estadio latía de enjundia, nadie estaba ahí para rendirse ni para aceptar una derrota.

El frenesí casi alcanzaba su clímax. Había quien aventaba botellas, los niños se bañaban de pintura verde. Saltillo gritaba una vez más por su equipo, por ser bicampeón.

La noche abrazaba con su energía a cada ser humano, a cada alma que quería cumplir su deseo, a cada recuerdo que cruzaba y se mezclaba con los murmullos.

Más sobre esta sección Más en Deportes

Hace 7 horas

Saltillo Soccer se queda sin lana: adeuda dos meses de sueldo y arriesga su lugar en la liga

Hace 7 horas

Buenos triunfos de Dragones y Pachucos

Hace 7 horas

Enfrentará Atléticos a los Indios Sioux

Hace 7 horas

Recuerdan a exjugadores de Legendaria Selección

Hace 7 horas

Resuelve Selectivo en el último periodo

Hace 11 horas

Suma América punto ante Xolos y tendrá que esperar para calificar

Hace 12 horas

Jaliscienses conquistan oro y plata en el Mundial Junior de Triathle y Biathle

Hace 14 horas

Se vale beber… ¡Cerveceros son los Campeones de la Serie Mundial!

Hace 20 horas

Cristiano Ronaldo gana el premio BOAT al mejor Balón de Oro de la historia

Hace 23 horas

Checo Pérez enciende la pasión por la F1 en CDMX con espectacular showrun en Reforma

Hace 1 dia

¡El fenómeno ‘Color Esperanza’ llega a los muros de Torreón!

Hace 1 dia

¡Checo Pérez renueva con Cadillac hasta 2029! Seguirá en la F1 hasta casi los 40 años