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Coahuila

Cuando la familia duele

Por Susana Cepeda Islas

Hace 5 meses

Regularmente idealizamos a la familia: a los padres, hermanos, tíos y primos. Pensamos que, por el simple hecho de ser familia, debemos llevarnos bien todos; es decir, que todos los integrantes deben brindarnos amor, apoyo, comprensión y cuidado. Sin embargo, esto es tan sólo un bello deseo. En la Biblia, en el libro del Génesis (capítulo 4), se relata la historia del fratricidio entre Caín y Abel, hijos de Adán y Eva: Caín mata a Abel por la envidia que le provocaba su hermano. Este pasaje nos enseña que las emociones humanas siempre están presentes, no sólo al exterior, sino también al interior de la familia.

En otro pasaje bíblico, Mateo 10:36, se lee la frase: “los enemigos serán los de su casa”. Estas palabras advierten que las divisiones pueden surgir dentro del hogar y traer como consecuencia conflictos que, en casos extremos, derivan en traiciones, violencias, robos, fraudes, envidias e incluso en asesinatos provenientes de las personas más cercanas. Es común que quienes sufren estas situaciones –o experiencias como el rechazo y la exclusión– desarrollen profundas heridas emocionales que afectan su bienestar.

Nuestra sociedad nos ha hecho creer que el núcleo fundamental es la familia. La estructura tradicional se basa en la jerarquía de los padres y los abuelos, donde deberían prevalecer el amor, la protección, la lealtad, la solidaridad, el apoyo y el respeto. Se concibe como un espacio que se acompaña tanto en las buenas como en las malas, donde existe ayuda mutua y se otorga un valor especial a las celebraciones, la gastronomía y la religión que fortalecen la unión familiar.

En la realidad esto no siempre ocurre así. Muchos consideran que el daño proveniente de la familia es uno de los más dolorosos, debido a que las expectativas que depositamos en ella suelen ser muy altas. En el campo de la Psicología en la década de los 90, surgió el término “familia tóxica”, para referirse a dinámicas familiares disfuncionales que causan daño emocional, sicológico o físico a sus integrantes. En estas relaciones predominan interacciones destructivas, caracterizadas por el control, la manipulación y la falta de respeto, lo que impide el desarrollo personal y coloca el conflicto en el centro.

Con frecuencia resulta imposible o difícil alejarse de la familia debido a la creencia de que, sin importar cómo sea o lo que haga, es un deber permanecer a su lado. Sin embargo, la ruptura también puede generar un profundo dolor emocional: tristeza, decepción y frustración, por no tener la familia idealizada. Los avances en la Psicología sugieren priorizar la salud mental. Esto implica tomar decisiones como establecer límites firmes, reducir el contacto o buscar una red de apoyo en amigos o en la terapia. Cuando se decide no relacionarse más con una familia tóxica, se ejerce el derecho legítimo: no se trata de ser una mala persona, sino de un acto de valentía, para proteger la salud mental, emocional y física.

Convivir en un entorno familiar tóxico puede provocar ansiedad, depresión, baja autoestima y otros problemas de salud mental. En muchos casos, la única solución efectiva es mantenerse a distancia, sin culpa ni remordimientos. Diversos enfoques sicológicos coinciden en que alejarse de una familia tóxica no es una acción egoísta, sino es una forma de autocompasión y de búsqueda de bienestar.

La familia no necesariamente se limita a los lazos de sangre. En muchas ocasiones, las relaciones elegidas –como las amistades– brindan mayor apoyo y significado. Es posible construir vínculos sanos, benéficos y satisfactorios. Como señala la escritora estadunidense Taylor Jenkins Reid: “La familia se encuentra… ya sea la familia de sangre, la familia circunstancial o la familia que se elige”. Está en nuestras manos construir y elegir relaciones familiares sanas que nos permitan vivir plenamente.

 

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