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Coahuila

Ansiedad escolar y académica: comprender para acompañar

Por Edgar Hernández Hernández

Hace 2 meses

Hace algunos años era poco común escuchar a un adolescente decir que se sentía ansioso. Hoy, en cambio, es una palabra que aparece con frecuencia en las conversaciones dentro de las escuelas. Sin embargo, detrás de ese término existe una realidad que merece ser entendida con mayor profundidad.

No toda preocupación es ansiedad.

Sentir nervios antes de un examen, una exposición o el ingreso a una nueva escuela es completamente normal. De hecho, esas emociones forman parte del crecimiento. El problema surge cuando el miedo deja de ser momentáneo y comienza a interferir con la vida cotidiana del estudiante.

Como docente y director, he visto jóvenes brillantes paralizarse frente a un examen, alumnos que dejan de participar en clase por temor a equivocarse y otros que, aun obteniendo excelentes calificaciones, viven con la sensación constante de que nunca son suficientemente buenos.

La ansiedad académica no siempre se manifiesta con lágrimas.

Muchas veces se esconde detrás del perfeccionismo, del insomnio, de los dolores de cabeza frecuentes, de problemas gastrointestinales, del aislamiento o incluso del bajo rendimiento escolar. En ocasiones, el estudiante no falta a clases porque no quiera aprender; falta porque emocionalmente no encuentra la fuerza para enfrentar el día.

Vivimos en una sociedad que exige resultados permanentes.

Las calificaciones, los exámenes de admisión, las redes sociales, las expectativas familiares y la comparación constante con otros jóvenes, generan una presión que muchas veces rebasa la capacidad emocional de los adolescentes.

A eso debemos sumar que muchos estudiantes todavía están descubriendo quiénes son, mientras intentan responder preguntas sobre su futuro, elegir una profesión y construir un proyecto de vida.

No es extraño que, en ese proceso, aparezcan el miedo y la incertidumbre.

Por eso resulta tan importante distinguir entre exigir y acompañar.

La disciplina y el esfuerzo siguen siendo fundamentales para alcanzar cualquier meta, pero también debemos recordar que detrás de cada estudiante existe una persona con emociones, preocupaciones y circunstancias distintas.

Como educadores, necesitamos aprender a observar más allá de una calificación.

Cuando un alumno cambia repentinamente su comportamiento, pierde interés por aprender, baja su rendimiento, presenta ausencias frecuentes o manifiesta un cansancio constante, vale la pena acercarnos antes de emitir un juicio.

Una conversación puede abrir puertas que un regaño jamás logrará.

Las familias también desempeñan un papel esencial.

Preguntar cómo estuvo el día no debería convertirse en una rutina automática, sino en una oportunidad para escuchar de verdad. A veces los adolescentes no necesitan soluciones inmediatas; necesitan saber que cuentan con adultos dispuestos a comprenderlos sin minimizar lo que sienten.

Y cuando la ansiedad rebasa la capacidad de afrontamiento del joven, buscar apoyo profesional no debe verse como un motivo de vergüenza, sino como una decisión responsable y valiente.

Las escuelas también tenemos una responsabilidad importante.

Crear ambientes donde el error sea entendido como parte del aprendizaje, promover la comunicación, fortalecer las habilidades socioemocionales y fomentar una cultura de respeto puede reducir considerablemente la presión que muchos estudiantes experimentan.

Educar nunca ha consistido únicamente en formar buenos alumnos.

También implica formar personas emocionalmente sanas, capaces de enfrentar los desafíos con equilibrio, resiliencia y confianza en sí mismas.

Después de tantos años conviviendo con adolescentes, sigo convencido de que el mejor rendimiento académico aparece cuando existe bienestar emocional.

Porque ningún estudiante puede desarrollar plenamente su talento si primero no encuentra tranquilidad para aprender.

Y esa, quizá, sea una de las tareas más importantes de la educación en nuestros tiempos: enseñar conocimientos, sí, pero también ayudar a nuestros jóvenes a descubrir que cuidar su salud mental es tan importante como alcanzar cualquier logro académico.

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