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Coahuila

La muerte no siempre viste de luto

Por Alfonso Yáñez Arreola

Hace 1 hora

En México nos burlamos de la muerte y la invitamos a nuestras fiestas. No somos los únicos, alrededor del mundo existen rituales que transforman la muerte en una celebración de la vida. Hay algo mexicano en nuestra manera de relacionarnos con la muerte; llamarle la Flaca, la Huesuda, la Calaca o la Catrina. Le escribimos versos, le hacemos altares y hasta nos reímos de ella. Quizá porque sabemos que algún día llegará y mientras eso sucede, preferimos disfrutar la vida.

El Día de Muertos es una de las expresiones de nuestra identidad cultural. Las calaveritas literarias son muestra de ingenio, imaginamos a la muerte persiguiendo personajes populares y recordando con humor que nadie escapa de su destino. La Catrina de Diego Rivera, a partir de la obra de José Guadalupe Posada, representa una verdad universal, que ante la muerte desaparecen las diferencias sociales. En México no celebramos que alguien muera, celebramos que haya vivido y que su recuerdo permanezca. Esta relación festiva con la muerte no es exclusiva de nuestro país y en distintas partes del mundo existen rituales singulares y sorprendentes.

En Madagascar, algunas comunidades practican la Famadihana, conocida como el “retorno de los huesos”. Durante esta ceremonia, las familias abren las tumbas de sus antepasados, retiran cuidadosamente sus restos y los envuelven en nuevas telas funerarias. El ritual se acompaña de música, baile, reuniones familiares y la muerte transforma los vínculos familiares.

En Indonesia, algunas familias conservan a sus difuntos en el hogar durante meses, mientras preparan las ceremonias funerarias. Durante ese tiempo, son tratados simbólicamente como integrantes de la familia. Otra tradición, llamada Ma’nene, consiste en visitar las sepulturas, limpiar los restos de los antepasados y en algunas comunidades, cambiarles la ropa como expresión de cariño después de la muerte.

En algunas comunidades de Ghana, los ataúdes se convierten en obras de arte. Un pescador puede descansar en un ataúd con forma de pez, un piloto en uno semejante a un avión y un comerciante en una figura relacionada con su profesión. Los diseños representan la personalidad y trayectoria del difunto. En determinados funerales, la música y las danzas también forman parte de la despedida.

En Bolivia, cada 8 de noviembre se celebra la Fiesta de las Ñatitas y algunas personas adornan cráneos humanos con flores y sombreros, mientras les ofrecen velas, hojas de coca y oraciones. Quienes participan consideran que estas reliquias brindan protección espiritual y aunque puede resultar desconcertante para otras culturas, representa una singular expresión de respeto hacia los muertos en esa región.

En Japón, el festival de Obon reúne a familias para honrar a sus antepasados, visitar cementerios, realizar ofrendas y organizar danzas. En algunas regiones se encienden faroles y luces flotantes que simbolizan la despedida de los espíritus. Una tradición que, como la mexicana, mantiene viva la memoria familiar.

Los rituales comparten la idea de preservar la memoria, acompañar el duelo y fortalecer los vínculos generacionales. La muerte es quizá, el acontecimiento más democrático de nuestra existencia; no distingue edades, fortunas ni posiciones porque todos compartimos ese destino. La mayor enseñanza es no esperar a que alguien muera para reconocerle en nuestras vidas, hay que abrazar, agradecer, perdonar y construir recuerdos mientras tengamos la oportunidad. La muerte tiene la última palabra, pero nosotros podemos escribir los capítulos anteriores. Reírse de la muerte no significa burlarse del destino, sino celebrar el privilegio de vivir.

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