Después de siete días de vacaciones, regresamos a la CDMX repuestos y con muchos buenos propósitos. Encontramos la casa sin novedad, silenciosa y helada. No nos importó, bastó con que de inmediato prendiéramos un viejo calentador eléctrico para sentirnos una vez más en nuestro cálido hogar. Nos animaban las series de documentales, películas y biografías que nos esperaban. Después de evaluarlas optamos por “Amadeus”, la nueva versión de la película del mismo nombre de 1984. Mejor plan no podíamos haber elegido. Descubriríamos una nueva versión de Wolfgang Amadeus interpretado por Will Sharpe y, en el papel de Antonio Salieri, su admirador y acérrimo enemigo, Paul Bettany.
La serie se perfilaba para ser de primer nivel: la maravillosa música de Mozart, el espléndido vestuario y escenografía del siglo XVIII, la historia de amor entre Constanza (Gabrielle Creevy) y el compositor; el guión de Joe Barton, la dirección de Julian Farino y Alice Seabright -aunque no necesariamente muy conocidos-, convirtieron la obra en una propuesta muy original y muy disfrutable. Llegó el momento en que descubríamos al joven y muy intenso Mozart, vestido en satín, todo de blanco, dirigir su ópera más conocida: “Las Bodas de Fígaro”. En ese preciso instante, cuál no fue mi sorpresa al advertir, en el zoclo de la chimenea del estudio, la presencia de un pequeño ratón blanco, inmaculado, como si acabara de salir de una caricatura de Walt Disney.
Nervioso, inseguro y más asustado que nosotros corría desesperadamente para encontrar un refugio donde fuera. “Enrique, Enrique, un ratón blanco. ¿Qué hacemos? ¿Lo atrapamos, lo aplastamos o lo matamos?”. Era la primera vez que veía un ratón blanco. Su pelaje era blanco como la nieve. Me dio ternura y a la vez una repugnancia horrible. “No pasa nada, yo trabajé mucho en el laboratorio con ese tipo de ratones. Son totalmente inofensivos”, me decía Enrique algo sorprendido. Yo creo que en el fondo también él estaba un poco asustado. Mientras tanto la ópera de Mozart seguía a todo pulmón. Súbitamente el ratón albino desapareció. “Y ahora, ¿a dónde se fue? ¿Se metió a la recámara, debajo del edredón, al baño, en el interior de una de mis pantuflas? ¿Cuántos más hay como él? ¿Tendrá hijos, era macho o hembra? ¿Qué se hace en estos casos?”, preguntaba casi a gritos entre divertida y angustiada. Su fugaz presencia la sentí como una premonición de un año totalmente incierto, inseguro, con plagas, temblores, incendios, escándalos políticos, asesinatos y mucha corrupción en todo el mundo.
No terminamos de ver la serie de Mozart. Enrique y yo estábamos demasiado preocupados por la presencia del miserable ratón blanco. Apagamos la tele y nos pusimos a buscarlo por todos lados, a pesar de que en el fondo sabíamos que no lo íbamos a encontrar nunca. Así como en México, nunca se encuentra a las “ratas” políticas. Ellos, como el ratón blanco, saben en dónde esconderse y huir de la justicia.
Esa noche no podía dormir. Sentía que el ratón blanco me estaba esperando detrás de la cortina. Sentía que me espiaba desde un rinconcito de la cama y sentía que se me iba a aparecer de un momento a otro al salir del grifo del lavabo. Como sucedía en la novela surrealista de Boris Vian, “La espuma de los días” (L’Ecume Des Jours), publicada en 1947. No obstante la leí hace muchos años, recuerdo un pasaje que me impactó y que tiene que ver justamente con un ratón, éste gris y con bigotes negros muy largos, que solía ocultarse todo el tiempo y salía nada más del grifo del lavabo. Al recordar lo anterior, juraba que mi ratón blanco también se había introducido para ocultarse en el grifo de mi baño y que saldría del otro lado de la cañería, acompañado por toda su familia ratonil, con machos y hembras, blancos y grises. Estaba alucinando. Finalmente me dormí. Al otro día lo primero que hice fue llamar a los exterminadores profesionales de plagas. “Vamos a tener que desarmar toda su cañería porque estos ratones son expertos en esconderse y no hay poder ninguno que los haga salir…”.
Antes de irse el experto y después de haber revisado la cañería de la casa, me dejó varias pequeñas cajas con comida como trampa para eliminar una posible plaga.
¿Dónde, dónde se habrá metido mi ratón blanco?
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