Saltillo
Publicado el domingo, 2 de noviembre del 2025 a las 04:05
Saltillo, Coahuila.– El sol apenas comenzaba a esconderse detrás de los cerros cuando el aire se llenó de incienso, música y el sonido grave de tambores que anunciaban el inicio del Desfile Xantolum 2025. Desde temprano, familias enteras se apostaron sobre las banquetas del bulevar Venustiano Carranza, con rostros pintados de calaveras, veladoras encendidas y flores naranjas entre las manos. A las cinco de la tarde, el corazón de la ciudad empezó a latir distinto: los muertos volvían a casa.
La décima edición del desfile reunió a miles de asistentes que siguieron el recorrido desde el Instituto Tecnológico de Saltillo hasta la Plaza Coahuila. Fue una procesión colorida y caótica, pero también profundamente simbólica.
Cada contingente contó una historia: una abuela convertida en catrina caminando junto a sus nietos, un grupo de jóvenes con alebrijes de papel y luces LED, comparsas que mezclaron ritmos prehispánicos con batucadas modernas. Entre el público, el asombro era constante:
” Cada año está más grande, más bonito”, decía una mujer mientras tomaba fotos a un carro alegórico con mariposas gigantes y velas encendidas.

El Xantolum nació hace una década de la mente inquieta del artista Josafat Benavides Torres, quien decidió que Saltillo necesitaba una forma propia de honrar a sus muertos.
Lo que comenzó como una procesión simbólica con un ataúd para “enterrar el mal humor”, se transformó en una celebración viva, una mezcla de arte urbano, tradición indígena y espíritu norteño. Hoy, el desfile es parte del Festival de las Ánimas, y ya no es solo un evento: es una forma en que la ciudad se reconoce a sí misma.
Este año participaron más de 3 mil personas entre escuelas, compañías de danza, colectivos artísticos, instituciones y familias enteras. El color predominante fue el naranja del cempasúchil, pero también hubo destellos de neón, luces violetas y capas brillantes que daban al desfile un toque casi cinematográfico.
Niños disfrazados de calaveritas repartían dulces, mientras los mayores caminaban con retratos de sus seres queridos, recordando que el Día de Muertos no es tristeza, sino reencuentro.
El recorrido fue acompañado por música en vivo: tambores, saxofones y guitarras eléctricas se mezclaban con cantos tradicionales. En algunos puntos, las comparsas improvisaban bailes con el público.

Sobre la calle Allende, una pareja de catrines bailaba un vals bajo una lluvia de confeti dorado; más adelante, un grupo teatral representaba una ofrenda viviente con veladoras humanas. Cada esquina se volvió escenario, cada aplauso una forma de ofrenda.
A pesar de los cierres viales y el caos vehicular que obligó a muchos a caminar largas cuadras, el ambiente fue de celebración. Desde los balcones, algunos vecinos arrojaban pétalos; otros encendían velas.
La ciudad entera parecía haberse puesto su mejor cara de calavera. El viento frío de noviembre no impidió que el público permaneciera hasta el final del recorrido, donde un altar monumental aguardaba bajo el cielo iluminado por fuegos artificiales.
El Xantolum no es solo un desfile. Es el eco de una identidad que se niega a desaparecer. Es la manera en que Saltillo recuerda que también puede celebrar la muerte con vida, con comunidad, con arte. Diez años después de su primera edición, este festival demuestra que las tradiciones nuevas también pueden tener alma antigua.
Cuando el último contingente se perdió entre la música y el humo, quedaron los rastros de cera, pétalos y risas. En el aire, una sensación compartida: la certeza de que por unas horas, los muertos caminaron otra vez entre nosotros.

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