Muchos estamos de acuerdo en que Vicente Fox representó una gran decepción, a pesar de haber sido el primer presidente de oposición en un muy largo periodo.
Fox provenía de la iniciativa privada, en la que prosperó sin obstáculos; su apellido y presencia le garantizaban un lugar privilegiado. Después, como gobernador de su estado, Guanajuato, formó un equipo ganador y transformaron a ese estado. Como tribuno en el Congreso era aguerrido; cuando fue designado como candidato a la máxima magistratura, todo parecía perfecto e invencible. Claro, perfecto no existe. Fox tenía la debilidad de no ser muy diestro en el manejo de las mujeres, desde la adolescencia, y desde esa época empezó a tener el problema de una trepadora, esposa de un veterinario de pueblo, que finalmente lo dominó.
Cuando sucedió el triunfo electoral y apenas iba empezando esa anunciada primera transformación, ya se gestaba el problema. Por un lado, la trepadora ya había escuchado y reclutado a Elba Esther Gordillo, priista representante de lo más remolido de la cazuela, afín también a la brujería. Ese “gabinetazo” que tanto presumía Fox se fue desmoronando por el avance del poder de la marchita Sahagún. En ese periodo de tiempo se dieron los escándalos de unas toallas compradas a sobreprecio, tráfico de influencias por parte de los hijos de Sahagún.
A medida que crecía el poder de la señora, se disipaban las oportunidades de cambio para bien de la gestión de Fox.
En el año 2000, lo que necesitaba México era meter orden en el Gobierno federal, ordenar el gasto, establecer gradualmente un gobierno que gaste lo que recauda, que se terminara de deshacer de las paraestatales malditas, y la encargada de impedirlo, e inclusive multiplicar los problemas, fue Elba Esther, usando la débil mente de Sahagún.
El Congreso, dominado por la oposición, hasta le faltaba al respeto al presidente; imágenes de legisladores dormidos como en una piara, en barricadas hechas con curules, un legislador hostigando al presidente en una respuesta de informe, pudimos ver en los medios.
Era la dorada oportunidad de actuar contra el presidente en funciones, o al marcharse. Eso, sumado al tráfico de influencias de los hijastros de Fox. Pero…
La oposición calló como momia. Se “atrevieron” a exigir que Fox no recibiera como regalo un Jeep, que entonces costaba 200 mil pesos, regalo de Chrysler. Hasta ahí llegaba la testosterona. La otra “impresionante afrenta” fue prohibirle pararse en el Congreso.
Al inicio de la gestión, pronosticada como peligrosa, del caudillo de los haraganes, este grotesco ordenó terminar con las pensiones a expresidentes. Yo creo que Fox, habiendo sido presidente de Coca-Cola México por años, siendo propietario de ranchos y negocios, realmente no sufre por la infantil medida. Claro, vocifera para volver a tener dicho ingreso.
Ese silencio o inmovilidad solo pudo ser interpretado como aval a que, a pesar de sus yerros, la gestión de Fox llevaba la aprobación (tácita) de la “rabiosa” oposición.
Nunca vimos a Fox llorar porque no lo querían, por cierto.
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