Coahuila

Publicado el martes, 4 de noviembre del 2025 a las 04:45
Saltillo, Coah.- Mateo tiene 4 años y apenas empieza el jardín de niños. Es curioso, vivaz y con una energía que desborda cada rincón del aula. Pero cuando algo no sale como él quiere –si un compañero no le presta un color, si lo dejan fuera del juego o si escucha que alguien “se portó mal”–, su respuesta es la misma: “cachetea”.
Para él, golpear no es una falta, sino una forma legítima de defenderse o de imponer su voluntad. Ha aprendido que los golpes sirven para resolver los problemas.
El caso de Mateo no es aislado. Según un diagnóstico reciente de la Secretaría de Educación de Coahuila, 36 mil de cada 100 mil estudiantes –desde preescolar hasta nivel superior– viven algún tipo de violencia, ya sea física o sicológica. El dato, revelado por el secretario Emanuel Garza Fishburn, confirma una realidad preocupante: la violencia se ha normalizado en los entornos donde crecen miles de niños y adolescentes.
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Un poco más de 36% de los alumnos reporta vivir violencia física o sicológica en su entorno inmediato”, explicó Garza Fishburn. “Esto puede suceder en casa, en la escuela o en la comunidad. Lo preocupante es que muchos lo asumen como parte de su vida cotidiana”.
La violencia que no siempre se ve
Para Mateo, la agresión no es un acto de maldad, sino una respuesta aprendida. Detrás de su conducta hay un entorno que refuerza el castigo físico, las burlas o las descalificaciones como formas “educativas”. La sicóloga Karla Valdés explica que estas experiencias repetitivas pueden generar trauma complejo, una herida emocional profunda que afecta la manera en que los niños se relacionan, controlan sus emociones y entienden el mundo.
Los golpes son sólo una parte visible del problema. Hay violencias más silenciosas: gritos, humillaciones, burlas o descalificaciones que dejan cicatrices menos evidentes pero igual de profundas.
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Por mucho tiempo, la Psicología estudió el trauma individual, pero hoy sabemos que hay niños expuestos de manera repetitiva a entornos violentos. Esa exposición constante genera lo que llamamos trauma complejo, que afecta su desarrollo emocional, su regulación y sus relaciones con los demás”, advierte la sicóloga.
Mateo, sin saberlo, es el espejo de lo que ve y escucha. En casa ha aprendido que los gritos o los golpes son herramientas de control, y en la escuela reproduce ese patrón. No se trata de malicia, sino de aprendizaje emocional distorsionado. “Los niños no nacen violentos –explica la especialista–, aprenden la violencia como aprenden el lenguaje: observando”.
Vulneración infantil
En Coahuila, la Pronnif atiende cerca de 6 mil casos de vulneración infantil cada año, la mayoría por omisiones de cuidado: niños que no van a la escuela, que no reciben atención médica o que pasan largas horas solos. Sin embargo, detrás de muchas de esas omisiones hay también maltrato emocional, desinterés o un entorno familiar cargado de estrés y frustración.
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Cuando un papá o una mamá recurre al golpe, normalmente es porque están rebasados”, reflexiona la procuradora Araiza. “Pero lo que el niño aprende es que los problemas se resuelven con violencia. Y eso es justo lo que tenemos que cambiar”.
Una política pública para sanar
Los especialistas coinciden: la violencia se aprende. Y lo más grave es que se hereda. Garza Fishburn lo explica desde la política pública:
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Si los niños viven violencia en casa, pero en la escuela reciben educación socioemocional –aprenden empatía, autorregulación y resolución pacífica de conflictos–, se puede romper la inercia. La escuela puede ser un punto de inflexión”.
La estrategia es interinstitucional: participan la Secretaría de Salud, el DIF, la Fiscalía, la Pronnif y organizaciones civiles como Inspira. Juntas buscan atender los distintos niveles de riesgo, desde la orientación y acompañamiento sicológico hasta la intervención legal en casos graves.
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No nacemos violentos”, subraya la sicóloga Valdés. “La violencia se aprende, pero también se puede desaprender”.
El reto está en romper el ciclo antes de que la infancia se pierda en la costumbre del golpe, en la indiferencia o en la idea equivocada de que la rudeza forma carácter.
Se puede romper un ciclo
Los especialistas coinciden: la violencia no es un destino, es un ciclo que puede romperse con conciencia, educación emocional y acompañamiento. Mateo puede aprender a pedir perdón en lugar de golpear. Puede crecer entendiendo que el afecto no duele y que la fuerza no da la razón.
En una entidad donde 36 mil de cada 100 mil niños viven con algún tipo de violencia, la historia de este niño es una alerta, pero también una oportunidad. Porque detrás de cada golpe hay una historia que puede contarse distinto si los adultos –familia, escuela y estado– deciden escuchar, abrazar y enseñar de otra manera.
‘Pegar no es violencia’
La procuradora de las Niñas, Niños y la Familia, María Teresa Araiza Llaguno, lo resume sin rodeos:
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Muchas familias no reconocen la violencia porque así crecieron. Se sigue creyendo que pegar no es violencia, sino educación. Pero está demostrado que el castigo corporal afecta el desarrollo del cerebro infantil”, señala la titular de la Pronnif, advirtiendo que la violencia deja huellas desde los primeros años de vida.
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Un infante que es abrazado y tratado con cariño desarrolla mejor su cerebro. En cambio, un niño que crece entre gritos o descalificaciones ve afectada su arquitectura cerebral. Lo que parece una simple omisión o una broma pesada puede alterar su desarrollo emocional y cognitivo”.
Araiza Llaguno subraya que muchas familias no reconocen la violencia, porque han crecido bajo la idea de que el golpe “corrige” o que los insultos “endurecen el carácter”. “Generacionalmente se nos enseñó que pegar no es violencia, sino educación. Pero hoy sabemos que los golpes dejan marcas, no sólo físicas, sino sicológicas”, señala.
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