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Grupo Zócalo
Publicado el martes, 11 de noviembre del 2025 a las 04:14
Valdemar Ayala Gándara| Saltillo, Coah.- Por estar en el playlist de mi minidisc desde hace par de días, una de las canciones que he venido escuchando más ha sido Love Will Tear Us Apart, sin imaginarme un porqué…
Las obras cinematográficas que devienen experiencias muy intensas conllevan conectividad, analogías, que conduzcan su interpretación hasta buen puerto. Para buscar contribuir a ello, va esta primera parte de mi crítica a la recién estrenada Mátate, Amor (2025).
De nuevo, Jennifer Lawrence (¡Madre!, 2017) personifica a una mujer que vive en una casa rodeada por vegetación, pastizales y árboles frondosos, y de nuevo representa a una mujer en punto de quiebre. Acaso Lawrence forme, junto a Emma Stone, el dueto de actrices más convincentes para representar en la actualidad este tipo de personajes femeninos en el cine anglosajón. Pero la naturaleza circundante, cuando menos, daría su voto de calidad a favor de Lawrence… y yo también.
Aquí es Lynne Ramsay quien dirige (Tenemos que Hablar de Kevin, 2011; Nunca Estarás a Salvo, 2017), una férrea realizadora escocesa con pulso seguro para tratar historias escabrosas. En este caso partiendo de la exitosa novela de la argentina Ariana Harwicz, de quien espero en algunas semanas la llegada desde Madrid de su ensayo El Ruido de una Época (2023), contestatario y provocador, como debieran ser todos los ensayos contemporáneos.
De tal manera que en el proceso novela-deviene filme, para el caso que nos ocupa, son dos talentosas y valientes artistas mujeres quienes están inmiscuidas centralmente en la creación de estos productos culturales asociados, y a lo dicho quiero agregar un detalle que me parece pertinente: el libro fue leído por Martin Scorsese, a quien le encantó, y después se lo recomendó a Jennifer Lawrence (ambos acabaron siendo coproductores del filme), quien pensó en Ramsay para dirigir la historia en su adaptación a cine.
Quienes hayan visto la deslumbrante Nunca Estarás a Salvo, me parece que identificarán en ella —sobre todo en la secuencia de violencia registrada en los pasillos y habitaciones de cierto edificio— el más conciso reconocimiento que haya producido el cine mundial para citar y homenajear a la brutal secuencia que el propio Scorsese logró en la parte final de su clásico absoluto Taxi Driver (1976), lo cual invita a reconocer un caso más de las relaciones —implícitas o explícitas— que entretejen las afinidades artísticas a través del tiempo.
Asimismo, luego de las muestras de su real fortaleza y talento histriónico —sea en la contención rigurosa de las exasperaciones de su personaje en la claustrofobia a cuatro ruedas que es la muy convincente Cosmópolis (David Cronenberg, 2012), o en su representación de un marinero subalterno al filo de la locura y en encierro con su compañero dentro de un faro tragado por tormentas, en la neoexpresionista El Faro (Robert Eggers, 2019)— Robert Pattinson representó, de entrada, un acierto actoral que deviene, simultáneamente, imán de taquilla, como mandan los mejores cánones del star system hollywoodense desde los años 30 del siglo 20. Aún en la grisura de personajes aparentemente limitados y rebasados, como en el caso de Jackson en Mátate, Amor, Pattinson sabe hacer vivir y lucir a sus alter egos ficcionales, lo cual me parece justo subrayar.
2) Mátate, Amor en sí
La nueva obra que construye Ramsay sigue la lógica de una arquitectura explosiva, de un arrebatado devenir de visceralidad femenina, fruto emponzoñado de la crisis al tratar de ser lo que no se es del todo, con la carnalidad puesta a prueba por la organicidad que demandan los procesos de ser madre antes y después del parto, siendo el parto un hecho doble, producido por el nacimiento de la nueva criatura, y que rompe en dos, también, a la mujer que da a luz viviendo en sombras, lo cual la disocia de manera angustiante, sofocante, denigrante.
Algo aquí me hace eco y me lleva a la recuperación de las premisas de Anticristo (2009), para mí la mejor película de Lars von Trier, y también hacia el ensayo muy brillante que dedica Slavoj Žižek en su libro Lacrimae Rerum (2006) a la doble figura de la feminidad dentro del cine de Andrei Tarkovsky: como madre y como prosituta.
Cuando la escritura no es catarsis suficiente, es un nodo de insatisfacción, aguijón que crece en el centro de la cama y del vientre, sala oscura repitiendo la trama de siempre y aburriendo más y más cada vez más... Las notables escritoras y poetas trágicas de nuestras tradiciones literarias lo han representado con insoportable verismo para usufructo de quien busque indagando, y sus casos, dramáticos de sí, han envenenado luminosa y ominosamente a incontables seguidoras a posteridad.
En esta obra cinematográfica, la escritura dobla las muñecas en ángulo contrario, se ofrece a placebos de álgido filo, y no brinda respuestas ni solaz alguno. Desde la perspectiva de la novelista Harwicz, la historia contada a través de Mátate, Amor pudiera decirse que denuncia una cierta capitulación de la creatividad literaria ante el poder impío de las pulsiones que revuelcan a la vida misma desde su propio centro. Y esta situación es oro puro para la cineasta Ramsay, quien despliega sus dotes autorales con las cuales acentúa el angustiante proceso de degradación sicológica de sus personajes, revisitando y ensanchando, así, el río de aguas turbias que conforma su filmografía y en el que ella nada como pez nocturno. Aunque, tal vez, se podría echar en falta algo de la introspección que robustece y brinda una entidad más profunda a Grace —nombre maliciosamente paradójico—, el personaje femenino principal, tal y como la novela logra hacerlo —según me dan a entender los fragmentos que he podido leer de la misma—, pero que en la puesta en escena filmada por la directora escocesa se sustituye por la espectacularidad de las explosiones in crescendo de violencia física y arrebato sexual de la mujer que representa Jennifer Lawrence de manera tan fervorosa.
Complemento perfecto para amarrar el elenco de este drama perturbado y perturbador lo brindan los veteranos Sissy Spacek y Nick Nolte (especialmente en el caso de la primera por el tiempo-pantalla que se le otorgó, y que se extraña un poco a favor del segundo, aunque ello ayuda a resaltar la condición secundaria de lo masculino dentro del relato audiovisual). Por ser dos de los más sólidos y queridos histriones del cine estadunidense del pasado medio siglo, siempre será un gusto ver de nuevo actuando a Spacek (Malas Tierras, 1973, y Carrie, 1976, etcétera), y Nolte (Historias de Nueva York, 1989, e Infidelidades, 1997, etcétera), mientras sea posible tenerlos en un set de filmación.
3) Imágenes y sonido
La formulación audiovisual de Mátate, Amor representa uno de sus aspectos que me parecen más destacables, por su capacidad de crear un submundo de imágenes densas en el cual nos vemos sumergidos a la par de los personajes, siendo un acierto atribuible tanto a la visión de la realizadora escocesa como al estilizado trabajo del director de fotografía Seamus McGarvey. A destacar: a) el opresivo formato cuadrado en que los personajes aparecen constreñidos todo el tiempo; b) la paleta de color definida en colores y tonos fríos, mortecinos, deslavados, propios de una cotidianidad apagada; c) las composiciones que acentúan primeros planos en foco selectivo, generando abstracciones formales y desconexiones entre los personajes y su entorno cercano; d) el enrarecimiento lumínico al hacer uso de planos en “noche americana” con una nitidez más allá de lo onírico; e) la manera de fotografiar la desnudez de Grace, mostrada varias veces de forma refractada, diluyendo su corporeidad y desmaterializándola, cual espectro de sí misma, mujer que es cuerpo-y-alma-deseante-insatisfecha, y f) la construcción de atmósferas de irrealidad, indefinidas, a partir del uso de filtros y lentes —en algunos casos, anamórficos— que desnaturalizan la presencia y movimientos de estos personajes escindidos, rotos, devastados.
Respecto al diseño sonoro de la película, también es un logro a subrayar, debido al trabajo de Tim Burns, y en el caso del soundtrack seleccionado, el mismo brinda un fondo referencial atractivo y consistente, que refleja en especial el espíritu musical de la década de los 80, el cual se ve acentuado y puesto al día con el lánguido cover que interpretan, para acompañar los créditos de salida, George Vjestica, Raife Burchell y la propia Lynne Ramsay cantando Love Will Tear Us Apart, ese desolador y craquelado himno de Joy Division en el que Ian Curtis dejaba la vida cada vez que interpretaba versos así:
When routine bites hard
And ambitions are low
And resentment rides high
But emotions won’t grow
And we’re changing our ways
Taking different roads
Then love, love will tear us apart, again
Love, love will tear us apart, again.
(Cuando la rutina muerde fuerte
Y las ambiciones son bajas
Y el resentimiento crece
Pero las emociones no crecerán
Y estamos cambiando nuestras formas
Tomando caminos diferentes
Entonces el amor, el amor nos separará, otra vez
El amor, el amor nos separará otra vez.)
Aprovechando su primera semana en cartelera, les recomiendo darse la oportunidad de ver pronto la película, para alcanzarla en pantalla grande en una eventual segunda vez, si les quedan cosas por pensar, sentir y resolver como espectadores, en soledad o en pareja.
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