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XXXI domingo del tiempo ordinario

  Por Zócalo

Publicado el domingo, 31 de octubre del 2010 a las 14:00


Un padre muy rico repartió cuanto tenía entre sus tres hijos, menos un diamante, que quiso dárselo como premio

Monclova, Coah.- Un padre muy rico repartió cuanto tenía entre sus tres hijos, menos un diamante, que quiso dárselo como premio a aquel que de los tres hiciese la obra más digna de alabanza. Partieron los hijos, cada uno por distinto camino; al cabo de tres meses se presentó el primero diciendo:

-Un hombre desconocido me confió todo lo que tenía y yo se lo devolví todo.

-Has cumplido con tu deber

-le contestó el padre-, pero no has hecho más que lo que era tu obligación. Poco después se presentó el segundo y explicó:

-Yo salvé a un niño, con peligro de mi vida, cuando estaba para ahogarse.

-Es una acción muy importante

-dijo el padre-; pero hay acciones dignas de mayor alabanza.

Por fin llegó el tercero y explicó:
-Caminando una tarde encontré a mi mayor enemigo durmiendo al borde de unos altos acantilados y a punto de caer por ellos. Con sólo empujarlo, hubiera caído por el precipicio y no lo hubiera contado. Pero lo desperté, con lo que seguramente le salvé la vida.

-¡Magnífico, magnífico! -exclamó el padre-; tuyo es el diamante.

Este hijo tuvo misericordia con su enemigo. Pues bien, Dios se hizo hombre con el nombre de Jesús por su misericordia hacia nosotros, que por el pecado somos más o menos sus enemigos.

Precisamente en el Evangelio de hoy se nos habla de la misericordia que Jesús tuvo con Zaqueo.

Zaqueo era un hombre rico y jefe de los recaudadores de impuestos. Era, como se dice, el capo. Era ladrón y se aprovechaba de los demás.

Como era de pequeña estatura se subió a una higuera para ver a Jesús. Cuando Jesús llegó junto a la higuera, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,6).

Cristo buscaba su corazón, no sus riquezas. Zaqueo bajó en seguida, y lo recibió con los brazos abiertos. La gente murmuraba de Jesús por alojarse en casa de un pecador.

Zaqueo le da un banquete al Señor, pero es mucho más lo que recibe que lo que da. Recibe la alegría, se llena de Dios, y lo demás le sobra. Por eso, puesto en pie, le, dice a Jesús: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más» (Lc 19,8).

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa» (Lc 19,9).

Hermanas y hermanos: Dios llama siempre a la puerta de nuestra vida. El título preferido de Jesús, escogido por él mismo, fue el de Buen Pastor. Lo propio del Buen Pastor es buscar la oveja perdida. La oveja perdida que hoy nos presenta el Evangelio es Zaqueo.

En nuestros tiempos se hacen trasplantes de corazón. Algunos enfermos pasan a tener un corazón nuevo. También muchos de nosotros necesitamos un corazón nuevo. Necesitamos que el corazón de piedra, como el que tenía Zaqueo, se convierta en corazón de carne para vivir una nueva vida en la fe en el Hijo de Dios, que vino al mundo en busca de lo que se había perdido.

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