En la juventud vimos muchas ilusiones y tentaciones.
Era común ver que conocidos decidían estudiar la abogacía porque era ruta para escalar en el servicio público; a nadie extrañaba que esa persona después se uniera a la masonería.
Otros, que no eran muy dotados en el cacumen, pero físicamente aceptables y con capacidad en el enfrentamiento físico, intentaban hacer carrera en la Policía Federal de Caminos, pues veían que se enriquecían rápido.
Otros, que se consideraban atractivos físicamente, hacían intentos de afiliarse en el altar con descendientes de ricos y ser parte de la aristocracia local o nacional.
Algunos tuvieron éxito, pero algunos llegaron al estado indeseable de sentir que no era suficiente y decidieron agregar a su receta de éxito la miseria, y otros algo peor: el dinero sucio.
Con la miseria, aplicarlo a sus vidas personales para que no desaparezca la fortuna, o en su relación con quienes los rodean, al pagar poco o no pagar sus deudas.
Los que logran escalar en el servicio público tienen a su disposición las arcas públicas; existe toda una metodología no escrita del manejo de ese dinero con propósitos de enriquecimiento, pero hay formas escritas de detectar esas desviaciones y castigar al servidor desleal.
En ese dilema entra el dinero sucio. La gente que tiene poder sabe que puede despojar de propiedades a los débiles, puede ganar dinero con esquemas de extorsión a ciudadanos, secuestros o tráfico de drogas, al tener autoridad sobre quienes deben evitar esos delitos, y también tienen autoridad o influencia sobre los jueces que deberían perseguir y castigar el delito.
Mientras no se exhiba y castigue el delito, ese dinero es mágico, no aparece en ningún papel, solo en el testimonio de testigos.
Por eso crecieron esos delitos desde los años 80.
Claro, las limitaciones a esa “mágica fuente” es que es un negocio propiedad de extranjeros con mucho más poder que nuestros gobernantes; por eso se rodean de gente no muy capaz, pero sacrificable, y así como les permiten y ayudan a encumbrarse, así los desploman y destruyen.
Estamos admirando el espectáculo de otra banda de Ícaros, cuyas alas desaparecen por aspirar a alcanzar el sol, provocando sus destrucciones.
Y como en los medios: “nueva temporada”…
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