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Coahuila

Está bien no estar bien

Por Alfonso Yáñez Arreola

Hace 2 meses

En los espacios de formación académica, no estar bien suele verse como una excepción incómoda. Las clases continúan, los programas avanzan y las evaluaciones llegan sin importar cómo se siente cada persona. Existe una expectativa constante de rendimiento y permanencia que rara vez se detiene a considerar el estado emocional de quienes aprenden. Por eso, decir “no estoy bien” algunas veces se interpreta como falta de compromiso, cuando en realidad puede ser una señal legítima de un problema de salud.

El 13 de enero, como efeméride visibiliza la lucha contra la depresión, abre una conversación desde una mirada académica y jurídica. No se trata únicamente de hablar de emociones, sino de analizar un fenómeno que incide en los procesos de aprendizaje, en el desarrollo personal y en el ejercicio de derechos fundamentales.

Desde el campo académico, la depresión es reconocida como un trastorno del estado de ánimo con bases científicas claras. La literatura especializada señala que afecta funciones cognitivas esenciales para el aprendizaje, como la atención, la memoria y la capacidad de toma de decisiones. En contextos de clases, esto se traduce en bajo rendimiento, dificultad para cumplir con actividades y un desgaste que no siempre es visible para quienes observan desde fuera.

A pesar de ello, en muchos entornos educativos el malestar emocional se normaliza. Se asume que el cansancio extremo, la ansiedad o la falta de motivación son parte natural del proceso formativo. Esta normalización no sólo invisibiliza la depresión, sino que retrasa su atención. Académicamente, esto impacta en la calidad del aprendizaje; socialmente, en la forma en que se construyen relaciones; y jurídicamente, en la garantía efectiva del derecho a la salud.

Desde una óptica jurídica, la salud mental forma parte integral del derecho humano a la salud. Este derecho no se limita a la ausencia de enfermedad física, sino que comprende el bienestar psicológico y emocional. Así lo reconocen la Constitución y los instrumentos internacionales en materia de derechos humanos. Por ello, cualquier espacio social donde se desarrollen personas –incluidos los académicos– debe considerar la salud mental como un eje fundamental.

El análisis jurídico también permite entender que las obligaciones no surgen sólo de acciones directas, sino también de omisiones. La falta de información, de protocolos de atención o de mecanismos accesibles de apoyo, puede generar escenarios de vulnerabilidad. En contextos académicos, estas omisiones tienen efectos acumulativos: deserción escolar, rezago, aislamiento y afectaciones emocionales.

Decir que está bien no estar bien es, es una postura que dialoga con el derecho. Implica reconocer que las personas no siempre se encuentran en las mismas condiciones para aprender y rendir. Desde el principio de igualdad sustantiva, no basta con exigir lo mismo a todos; es necesario considerar las circunstancias en el desarrollo académico de cada persona. Desde una perspectiva jurídica, el estigma puede convertirse en una forma indirecta de discriminación, al generar barreras que limitan el acceso equitativo a oportunidades. Cada 13 de enero, debe entenderse como un punto de análisis crítico para que el aprendizaje sea más humano, más justo y más consciente de la realidad de quienes participan en él. Desde el derecho, esta visión se traduce en el respeto a la dignidad como principio.

Que este 13 de enero haya servido para reafirmar una idea fundamental: está bien no estar bien. Aceptar el malestar es el primer paso para atenderlo y desde una perspectiva académica y jurídica, cuidar la salud mental no es opcional, es una responsabilidad compartida.

 

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