Querida amiga, querido amigo:
¿Te has preguntado alguna vez a quién le pertenecen nuestros días? Las respuestas a esta pregunta pueden variar y dependen de nuestras convicciones más profundas.
Para las personas creyentes, nuestros días le pertenecen a Dios. Otras se los confían a entidades superiores no religiosas, como el universo o el destino.
También podemos buscar respuestas en la filosofía: según algunas corrientes, como el estoicismo, la vida encuentra su sentido al vivir de acuerdo con un orden que nos trasciende; otras, como el liberalismo, en cambio, colocan a las personas en el centro, y defienden la capacidad de aquellas para construir libremente su propio proyecto de vida.
La ciencia jurídica, por su parte, reconoce el derecho al libre desarrollo de la personalidad. Se trata de uno de los principios fundamentales de toda sociedad democrática y encierra una idea profundamente humana: cada persona tiene el derecho de decidir quién quiere ser y cómo desea vivir su vida.
Sin embargo, las decisiones que cada una de nosotras y nosotros tomamos nunca llegan solas. Están acompañadas de historias, emociones, pérdidas, ilusiones, deseos, agotamiento, miedo y esperanza.
Aunque desde un punto de vista jurídico reconozcamos que somos libres para decidir, quizá también deberíamos preguntarnos desde qué lugar estamos tomando esas decisiones.
Al derecho normalmente no le interesa esa dimensión, porque observa con cierta distancia aquello que la vida siempre vive de cerca.
Muy probablemente no decide igual quien vive con serenidad que quien vive dominado por el miedo. Tampoco decide igual quien ha encontrado paz que quien carga con una angustia constante.
Y seguramente también existe una diferencia profunda entre quien reconoce su propio valor y quien ha depositado su tranquilidad en las manos de otra persona.
Y, sin embargo, todas y todos, desde el punto de vista jurídico, estamos ejerciendo nuestros derechos y libertades.
Tal vez, una de las responsabilidades más importantes que tenemos es cuidar el lugar desde el cual decidimos habitar nuestros días.
Y esta tarea resulta especialmente difícil en un mundo que constantemente intenta apropiarse de ellos a través de obligaciones, compromisos y preocupaciones personales, familiares, profesionales y sociales que amenazan con quitarnos esa paz interior que tanto trabajo nos ha costado construir.
También las personas que nos rodean y las que amamos, muchas veces sin querer, terminan determinando nuestro estado de ánimo, robándonos parte de nuestra tranquilidad.
Ser dueños de nuestros días no significa únicamente poder ejercer nuestros derechos y libertades en condiciones de igualdad y de dignidad.
También implica construir un corazón en calma; un espacio interior donde las tormentas, tanto externas como internas, no tomen el control de nuestras decisiones y comportamientos.
Porque siembre habrá incertidumbre, pérdidas, cambios inesperados y personas que no podrán darnos aquello que necesitamos.
Nuestra responsabilidad consiste en construir, día tras día, un espacio interior donde las decisiones más importantes de nuestras vidas puedan ser tomadas desde la calma, la tranquilidad y la paz.
Sólo así, nuestros días nos pertenecerán de verdad.
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