En mi edad escolar fui un niño travieso, ahora le dicen hiperactivo, “un sin rienda”; ahora le dicen “especial”. Llegue a tercero de primaria a los 13 años, a la escuela rural federal Ojo de Agua; sí, aunque usted no lo crea, fue creada para adiestrar a los hombres en las tareas agrícolas y las mujeres en las manualidades, costura, bordado, etc.;con el devenir del tiempo, desaparecieron algunas asignaturas como las labores del campo, pero también había clases de inglés básico por las noches, a los adultos que emigraban como trabajadores agrícolas temporales a los Estados Unidos.
Ni soñar que algún día, las escuelas, como sucede ahora, tuvieran un maestro de educación especial y o un sicólogo.
Mi vida escolar fue un desastre (como dicen ahora, un desmadre). Tres veces cursé el tercero grado en tres diferentes escuelas, no por burro, sino por pícaro, juguetón e inquieto. Hasta que llegaron a mi vida dos apóstoles del Magisterio que quitaron la venda de mis ojos y mi cerebro y literalmente, “me desburraron” y me centraron.
Aún recuerdo al profesor Miguel Flores, aquel caballero de mirada taciturna, andar parsimonioso y vestimenta impecable (traje, corbata, sombrero de ala corta, al más puro estilo Al Capone; ahora unos pantalones vaqueros, unos tenis y una playara son la indumentaria de muchos mentores), que llegó a la escuela Ojo de Agua para substituir a la maestra Virginia, “quien repentinamente enloqueció” y dejó el aula. Sería largo enumerar las acciones tan humanas, además de las pedagógicas del profesor Miguel, quien ponía especial atención en los alumnos problema.
De hablar suave y pausado, nos trataba con cariño y nos decía hijos en el buen uso de la palabra. A mí “me castigaba” en un rincón, donde debería leer en silencio algunas de las revistas culturales que el compraba, luego me obligaba a escribir un resumen y leerlo ante al alumnado, todo un proceso de lecto-escritura-comprensión.
No sé qué pasó con la directora de la escuela, una profesora de nombre Candelaria, con quien discutía algunas mañanas en el pórtico del salón, tal vez no le gustaba su método de enseñar.
Salió el maestro Miguel y llegó Esperancita Hernández, frágil, morenita, vestida pulcramente y con los clásicos zapatos que usaban las maestras de antes, tacón cuadrado o tipo carrete (anchos). Esto les brindaba estabilidad para estar de pie frente al pizarrón durante horas.
Continuó con la labor de corregirme el rumbo y creo que lo logró, pues fue mi maestra de tercero a sexto grado de primaria, cuando salí, tenía 15 años y soñaba con ser reportero o locutor; ambos propósitos se dieron.
La aécdota
A los más burros del salón nos llevaba a su domicilio, por las tardes, a la salida del segundo turno de la escuela, para seguir con la tarea de enseñar. Lo que más me gustaba es que nos daba de merendar: café con leche y una pieza de pan.
¡Loor, queridos maestros, Miguel y Esperancita, hasta la galaxia donde se encuentran!
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