Querida amiga, querido amigo:
¿Cuántas veces has renunciado a hacer algo que deseabas simplemente porque no encontraste a nadie que lo hiciera contigo? ¿Cuántas películas dejaste de ver en el cine porque te parecía incomodo entrar a la sala sin compañía?
¿En cuántas ocasiones evitaste ese restaurante que se te antojaba muchísimo, sólo por el miedo al “qué dirán” si te vieran comiendo en soledad?
¿O cuándo fue la última vez que no te atreviste a tomar esa clase de baile que tanto te emocionaba porque te daba vergüenza asistir sin una pareja?
Creo que todas las personas, en algún momento, hemos dejado de lado actividades que quizás nos interesaban mucho por no atrevernos a realizarlas sin compañía.
Quizás, muchas veces, intentamos invitar a alguien que nos acompañara, a una amistad, a un familiar o incluso a nuestra pareja, pero no tuvimos éxito. Y, ante el temor de “exponernos” a hacer algo a solas, preferimos renunciar a ello.
A veces soltamos algo que consideramos importante porque creemos necesitar un apoyo externo para validarlo. Casi nos convencemos de que no tenemos la capacidad de disfrutar sin alguien a nuestro lado.
O tal vez es que aún no hemos aprendido a apreciar la mejor compañía que podemos tener: la de nosotras y nosotros mismos.
Hay quienes, por razones personales o profesionales, viven lejos de su red de apoyo.
Para estas personas, que están acostumbradas a compartir tiempo de calidad con sus familias y amistades, la distancia puede convertirse en un motor para activarse y construir una vida plena y activa aún en soledad: buscar un espacio donde hacer actividad física, un refugio cultural o simplemente un lugar para disfrutar un buen café.
Quizás esa soledad, durante el ajetreo de la jornada laboral, pase desapercibida. Sin embargo, el peso de la ausencia suele caer en la noche, al regresar a una casa donde no hay nadie esperándonos.
O quizás durante los domingos, cuando la mayoría de las personas transcurren tiempo con sus seres queridos y el entorno se convierte en estrictamente familiar.
Quien vive lejos de su círculo no tiene muchas opciones: o aprende a habitar su espacio con plenitud, o vivirá con una pesadez constante.
Tal vez estas personas sientan con más fuerza el impulso a buscar actividades o experiencias que sumen sentido a su vida.
A lo mejor, al principio intentarán involucrar a otros; a veces estos intentos tendrán éxito, pero muchas otras veces fracasarán.
Pero, eventualmente, se darán cuenta de que, aunque compartir experiencias con los demás es algo sumamente valioso y enriquecedor, no requerimos de una multitud de personas a nuestro alrededor para para ser felices.
A veces, la única persona que realmente necesitamos para estar bien y disfrutar de nuestro tiempo somos nosotras y nosotros mismos.
Una vez que hayamos integrado esta verdad a nuestra vida, empezaremos a valorar más nuestro tiempo, aún y cuando lo vivamos en soledad.
Porque el presente es ahora y no podemos posponer nuestra felicidad a la espera de que alguien nos acompañe a realizar lo que deseamos.
Al final, cada persona tiene en sus manos el poder de ver la belleza de la vida, independientemente de las circunstancias.
Sin olvidar, por supuesto, que existen personas especiales con las que, sencillamente, ese mundo se ve todavía más bello.
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