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Grupo Zócalo
Publicado el jueves, 4 de diciembre del 2025 a las 04:35
Palenque, Chiapas.- El Tren Maya tenía una misión: ser el motor para revertir el histórico atraso del sureste mexicano. El expresidente Andrés Manuel López Obrador apostó a que atraería el turismo, detonaría la economía y conectaría a las comunidades locales. A un año de que se inauguró por completo la obra, que atraviesa cinco estados a lo largo de mil 500 kilómetros de vías, el tren ha impactado de manera muy superficial la vida de los turistas y pobladores.
Aún en temporada alta, los trenes circulan casi vacíos en algunos tramos, y en las estaciones suele haber más guardias nacionales y empleados de limpieza que visitantes, según han constatado medios.
Un informe clasificado del Fondo Nacional de Fomento al Turismo preveía que, en su primer año de operación, el Tren Maya transportaría al menos a 74 mil personas diariamente. La realidad es que, según cifras oficiales, el tren trasladó de media a 3 mil 200 pasajeros diarios, un 5% de lo proyectado.

Más barato en camión
Hay pobladores que nunca se han subido al tren, pese a que el Gobierno ofrece tarifas preferenciales para ellos. El expresidente se empeñó en este ambicioso proyecto al grado de confrontarse con los jueces, que suspendieron varias veces la construcción por los enormes daños causados al medio ambiente, entre deforestación y destrucción de cenotes.
Para los pobladores, el escaso descuento que les ofrece la compañía militar que opera el Tren Maya se anula con el costo del transporte que deben costear para llegar a las estaciones. “Nosotros acá nos movemos en moto, u ocupamos los taxis. El tren, de mi pueblo, está lejos. Si yo quisiera moverme en tren, básicamente tendría que gastar doble. Para ir a Mérida, tomo el autobús. Es más directo y más barato”, explica Héctor Chan, un guía turístico en la zona arqueológica de Chichén Itzá, uno de los principales atractivos de la península. Los turistas se agolpan en torno a la imponente pirámide de Kukulcán, toman fotos y se autorretratan. Algunos se colocan enfrente de la edificación y chocan las palmas para comprobar el curioso fenómeno acústico que devuelve el sonido como un graznido. “Nosotros nos imaginábamos algo diferente con el tren”, dice Chan, “que iba a llegar muchísima más gente. Los turistas siguen llegando, pero con las compañías de tours”.
No lo conocen turistas
Los visitantes confirman la explicación del guía turístico. Cosina, una mujer de Alemania, ha preferido alquilar un auto, porque le parece más práctico. Nunca había oído del Tren Maya. “Justo me estaba preguntando estos días si había trenes en México. Ahora lo sé”, comenta. Víctor, de Portugal, dice que durante los días que ha estado de visita no ha visto indicaciones para usar el tren, así que contrató un tour. “Creo que lo promueven muy poco”, observa. Yannick y su amigo, también alemanes, eligieron, por flexibilidad, rentar un auto. “Puedes ir a donde quieras, cuando quieras. Es quizá más caro, pero más conveniente”, señalan. Una familia de Polonia acompañada de sus dos hijos pequeños pagó un tour porque, dicen, se sienten más seguros. “Si no trajéramos a los niños, sin duda nos subiríamos al tren”, sostienen. Candela, de las Islas Canarias, sólo sabe del Tren Maya lo que ha leído: recuerda que hubo manifestaciones para frenar su construcción porque “lo hicieron dentro de la selva”; ella y sus cuatro amigos contrataron también un tour. ¿Han pensado en utilizar el tren? “La verdad es que no”, resuelve ella.

Publicidad ineficaz
El Ejército, al que López Obrador entregó el control del Tren Maya, se ha lanzado a la caza de visitantes. Además de invertir 74 millones de pesos, casi cuatro millones de dólares, en publicidad en televisión, radio y redes sociales, en noviembre y diciembre ha bajado a la mitad el precio del pasaje redondo para todos los turistas.
Es lo que ha permitido a algunas familias abordar el tren por primera vez. Es el caso de María del Refugio Eusebio, que ha viajado con sus hijos, nieto y hermana desde Hidalgo. “Queríamos vivir la experiencia, porque se habla mucho del Tren Maya, y lo queríamos conocer. Está nuevo, bonito, cómodo”, observa. “Pero”, precisa, “sin esta promoción, yo creo que no habríamos venido, porque es algo caro”. Los precios varían en función del trayecto recorrido. El tramo de Mérida a Cancún, uno de los más concurridos, cuesta entre 780 y mil 40 pesos en clase turista (entre 43 y 57 dólares).
Encuentro de contrastes
El Tren Maya es un punto de encuentro de contrastes. Al margen del descarrilamiento que sufrió uno de los trenes en agosto, que no dejó daños graves ni víctimas, el tren funciona correctamente. Así lo aprecia Pablo Piquero, un ingeniero español que trabaja para una firma de trenes, que se ha subido para recorrer todo el circuito por “curiosidad profesional”. “Algunos de sus problemas son enfermedades de juventud. La línea no está montada del todo. Con el paso del tiempo, se solucionarán. Fuera de eso, el tren es moderno y funciona bien. El personal trata muy bien a la gente, mejor que en Europa”, afirma. Las estaciones están limpias, lo mismo que el interior de los coches; la puntualidad es indiscutible; la vigilancia, a cargo de elementos de la Guardia Nacional, es permanente en el tren y las instalaciones. “Yo me siento muy seguro aquí. No hay manera de que se suba un maleante a asaltar o que alguien se robe tu equipaje”, aprecia Reina Kinil, que viajaba desde Tenosique, Tabasco, a Cancún, un trayecto de 12 horas, acompañada de su numerosa familia.
Experiencia amarga
Aun con todo, persisten fallos que amargan la experiencia. No hay wifi en el tren. No hay persianas para protegerse del sol. Las conexiones eléctricas no siempre funcionan, lo mismo que el aire acondicionado. El mayor problema es que las estaciones están ubicadas lejos de los centros poblacionales, lo que desincentiva su uso. No sólo es la distancia: tampoco hay una red de transporte accesible que conecte con las terminales. En los principales destinos turísticos o ciudades, el Tren Maya dispone autobuses por un precio que para los locales no es barato (entre 60 y 80 pesos); además, los horarios de las corridas son limitados.
A las 10 de la mañana, el estacionamiento de Chichén Itzá está repleto de autobuses turísticos y vans. El transporte que parte de la estación del Tren Maya, ubicada a 14 kilómetros, llega casi sin gente. Un vendedor de artesanías dentro de la zona arqueológica, llamado Luis, dice tajantemente que el tren no ha ayudado a mejorar su economía familiar. “A nosotros como pueblo no nos beneficia en nada. Así de claro”, sostiene. “Se destruyeron monumentos y cenotes. Fue un negocio de los empresarios con el Gobierno, a nosotros los mayas no nos tomaron en cuenta”, critica. El comerciante acusa que los turistas extranjeros no les compran sus artesanías, aconsejados por las propias compañías de tours, que tienen convenios con las grandes tiendas.

Innovación desconectada
El mayor problema es que las estaciones están ubicadas lejos de los centros poblacionales, lo que desincentiva su uso.
Tampoco hay una red de transporte accesible que conecte con las terminales.
Sale sobrando
El turismo internacional que visita la península sigue dependiendo de las compañías de viajes, vinculadas a su vez con los grandes hoteles y restaurantes.
Los habitantes y trabajadores locales hacen su rutina con el transporte público, taxis o motos particulares.
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