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Coahuila

Bordos que gritan lo que las patrullas callan

Por Guillermo Robles Ramírez

Hace 2 meses

La otra tarde andaba por una de esas colonias del oriente de Saltillo, de esas donde las casas ya se apretaron unas contra otras y las calles se volvieron pasos obligados para quien va de prisa hacia la autopista o hacia el centro. Vi cómo un carro viejo, de esos que todavía aguantan el trajín diario, se sacudió entero al pasar por un reductor que no estaba ahí hace un par de meses.

El conductor ni siquiera frenó antes, solo levantó un poco el pie y siguió, maldiciendo entre dientes. El reductor era más largo que los de antes, como una mesa de concreto con pintura reflectante recién echada, y uno se da cuenta de que ya no son los borditos chapuceros de hace quince o veinte años. Ahora los vecinos le echan ganas, usan material que aguanta más, lo pintan para que se vea de noche, y lo ponen donde antes solo había baches.

Y la verdad de las cosas, no es que la gente quiera poner trabas en la calle nomás por fastidiar. Es que se cansaron. Se cansaron de pedir, de ir a la presidencia municipal, de que les digan que van a poner operativos o que van a mandar agentes, y al final pasa lo mismo de siempre: los carros siguen volando por las calles donde juegan los niños, donde las señoras cruzan con el mandado, donde hay escuelas o clínicas chiquitas. Y entonces, cuando ya no aguantan más, bloquean un rato la arteria, traen cemento o módulos prefabricados que consiguen por ahí, y ponen su propio freno. Porque si no lo ponen ellos, nadie lo pone.

Yo he visto esto desde hace décadas, desde que reporteaba en Torreón y después me vine a vivir a Saltillo. La diferencia entre las dos ciudades grandes y los municipios más chicos sigue siendo la misma, o tal vez más marcada. En Piedras Negras, en Acuña, en Sabinas o en San Pedro, uno maneja y siente que la gente respeta más. No es que no haya quien se pase de listo, pero la escala es otra, hay menos tráfico, las calles son más angostas en muchos lados, y sobre todo se nota la presencia de la autoridad de otra manera.

En Saltillo y en Torreón, en cambio, las avenidas principales se convierten en pistas cuando no hay nadie vigilando. Y la verdad es que uno rara vez ve agentes de tránsito rondando como antes. Aparecen cuando ya hubo el choque, cuando el carro se salió de la banqueta o cuando atropellaron a alguien. Operativos con radar ha habido este año, sí, y ayudan un rato, pero son como parches: se concentran en ciertos puntos y luego todo vuelve a lo mismo.

El problema no es nuevo, pero se ha puesto más feo con el tiempo. Antes los topes ilegales eran más bajos, más toscos, de puro concreto echado a lo bruto. Ahora hay de todo: reductores tipo cojín que se supone que dejan pasar a las ambulancias y patrullas con menos daño, mesas elevadas más anchas que obligan a bajar la velocidad de verdad, y hasta unos que pintan con rayas amarillas para que parezcan oficiales. Pero siguen siendo piratas. Y siguen dañando suspensiones, escapes, llantas y la paciencia de quien maneja con cuidado.

El mecánico de la esquina me platicaba hace poco que le llegan carros de gente que trabaja en la maquiladora o que va y viene de Ramos Arizpe, y el común denominador es el mismo: “Pasé por un bordo que no estaba y se me fue todo el tren delantero”.

Y luego el conductor se enoja con el vecino que lo puso, sin darse cuenta de que ese mismo vecino tal vez vio cómo un carro casi se lleva a su hijo o a su mamá que cruzaba. Porque ahí está el nudo. Los conductores que le meten la pata al acelerador, los “pies pesados” de siempre, no respetan ni las señales de escuela ni los límites de 40 kilómetros por hora que marca el reglamento. Pasan como si la calle fuera suya, como si el tiempo que ganan valiera más que la vida de los demás.

Y las autoridades, por más que pongan multas o hagan operativos de vez en cuando, no logran convencerlos de que le bajen. Entonces los vecinos, que ya pidieron hasta el cansancio, toman el asunto en sus manos. Bloquean, construyen, y después vienen las quejas de los que se les daña el carro y las amenazas veladas de unos y otros. Es un círculo que se repite en colonias de Torreón y de Saltillo, mientras que, en Allende, en Múzquiz, en Arteaga o en Villa Unión la cosa fluye más tranquila, casi sin necesidad de estos remedios caseros.

Uno se pregunta, después de tantos años viendo lo mismo, si no estamos resolviendo mal el problema de raíz. En otros lados, allá en el norte de la frontera o más allá, la autoridad se hace presente de otra forma. No siempre con el patrullero a la vista, sino con la posibilidad de que aparezca cuando menos lo esperas: un radar en una curva, un coche sin placas marcadas que te mide la velocidad, multas que duelen de verdad y que se aplican sin que tengas que chocar primero. Aquí la presencia es más reactiva. Se actúa después del accidente, no antes. Y mientras tanto, los que viven en las colonias siguen sintiendo que tienen que defenderse solos.

No es que todos los reductores sean malos. Algunos oficiales, los que ponen las autoridades con las medidas correctas, sirven para calmar el tráfico en zonas sensibles. El problema son los que se ponen sin norma, demasiado altos, en lugares donde no deberían, y que terminan siendo un castigo para todos los que pasan por ahí, incluyendo a los que sí respetan. Y también está el otro lado, es decir, el conductor que se queja del daño pero que minutos antes iba a 70 u 80 por una calle donde los niños salen de la escuela. Esa falta de reconocimiento de la propia responsabilidad es lo que sigue alimentando el asunto.

He platicado con vecinos que pusieron sus propios reductores después de ver cómo un tráiler o una camioneta pasó rozando a alguien. He visto cómo una señora mayor, con la voz cansada, me explicaba que ella misma ayudó a juntar el dinero para el material porque “ya no sabíamos qué hacer, ya le habíamos hablado a Tránsito muchas veces”. Y también he visto al chofer que reniega porque “ese tope me rompió la suspensión y nadie me va a pagar”. Los dos tienen razón a su manera, y los dos están atrapados en la misma impotencia.

En conclusión, pues la cosa no se arregla nomás quitando topes ni poniendo más cemento. Se arregla cuando el que maneja entiende que la prisa de uno no vale la seguridad de todos. Se arregla cuando la autoridad no solo reacciona a los accidentes, sino que se hace visible y constante en las avenidas donde más se necesita. Y se arregla cuando los vecinos y las autoridades se sientan a platicar antes de que cada quien tome el camino más corto y más peligroso. Mientras tanto, seguiremos viendo estos reductores que nacen del cansancio, que cambian de forma con los años pero que siguen diciendo lo mismo: aquí alguien ya no aguantó más. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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