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Coahuila

La ciudad guarda nuestras huellas y el pasado

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 meses

A menudo ocultamos nuestros recuerdos o nos hacemos la pregunta sobre quiénes somos. La ciudad es un lugar de intercambio, no de mercancías, sino de palabras, afectos, historias y significados culturales.

Esto me lleva a recordar los nombres de quienes la construyeron, de quienes la vivieron, de quienes la dibujaron con el pincel y con palabra, quienes la siguen recordando:

Alberto do Canto, Navarro, Santos Rojo, Vito, Catón, Recio, Herrera, García Rodríguez, Berrueto, Adrián, Aguiso, Chicuiquis, Flores Aguirre, García Carrillo, Eloy, Flores Tapia, Harlam Laroche, Carmen Aguirre, Meléndez Mata, Froylán Mier, el compadre Medina: la Normal, el Ateneo, el Tecnológico, la Catedral, el Ojo de Agua; Perfecto Delgado, “El Zurdo” Galván, “El Chango” Vélez, Lechuga, Segura, los Saraperos, el Radio, la Sieber, la Aurora, Villarello, Hinojosa, Ariel Gutiérrez…

La ciudad, pequeña urbe de unas cuantas cuadras que trazaron españoles, portugueses y tlaxcaltecas, la ciudad que nos creó y que cambia cada día sin cesar, como diría Octavio Paz: la ciudad que se despierta cada año (para recibir su celebración), se mira en el espejo, no se reconoce y otra vez se echa a dormir.

La ciudad que es monumentos, que es historia, que es leyenda, que es tradición, que es realidad, que es un manantial donde brotó su nombre, que es muchos ojos y cada ojo refleja el mismo paisaje detenido. Ventanas que permiten cada año asomarse a sus primeros días.

Ítalo Calvino plantea que las ciudades no son meros conglomerados de cemento, sino mapas de nuestros deseos, miedos y recuerdos. Son un “último poema de amor” a los espacios urbanos en una época de crisis donde cada vez es más difícil habitarlos.

La ciudad que quedó dividida por una acequia, que separaba a las dos villas primarias, la española y la tlaxcalteca. La ciudad colonial y mestiza, convertida ahora en una gran metrópoli. La ciudad “que creció a lo bestia” como diría el arquitecto Jesús Ricardo Dávila. La ciudad de más de 400 años que hoy está de fiesta y mañana volverá a dormir.

La ciudad que nos dio pasado, escrito en los ángulos de sus calles, en las rejas, en las ventanas, en las puertas en sus edificios, algunos que están cediendo por el tiempo y otros derrumbados por la picota del desprecio y la ignorancia histórica.

La ciudad que es como un archivo, repleto de documentos, que a veces se desprenden para darnos el relato del suceso inesperado. Cada rincón de la ciudad espera un cronista, un par de zapatos cómodos, un bolígrafo y una libreta. ¡¡¡Felicidades Saltillo!!!

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