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Coahuila

Identidad en cuatro patas

Por Amador Narcia

Hace 8 meses

Hay personas que dicen sentirse lobos, perros o gatos. No porque jueguen a serlo, ni porque crean que su cuerpo cambió, sino porque aseguran que algo en su identidad se parece más a un animal que a un ser humano.

A eso le llaman ser “therian”.

El término surgió en comunidades pequeñas, casi invisibles, donde algunas personas intentaban ponerle nombre a una sensación difícil de explicar, de no encajar del todo en lo humano y de encontrar en un animal una forma de describirse. Durante años fue marginal, discreto, incluso íntimo. Hoy es visible, compartido y defendido con un lenguaje que mezcla identidad, autenticidad y derecho a ser.

¿Qué es exactamente? No hay una sola respuesta. Para algunos, es una conexión emocional profunda con un animal. Para otros, una forma de explicar rasgos de carácter, soledad, protección o territorialidad. Hay quien lo vive como algo espiritual y quien lo asume como identidad. Ya no como metáfora, sino como algo que se es.

Identificarse simbólicamente con un animal no es, por sí mismo, una enfermedad mental ni un trastorno sicológico. La historia humana está llena de símbolos, animales, tótems y figuras arquetípicas. Pero el problema no es la identificación sino cuando la línea entre símbolo y realidad comienza a borrarse.

No es lo mismo sentirse un lobo que creerse un lobo. No es lo mismo usar un animal para describirse, que actuar convencido que uno no es humano.

Un estudio reciente, que revisa decenas de casos históricos y contemporáneos, describe lo que se conoce como teriantropía clínica: personas que creen haberse transformado en animales o que actúan bajo esa convicción. En esos casos, el fenómeno suele, aunque no siempre, estar asociado a trastornos sicóticos, depresiones graves o trastorno bipolar. No es necesariamente una expresión cultural, sino un problema de salud mental.

Esta complejidad parece haberse perdido cuando el fenómeno entró al escaparate digital.

Convertir una vivencia subjetiva en identidad compartida genera comunidad, pertenencia y validación inmediata.

En una época obsesionada con nombrarse, no tener etiqueta equivale a no existir.

Ahí, surge la pregunta incómoda que casi nadie quiere hacer sin miedo a ser acusado de intolerante: ¿cuándo es este fenómeno una experiencia profunda y cuándo responde a una moda, o sentido de escape a una fallida identidad humana?

Porque también hay algo profundamente distópico en todo esto. Aparece en un contexto de desencanto, de soledad, de ruptura de vínculos, donde ser un humano racional dejó de ser una experiencia satisfactoria para muchos.

El riesgo de esto parece estar en normalizar la idea de que toda experiencia interna debe ser validada como identidad incuestionable. Que toda crítica es violencia, que toda duda es discriminación.

Cuando esa lógica se impone, el pensamiento crítico desaparece y la salud mental se vuelve invisible.

Esta semana, esta viralidad llegó incluso al Congreso de Nuevo León, que recibió una iniciativa ciudadana identificada como “ley ‘therian’”, cuyo planteamiento central es la creación de protocolos para prevenir la discriminación y el acoso hacia personas que se identifican con esta expresión cultural.

En la UNAM se convocó a una “reunión ‘therian’”, en C.U. La invitación describía actividades de convivencia y expresión identitaria.

Dejar que la gente haga lo que quiera no es una política pública. Es una renuncia. Renuncia a pensar, a distinguir, a poner límites donde son necesarios.

Cuando dejamos de distinguir entre metáfora y realidad, entre identidad y delirio, entre libertad y evasión, no nos volvemos más abiertos. Nos volvemos más frágiles.

Y esa fragilidad, a diferencia de cualquier identidad, sí es colectiva.

 

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