Saltillo

Publicado el domingo, 14 de diciembre del 2025 a las 04:02
Saltillo, Coah.- En la calle Mariano Matamoros, mejor conocida como la calle de las piñatas, todavía suena el eco suave de un oficio que se rehúsa a desaparecer. Es una calle que huele a engrudo, a periódico húmedo, a trabajo artesanal. Una calle donde el color no se mira: se respira. Y mientras los pasos de los transeúntes se aceleran con los ritmos de la modernidad, allí siguen ellas, las piñatas, colgadas como estrellas que se niegan a dejar de resplandecer.
En medio de ese universo de picos, barbas de papel china y figuras festivas, se encuentra Mari Carrizales, quien desde hace seis años levanta —con paciencia y manos teñidas de pegamento— la tradición que identifica a Saltillo desde hace generaciones.
“ Ya tenemos nuestra clientela, gracias a Dios”, dice Mari, mientras acomoda una estrella de siete picos. “La gente ya sabe que si viene aquí por una piñata, se lleva una buena piñata”. Y en ese “buena” no habla sólo del acabado o de la simetría: habla de algo más profundo, de un trabajo hecho a mano. De una vocación heredada, de un México que todavía danza alrededor de estas figuras de cartón y color.
Pero esa danza, advierte Mari, ya no siempre es la misma.

La tradición de las posadas —con sus cantos, sus luces, sus aguinaldos— ha ido transformándose. Las nuevas generaciones, dice Mari, ya no buscan la clásica piñata de siete picos.
“
A los jóvenes casi les gusta más el Grinch, una galleta, algo así”, explica. “Los niños chiquitos quieren muñecos de nieve o figuritas modernas. Pero los adultos… los adultos sí vienen por su estrella tradicional”.
La estrella, aquella que simboliza las tentaciones que se vencen a golpes de alegría, se mantiene gracias a los padres y abuelos que aún insisten en conservar el ritual. “A veces ni dejan que los niños escojan”, cuenta riéndose. “Dicen: es una estrella, y se llevan la estrella. Así se conserva un poquito la tradición”.
Pero esa resistencia se enfrenta a un mundo cada vez más rasurado por lo digital. “Los jóvenes ya no ven la posada como antes”, dice Mari. “A veces compran una piñata nomás para botanear. Ya no es la fiesta de antes”.
Resulta paradójico: Mari y su familia trabajan horas creando algo que desaparecerá en minutos. Pero en ese instante —cuando la piñata tiembla colgada, rodeada de gritos, cuando una lluvia de dulces cae sobre niños y adultos por igual— nace la verdadera recompensa.
“Me da gusto que se diviertan con mi piñata”, dice ella. “Que les aguante, que la disfruten. Para eso se hace”.

Y mientras el sol de Saltillo se filtra entre las piñatas que se mecen en la entrada, uno no puede evitar pensar en lo vulnerables que son estas tradiciones. En lo frágil que puede ser un oficio cuando el mundo cambia demasiado rápido.
Pero también en lo fuerte que es una piñata: porque se construye para romperse, pero nunca para desaparecer.
Y mientras haya quien la haga y quien la golpee para celebrar, México seguirá teniendo ese pedacito de magia que sólo puede nacer del papel, del engrudo, del esfuerzo… y de las manos como las de Mari Carrizales, que siguen creyendo que las tradiciones se defienden haciéndolas, una y otra vez.
Hacer una piñata no es un acto simple. Es casi un conjuro. Primero se infla un globo que servirá de corazón. Se envuelve en periódico —ese material que también está desapareciendo— y se cubre con engrudo. Después viene el armado de los picos.
“ Armar un cono no cualquiera puede”, suspira Mari, como quien habla de un secreto que se aprende sólo con años de paciencia.
El proceso continúa entre idas y venidas: adentro para vestirlas, afuera para secarlas al sol. Cortar barbas, picar papel china, pegarlo a mano. Todo es manual, todo es oficio.
“ De principio a fin, una piñata puede llevar más de una hora, pero como hacemos por volumen, van por tandas”, explica. Treinta globos afuera, treinta adentro, treinta en proceso de nacerse estrellas.
Pero hay un problema que se siente como un susurro triste entre las mesas de trabajo: el periódico está muriendo, y con él, un material esencial del oficio.
“
Ya casi no hay periódico. Todo es digital. Los abuelitos son los que todavía lo traen”, dice Mari. Si no fuera por los señores que aún tienen sus suscripciones, ese olor característico —mezcla de tinta, papel húmedo y sol— podría volverse un recuerdo.
Los insumos suben de precio, pero el precio final de la piñata no puede subir. “La gente dice: ¿cómo que 200 pesos si es papel y periódico?”, cuenta Mari con una mezcla de frustración y resignación. No saben que ese “papel” ha sido cada vez más difícil de conseguir, que ese trabajo representa horas y costos que ya no siempre se pueden cubrir.
Antes, el jarrón de barro era el alma de la piñata. Ya no. El globo lo reemplazó porque el barro se encareció y se volvió impráctico. “Si me traen el jarrón, se la hago”, dice Mari. “Pero luego dicen: ¿cómo voy a quebrar algo que me costó 400 pesos?”. Y la tradición vuelve a ceder un poquito más.
Incluso los palos con los que se golpea la piñata han cambiado: ya casi no existen los de madera. “Ahora son tubitos de plástico, como escobitas”, lamenta.
Frente a estos cambios, Mari responde con esperanza, pero también con temor:
“Ojalá esto no sea el anuncio de un oficio en peligro de extinción, porque no se perdería sólo un trabajo, sino una tradición de México”.
Sus clientes fieles, quienes reconocen el esfuerzo detrás de cada estrella o figura, son quienes dan fuerza a ese oficio que todavía late, aunque cada año la modernidad lo apriete un poco más.
Por lo pronto Mari sigue allí, en Mariano Matamoros 975, antes de llegar a Corona. Abre de lunes a sábado, de 10 de la mañana a 8 de la noche; los domingos hasta las 3 o 4 de la tarde. Siempre rodeada de colores, de figuras en proceso, de sueños colgando del techo.
Notas Relacionadas
Hace 3 horas
Hace 3 horas
Hace 6 horas
Más sobre esta sección Más en ZocaloApp-home2
Hace 6 horas
Hace 9 horas
Hace 9 horas
Hace 10 horas
Hace 10 horas
Hace 10 horas
Hace 10 horas
Hace 10 horas
Hace 11 horas
Hace 11 horas
Hace 11 horas
Hace 12 horas