El Día del Padre suele ser una fecha de celebración y balances familiares. Sin embargo, este domingo nos encuentra en una encrucijada histórica donde el mejor regalo deberá ser una profunda reflexión sobre el país que estamos construyendo, o destruyendo. Y que, ser padre no se limita a proveer; la verdadera paternidad es, por definición, un acto de planeación y de visión hacia el futuro. Por eso, resulta doloroso y alarmante ver cómo hoy, bajo el embrujo de una narrativa oficialista, muchos padres de familia parecen dispuestos a canjear el porvenir de sus hijos y nietos por la inmediatez de una transferencia bimestral.
El actual régimen con tintes de dictadura, avanza desmantelando las instituciones que costaron generaciones edificar. La erosión del Estado de derecho ya no es un simple debate de café; es una realidad que carcome la seguridad de nuestras familias. Mientras el país se desangra en una ola de violencia impune, la respuesta oficial ha sido adormecer las conciencias a través del asistencialismo. Es una trampa demográfica y moral: se ha sembrado la idea de que el Estado debe resolverlo todo, fomentando un conformismo que hipoteca la movilidad social.
Es irónico que algunos que se dicen padres responsables, cegados por una defensa casi demencial del partido en el poder, prioricen una pensión a cambio de heredarle a su descendencia un desierto institucional y económico. Pensar solo en el beneficio propio antes de partir, sin importar que las próximas generaciones paguen los platos rotos, es la antítesis del instinto protector.
La degradación ética es profunda. Resulta insólito ver a jefes de familia convertidos en escudos humanos de una camarilla de políticos, cuyos nexos criminales son denunciados con pruebas desde el exterior, pero cínicamente protegidos y arropados en el interior. Esos padres, que deberían ser el primer filtro de valores para sus hijos, prefieren pelearse con su propia sangre antes que cuestionar al régimen, todo por el pánico infundido de perder su ayuda económica, reducidos a cómplices de la descomposición social.
El panorama se torna aún más sombrío cuando levantamos la vista hacia el exterior. La viabilidad económica de México pende de un hilo llamado T-MEC. Las crecientes tensiones con Estados Unidos no son poca cosa; existen propuestas serias en el Congreso vecino para catalogar a ciertas estructuras y facciones vinculadas al oficialismo como delincuencia organizada y terrorismo. Las consecuencias de darse lo anterior serían catastróficas: desde la cancelación masiva de visas para militantes fanáticos que hoy defienden lo indefendible, hasta el aislamiento comercial absoluto. Si el T-MEC se cae, la insolvencia tocará la puerta de millones de hogares por la escasez de empleo formal, destruyendo el bienestar de la familia.
Hacer conciencia significa despertar del letargo. Un padre de familia que ama a los suyos no destruye el suelo donde ellos habrán de sembrar. Si no reaccionamos ahora y seguimos permitiendo que se destruyan los contrapesos, el veredicto de nuestros propios nietos será implacable. Que este domingo sirva para entender que defender a la patria es, hoy más que nunca, la única forma de defender a nuestros hijos. Si usted pertenece a ese sector que prefiere entregar el futuro de su descendencia a cambio de comodidad inmediata, entonces, este domingo, no veo qué pueda celebrar.
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