Saltillo

Publicado el domingo, 29 de marzo del 2026 a las 06:00
Saltillo, Coah.- De ninguna manera era un recinto poco cálido; las monjas que lo atendían procuraban dar lo mejor de ellas. La atención era exquisita, pero sin soslayar el respeto y la disciplina como valores inmutables, que inculcaban diariamente en la educación de las jovencitas que hospedaban.
Habían dejado sus hogares para viajar a Saltillo, procedentes de Monclova, Sabinas, Reynosa y Durango –entre otras localidades–; la buena fama de las escuelas saltillenses había trascendido más allá de los límites de la ciudad.
La capilla
En el cruce de las calles de Ateneo y V. Guerrero, en el Centro de la ciudad, se construyó una casona de adobe, tabiques y madera, que entre 1955 y 1970 hospedó a más de 15 estudiantes del Instituto Plancarte de Saltillo.
El acceso al inmueble era por la calle Ateneo; su planta arquitectónica se conformaba por un amplio vestíbulo, que comunicaba a las tres principales áreas del internado: dormitorios, comedor-cocina y patio central.
El espacio de recogimiento espiritual era una capilla –rectangular– con bancas de madera, dos cuadros de pintura adosados en las paredes frontal y lateral. Uno de ellos era el retrato del creador de las escuelas católicas: José Antonio Plancarte y Labastida. El otro representaba la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Es lamentable –denota el poco interés y desinformación de los responsables de la conservación del Centro Histórico de la ciudad– que las cúpulas y plafones de la capilla aún permanecen “en pie”, pero en un estado deplorable; el sitio destinado a la oración y reflexión permanece abandonado a su suerte.
En aquella lejana época, el oratorio recibía iluminación natural del poniente, por tres amplios vitrales –enmarcados cada uno en un arco de medio punto– que colindaban con la calle Guerrero. Los rayos de sol, antes de ocultarse, atravesaban los gruesos cristales y propiciaban una sensación de tranquilidad y solaz espiritual.
Las habitaciones y el aseo personal
El tamaño y mobiliario de los dormitorios de las jovencitas estaban en función del precio que estuvieran dispuestos a pagar sus familiares –padres– por la habitación.
Cuatro camas –individuales–, cada una con su buró al lado, sobre el cual acostumbraban colocar el portarretratos con las fotografías de la familia y del novio. Hasta aquellas muchachas que estarían dispuestas a pagar más, por tener mayor privacidad y sólo tener una compañera de cuarto.
Siete regaderas acondicionadas con una repisa y un gancho para colocar las amenidades de limpieza y la bata de baño. Cada cebolleta se colocaba en un cubículo con su puerta de aluminio.

La saludable alimentación
El área de cocina contaba con una persona especialista en nutrición, quien se encargaba de seleccionar los menús por semana.
El desayuno era jugo, café y huevo en tres presentaciones: con carne deshebrada, a la mexicana o estrellados. La cocinera se daba tiempo para preguntarle a cada una de las chicas qué apetecía para desayunar dentro de las tres opciones ofrecidas.
La comida se servía a las 13:00 horas, y regularmente, el primer tiempo consistía en caldo o crema; después venía el platillo fuerte, estofado de res (o pollo) acompañado de alguna guarnición de verduras; la bebida era agua de alguna fruta de temporada. El postre, un plátano o una manzana.
La merienda, después del rosario, consistía en un vaso de leche y un emparedado de jamón y queso.
La solidaridad cristiana
Con las inscripciones y colegiaturas que pagaban las alumnas, una parte se destinaba para subsidiar a un par de escuelas también de corte católico de la localidad, cuyas alumnas, por estudiar en colegios privados, pagaban un precio inferior al de mercado.
Algunas “plancartistas” –en forma de broma– de posición económica holgada, les llamaban el “Plancarte de las pobres”.
Aunque el estrato socioeconómico que privaba era clase media, había un grupo de jovencitas que procedía de familias de comerciantes del Centro de Saltillo, que habían llegado a México a finales del siglo 19, procedentes de Medio Oriente, cuya capacidad económica rebasaba la media del ingreso del resto del alumnado.
Los banderines en los desfiles

Portar el banderín del Instituto Plancarte era un orgullo y distinción para el par de muchachas que sostenía aquella figura de forma triangular, hecha de tela de algodón con ribetes y flecos.
Las abanderadas encabezaban el contingente en los desfiles del 16 de septiembre y 20 de noviembre, que recorría las principales calles de la ciudad.
En el banderín en azul y blanco aparecía el nombre, escudo y una frase que reflejaba la identidad católica de la institución: “Viva la Virgen María (VVM)”.
El rosario
Una de las actividades que se llevaban a cabo cotidianamente –en el solemne y acogedor templecito– era repetir el rosario.
Cuando las manecillas del reloj marcaban las 5 de la tarde, las muchachas ocupaban los asientos y repetían el rezo, dirigido por una de las religiosas, y posteriormente venía una breve meditación por la madre superiora.
Don Carlitos y el transporte escolar
En aquella lejana época de finales de los años 50, el Gobierno mexicano autorizaba la importación de autobuses que las “high school” estadounidenses dejaban de usar cuando reemplazaban su flotilla de transporte.
El vehículo –procedente del vecino del norte– en amarillo tránsito, con capacidad para 40 pasajeros, era conducido por don Carlitos y una religiosa, que supervisaba el itinerario y velaba por la seguridad de las alumnas que usaban el servicio de transporte.
La ruta se extendía –al norte– hasta la colonia República; al sur, el fraccionamiento San Lorenzo y la colonia Lourdes marcaban los límites; y el poniente y oriente se acotaban por la calzada Emilio Carranza y la calle La Fragua, respectivamente.
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