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| México es el país con la mayor carga económica por embarazo adolescente en América Latina, tanto en gasto total de salud como en pérdida fiscal, según un informe del UNFPA. Foto: Especial

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Embarazo infantil y adolescente genera un alto costo económico para México

  Por El Economista

Publicado el sábado, 17 de enero del 2026 a las 14:29


El caso de una niña de 10 años en Chiapas vuelve a exhibir el impacto social y económico de esta problemática.

Ciudad de México.-El embarazo infantil y adolescente no sólo representa una grave violación a los derechos de niñas y adolescentes, sino que también tiene un costo económico cuantificable y de largo plazo para México, de acuerdo con estudios internacionales y análisis oficiales.

El reciente caso de una niña de 10 años que dio a luz en San Cristóbal de las Casas, Chiapas tras un embarazo producto de violencia sexual, volvió a colocar el tema en la agenda pública.

Datos de la Secretaría de Salud indican que tan sólo en 2024 se registraron más de 92 mil nacimientos en adolescentes de 15 a 17 años y casi 8 mil en niñas de 10 a 14 años.

En este último grupo, especialistas y organismos internacionales coinciden en que el embarazo es siempre consecuencia de abuso sexual, lo que evidencia fallas estructurales en prevención, detección y atención.

Impacto que se traduce en pérdidas económicas

De acuerdo con el estudio El precio de la desigualdad, elaborado por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), publicado en marzo de 2025, el embarazo adolescente y la maternidad temprana generan pérdidas económicas significativas para los países de América Latina y el Caribe al reducir el capital humano, limitar la trayectoria educativa de las mujeres y disminuir sus ingresos futuros.

En el caso de México, estimaciones retomadas por organismos internacionales señalan que el impacto económico del embarazo infantil y adolescente asciende a alrededor de 76 mil millones de pesos anuales, cifra equivalente a cerca de 0.3% del Producto Interno Bruto (PIB). Estas pérdidas derivan de la combinación de menor escolaridad, menor participación laboral, menores ingresos a lo largo de la vida y una reducción en la recaudación fiscal.

Mayor presión sobre el gasto público

El impacto no se limita a la productividad, ya que los embarazos en niñas y adolescentes suelen ser de mayor riesgo médico, lo que incrementa el gasto público en salud por complicaciones obstétricas y neonatales. A ello se suma una mayor dependencia de programas sociales a lo largo del tiempo, tanto para las madres jóvenes como para sus hijas e hijos.

Organismos como el Banco Mundial advierten que la maternidad temprana implica una carga adicional para los sistemas públicos de salud, educación y protección social, costos que terminan siendo absorbidos por el Estado y, en última instancia, por toda la sociedad.

Consecuencia de la violencia

El caso ocurrido en Chiapas expone además una dimensión crítica del problema. Organizaciones civiles como Reinserta subrayan que cada embarazo infantil es una forma extrema de violencia sexual y una señal de omisión institucional cuando no es detectada ni detenida a tiempo. En México, 9 de cada 10 delitos sexuales no se denuncian, de acuerdo con datos oficiales, lo que agrava la impunidad y permite la repetición del daño.

En entidades como Chiapas, donde persisten altos niveles de pobreza, rezago educativo y desigualdad, el embarazo infantil y adolescente reproduce ciclos intergeneracionales de pobreza, profundizando brechas sociales y económicas.

Prevenir cuesta menos que sostener las consecuencias

Los estudios coinciden en que invertir en prevención resulta más costo-efectivo que asumir los efectos acumulados del embarazo infantil y adolescente. El UNFPA, la Organización Mundial de la Salud y otros organismos recomiendan fortalecer la educación sexual integral, garantizar servicios de salud sexual y reproductiva, mejorar los mecanismos de denuncia y brindar atención médica, psicológica y legal inmediata a las víctimas.

Por último, organizaciones especializadas plantean que la respuesta del Estado no debe limitarse a la sanción, sino incluir programas de intervención con agresores sexuales para prevenir la reincidencia.

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