¿Qué pasó en Saltillo? O mejor dicho: ¿Qué le pasó a Saltillo?
Y no me refiero a lo que todo mundo vimos voluntaria o involuntariamente (aunque verlo no necesariamente implica una explicación racional, misma que a la fecha carecemos y tal vez necesitamos): las imágenes en video de un perro blanco y de raza fina (simbolismos aparte), llamado “Rocky”, siendo arrastrado, amarrado, desde la camioneta en movimiento de su dueña, por la calle de un fraccionamiento privado de alta plusvalía (otra vez, simbolismos aparte), al norte de la ciudad; y otra secuencia, vinculada con la anterior, donde se observa como limpian a cubetazos de agua la sangre (que suponemos, es del animal herido pero no tenemos mayor evidencia para verificarlo que nuestras inferencias) producto de las lesiones infligidas a dicha mascota o ser sintiente, por definición jurídica, impregnada en la banqueta de la cochera donde estacionan el vehículo protagonista.
La pregunta inicial va más allá de lo visible como relatoría de hechos, y se puede complementar con otra: por qué la sociedad saltillense, vecina por cercanía del tema que nos ocupa y apática por idiosincrasia, reaccionó de la forma en que lo hizo al conocer la noticia (independientemente de que la indignación y el repudio haya escalado a otros municipios, estados y países gracias a la difusión viral en las redes sociales de los acontecimientos arriba relatados).
La historia local sucedió el sábado 18 de julio, aunque su clímax social ocurrió el pasado miércoles por la tarde, en la Plaza de Armas, a propósito de una manifestación convocada por un ‘influencer’ chilango que así como llegó se fue (habría que ver si lo mismo pasó con su cuenta bancaria) sin resolver o por lo menos aportar algo a la causa.
Entre las cosas que se gritaron ahí, insensatas y sensatas, motivadas por dicho instigador, destaca un clamor al calor de las masas: “¡Todos somos Rocky”!
Ahora bien, una protesta, citando al psicólogo social Jonathan Haid en su libro “La transformación de la mente moderna” (2018), “siempre es una afirmación de que se está cometiendo una injusticia”.
“Cuando un grupo se une para protestar, construye conjuntamente un relato sobre lo que está mal, quién tiene la culpa, y lo que se debe hacer para rectificar las cosas. Sin embargo, la realidad es siempre más complicada que el relato y, en consecuencia, se demoniza o se idolatra a las personas, a menudo injustamente”, explica Haid.
En ese sentido, un grito así (¡“Todos somos Rocky”!) como abstracción del reclamo, emanado de personas que debido a su naturaleza no podrían suplantarse con el can como víctimas del castigo sufrido (por tanto no pueden en estricto sentido ‘ser’ “Rocky”), supondría que proyectan sus emociones y empatizan en una situación que no corresponde con su experiencia.
Son entonces influidas por un estado de razonamiento emocional; una distorsión cognitiva. La falsedad del “nosotros” contra “ellos”, representada en una batalla entre las buenas personas y las malvadas como dualismo tribal, aunque con criterios arbitrarios.
En aras de una presunta búsqueda de justicia (o venganza, según se vea), primero una muchedumbre cercó el acceso al fraccionamiento privado en donde ocurrieron los hechos, luego acosó en sus instalaciones a la veterinaria que se ocupó del tratamiento de “Rocky”, y durante varias jornadas intimidó como hordas digitales a gobiernos, políticos, funcionarios, partidos, negocios particulares e instituciones educativas, sin más motivo que una sospecha infundada sobre su actuación y eventual encubrimiento a la causante del daño.
En el desarrollo de los acontecimientos, ningún reparo en dañar a inocentes existió en el camino, so pretexto de tomar en sus manos el asunto pese a que ya existe legislación estatal en la materia y andamiaje institucional para procesar ese tipo de casos; además, la presunta culpable y su esposo fueron vinculados penalmente previa actuación de la Fiscalía en un tiempo muy corto considerando su volumen de trabajo ministerial, hubo condenas oficiales inmediatas, deslindes para el conocimiento de la opinión pública, invitaciones a participar como terceros interesados en el desarrollo de las investigaciones, y la promesa de construir un memorial municipal que no es reparador pero sí simbólico.
Aún así el linchamiento no cesó con la misma rapidez ni se redujo la tensión, todavía basada en presunciones.
Cortita y al pie
No existe un ‘indignómetro’ que rija las conductas antisociales y la manera de abordarlas. Cada uno, en su esfera de interés individual, sabe qué le importa y en qué medida. Con conocimiento de causa o sin él. No obstante, una certidumbre sí hay: la indignación no llega nunca por imposición; es, más bien, un acto de generación espontánea (por llamarle de alguna manera, pues de ‘espontáneo’ tiene poco y mucho de reaccionario en función de las filias y las fobias aprendidas y desaprendidas con anterioridad).
No sirve cuestionarles por qué no reclaman tal o cual cosa, o qué tienen que decir acerca de otra.
Decepcionados de los humanos, optan como colectivo por defender -a su manera- a quienes no tienen voz (pero sí obediencia). En esa relación, no se desenvuelven en un plano de igualdad y horizontalidad, sino en uno de superioridad moral e intelectual. Aquél donde no pueden ser interpelados ni rebatidos, ni se enfrentan a la complejidad de las relaciones interpersonales. Sólo reciben agradecimiento perruno a cambio. Ojo.
Hemos llegado entonces a un estadio de la civilización interesante: uno donde la defensa de derechos en apariencia progresistas y producto de la reflexión fuera de la caja, entendidos como innovaciones legales de avanzada, como la protección de los seres sintientes, suprime los más elementales principios que rigen la vida de los hombres en sociedad, como la seguridad, la presunción de inocencia, la libre empresa, inviolabilidad de un domicilio y protección de datos personales.
El perrito herido es motivo suficiente para arrasar con todo.
La última y nos vamos
Una semana después podemos decirlo: qué exhibida como sociedad nos dimos. Y no, no es para presumir.
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