El aura, en su etimología, nos remite al soplo, a la brisa invisible que rodea a los seres sagrados, una emanación del espíritu que no se puede tocar, pero sí percibir. Sin embargo, en el frenesí de las redes sociales, el término ha sufrido una metamorfosis: ahora el aura se “farmaea”.
El concepto de “farmear aura” —tomado prestado de la jerga de los videojuegos, donde el jugador repite acciones mecánicas para acumular puntos o recursos—, define hoy la obsesión por cultivar una imagen pública de misterio, estoicismo o superioridad estética. No se trata de ser, sino de acumular “puntos de prestigio” mediante silencios calculados, miradas al vacío o la adopción de una vestimenta que grite una identidad construida con precisión.
Nos explican que el origen de esta tendencia es el aburrimiento de la exposición total. En una década donde cada desayuno y cada lágrima se publicaban en Instagram, el péndulo se ha movido hacia la escasez. Quien es inalcanzable, quien no responde, quien se mueve con parsimonia, ese tiene “mucho aura”. Es el triunfo de la puesta en escena sobre la autenticidad.
Sicólogos y sociólogos observan este fenómeno con una mezcla de cautela y fascinación. Para el sicólogo, es un mecanismo de defensa ante la ansiedad de la validación: si no puedo ser amado por quién soy, seré admirado por el personaje que he diseñado. Para el sociólogo, es una forma de capital social en un mercado hipercompetitivo. Ya no basta con tener éxito; hay que parecer alguien cuya sola presencia altera la atmósfera de una habitación.
Este afán de estatus no es inédito; es un eco de décadas pasadas que también supieron estetizar la indiferencia. En otras épocas, la humanidad ya practicaba este arte del disfraz. El dandi del siglo XIX, con su desdén aristocrático y su impecable corbata, era el “farmeador” de aura de su tiempo. También lo fueron los existencialistas de París en los años 50, con sus cuellos altos, sus cigarrillos y su aburrimiento existencial como accesorio vital.
En épocas más recientes encontramos la subcultura del glam rock y el incipiente punk, en los 70, buscaron una distancia gélida, donde el desdén era la moneda de cambio; se trataba de ser el “cool” inaccesible que no necesita esforzarse por gustar y el los 80, la moda de los “yuppies” y el minimalismo plástico elevaron la apariencia a nivel de religión: poseer el objeto correcto —un reloj, un coche, una postura— era suficiente para irradiar un aura de éxito absoluto.
La diferencia hoy radica en la velocidad y el alcance: mientras que el dandi necesitaba la calle para desplegar su aura, el joven de los 70 y 80 la oficina o el bar, el joven actual necesita el algoritmo. Antes, el aura era una consecuencia del estilo de vida; hoy, el estilo de vida es solo un decorado para alimentar la métrica de aprobación.
Por ello, es preciso detenernos a reflexionar: Si acaso este frenesí por farmear aura, es en el fondo, un grito de soledad, o es la evidencia de un miedo aterrador a la invisibilidad, la prueba de que permanecemos cautivos en una coreografía de máscaras donde el espectador es, paradójicamente, el director de nuestra propia obra. Sin embargo, en el instante en que dejamos de actuar para esa audiencia invisible que habita tras el cristal del teléfono, el andamiaje del aura artificial se desmorona.
Quizás, entonces, la verdadera aura no sea aquello que se cultiva con esmero para la mirada ajena, sino esa luz sosegada que emerge cuando, finalmente, apagamos la pantalla. Es el brillo que aparece al renunciar a la validación de un contador de likes, permitiéndonos, por fin, abandonar el peso de la representación para, simplemente, ser uno mismo.
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