Coahuila
Hace 3 dias
Mayo no llega como una estación, sino como un mandato. Cuando el calendario marca el décimo día, el aire de México se satura de un perfume a flores que huele a maternidad, a sacrificio y a deudas impagables. En este 2026, el 10 de mayo se celebra con la misma intensidad devota de siempre, pero bajo el cristal opaco de una realidad económica.
El origen de esta fecha, instaurada en 1922 por la campaña periodística de “El Excélsior” y José Vasconcelos, nació con la intención de institucionalizar la veneración a la “madre mexicana”, una figura que hemos construido como el “eje sacro” de nuestra estructura social. Sin embargo, lo que empezó como un tributo simbólico se ha transformado en un fenómeno masivo que mueve los engranajes sociales y económicos de un país.
El Día de las Madres se sostiene como una de las celebraciones más relevantes en el calendario nacional, ocupando el tercer lugar en la derrama económica anual, solo por debajo de fiestas decembrinas y el “Buen Fin”.
Pero es aquí donde habita la poesía amarga: celebramos la vida con el presupuesto de la carencia. Casi el 65% de los hogares mexicanos, según cifras del INEGI, destinará una parte significativa de sus ingresos —con el uso de tarjetas o créditos de corto plazo, con intereses elevados— para honrar el arquetipo materno. La Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (CONCANACO) comunica que para este año se estima un gasto de 2 mil pesos por persona para la celebración. Existe una suerte de “impuesto al cariño” donde el valor del afecto parece medirse en la calidad del obsequio.
Según datos proyectados, la derrama económica esperada para este año supera los 94 mil millones de pesos. Restaurantes, florerías y tiendas departamentales ven en este día su mayor bocanada de aire fresco en un semestre marcado por la inflación. Sin embargo, los productos y servicios relacionados con esta fecha tendrán un aumento de hasta el 14.5% en comparación con 2025.
Las cifras se vuelven profundamente dolorosas cuando volteamos a ver los hogares encabezados por mujeres. En México, una de cada tres familias es sostenida exclusivamente por una mujer. Para ellas, el 10 de mayo es un recordatorio cruel de su vulnerabilidad. La jefa de familia, que es a la vez proveedora, cuidadora y pilar emocional, se encuentra hoy ante una encrucijada: el costo de la vida ha superado la capacidad de su salario, el cual, según los indicadores actuales, ha perdido un 15% de poder adquisitivo frente a los bienes básicos.
Para estas mujeres, el “festejo” es una carga extra. Deben gestionar la presión social de “ser celebradas” mientras cargan con la responsabilidad absoluta de la economía del hogar.
Entonces, ¿qué celebramos realmente? ¿celebramos a la mujer que lucha, o celebramos nuestra propia capacidad de sostener una tradición que nos exige ser felices incluso cuando los números no cuadran?
En este 2026, el 10 de mayo es un ejercicio de resistencia. Las familias se sentarán a la mesa, compartirán los alimentos comprados con esfuerzo y, por unas horas, el ruido de la crisis se apagará bajo el murmullo de las canciones que le cantemos a mamá. Quizás en esa paradoja resida nuestra mayor verdad: en un hogar donde todo parece encarecerse, nos aferramos al culto de la madre como el último refugio de nuestra identidad.
Hoy, más que una fiesta, el 10 de mayo es un altar levantado en medio de la nada. Celebramos porque, a pesar de las estadísticas y los precios, todavía nos queda el lenguaje del amor para negarnos a aceptar que la crisis nos está ganando la partida.
Texto apoyado en Gemini
Sandra Luz Rodríguez Wong.
[email protected]
Notas Relacionadas
Hace 1 hora
Hace 1 hora
Hace 1 hora
Más sobre esta sección Más en Coahuila