Hay quienes creen que mientras algo no sea ilegal, todo está permitido, y técnicamente, en muchos casos, tienen razón. El problema es que algunos confunden no ir a la cárcel con ser una buena persona.
Y vaya que hay diferencia. Hace unos días, durante una clase de Ética en el Ipade, apareció una diapositiva que, a en principio, parecía bastante aburrida: 10 diferencias entre la ética y la ley.
De esas tablas que uno ve y piensa: bueno, a ver qué viene en el examen.
Pero entre tantas definiciones había una distinción que me dejó pensando. La ley pregunta qué está permitido. La ética pregunta qué es correcto. Parecen preguntas iguales, hasta que nos toca responderlas con nuestras propias decisiones.
Pensemos en los negocios: una empresa puede establecer penalizaciones perfectamente legales en sus contratos. Puede cobrarle a un cliente hasta el último centavo que firmó, aunque sepa que hubo un caso extraordinario. ¿Puede hacerlo? Probablemente. ¿Debería hacerlo? Ahí empieza lo interesante.
Porque una cosa es tener derecho a cobrar y otra muy distinta es tener la razón en cómo lo haces, y tampoco se trata de convertir a las empresas en instituciones de beneficencia. Los negocios necesitan rentabilidad, reglas y disciplina. Sin ellas, difícilmente sobreviven, pero entre ser rentable y ser gandalla existe una distancia que ningún estado de resultados alcanza a medir, lo mismo pasa con el liderazgo.
Podemos tener directores que cumplen impecablemente con todas sus obligaciones laborales, pagan puntualmente y respetan cada cláusula contractual, sin embargo, jamás escuchan a sus colaboradores, se adueñan de los reconocimientos y reparten las culpas con una generosidad verdaderamente admirable. Legalmente, tal vez tengan poco que explicar, éticamente, bastante.
Y aquí algo que me parece fascinante: la ética comienza justamente donde el reglamento deja de darnos instrucciones. Cuando no existe una cláusula que nos obligue a ser comprensivos. Cuando nadie nos exige reconocer el trabajo de otro. Cuando podemos aprovechar una ventaja sin que exista una consecuencia jurídica, es ahí donde aparece nuestra verdadera forma de entender el éxito.
Y no crean que esto es exclusivo de los empresarios; en nuestra vida cotidiana hacemos exactamente lo mismo. ¿Cuántas veces hemos defendido una actitud sólo porque no está prohibida? El vecino que piensa que, por estar en su casa, tiene derecho a convertir cada reunión familiar en el concierto de Bad Bunny.
El automovilista que ve cualquier espacio disponible como una invitación a estacionarse, o nosotros mismos, cuando ganamos una discusión familiar utilizando argumentos válidos, pero olvidamos que enfrente tenemos a alguien que queremos.
También se puede tener la razón y perder algo mucho más importante. Ahora, tampoco confundamos las cosas: la ética no sustituye a la ley.
Una sociedad no puede depender solamente de la buena voluntad de sus ciudadanos. Para eso necesitamos instituciones, normas y consecuencias. Imagínense que el SAT funcionara bajo el principio de pague lo que su conciencia le indique… Probablemente tendríamos una recaudación bastante limitada.
La ley establece los límites mínimos para convivir. La ética nos lleva a reflexionar qué hacemos dentro de esos límites, y esa diferencia debería importarnos especialmente a quienes tenemos responsabilidades de liderazgo.
Dirigir no se trata únicamente en saber hasta dónde podemos llegar legalmente, sino en entender hasta dónde estamos dispuestos a llegar moralmente. Me preocupa que, a veces, las empresas dediquemos más tiempo a escribir códigos de ética que a preguntarnos si realmente los vivimos.
Tenemos valores en las paredes, misiones inspiradoras y discursos sobre responsabilidad social, pero la ética no se demuestra en un Power Point, se demuestra en la forma de negociar, contratar, despedir, reconocer errores y cumplir nuestra palabra.
Sobre todo, cuando nos cuesta dinero, tiempo o comodidad. Al final, creo que deberíamos hacernos una pregunta antes de tomar ciertas decisiones: ¿Estoy haciendo esto porque es correcto o simplemente porque puedo hacerlo? No siempre encontraremos una respuesta fácil. Y por eso vale la pena preguntárnoslo.
Porque las leyes podrán actualizarse, reformarse o reinterpretarse, pero nuestra responsabilidad de pensar en las consecuencias de nuestros actos no debería depender de que alguien publique una nueva disposición.
La ley puede obligarnos a cumplir. La ética nos invita a ser mejores.
Y si… para muchas decisiones necesitamos abogados, contratos y reglamentos, hay otras en las que solo con escucharnos un poquito. Al final del día, no necesitamos que algo sea delito para reconocer que está mal, ni deberíamos necesitar que alguien nos obligue para decidir hacer lo correcto, porque se puede vivir toda una vida sin violar una sola ley… Y aun así, dejar mucho que desear como persona.
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