Sociedad
Por
Zócalo
Publicado el domingo, 27 de marzo del 2011 a las 15:00
Monclova, Coah.- En los tiempos modernos hay muchos adelantos en medicina, en libertades políticas y en tantas cosas. El nivel de vida ha mejorado.
Sin embargo, no somos felices a pesar de tanto adelanto, a pesar del consumismo y a pesar de que, al parecer, todo nos está permitido. La felicidad es el agua viva de la que nos habla el Evangelio de hoy.
La verdad es que todos los seres vivientes tenemos sed de felicidad. Sed de felicidad la tiene el león cuando ruge en la selva, la tiene la paloma cuando arrulla dulcemente, la tiene el ternerito cuando llama a su madre. Y en los ojos de todo ser humano hay sed de felicidad.
La hay en las pupilas de los hombres de todas las razas, en las miradas de los niños y de los ancianos, de las madres y de la mujer enamorada. La hay en cualquier persona.
Por la felicidad se cometen todos los crímenes, se pelea en todas las guerras y se aman y se odian los hombres.
Todo lo que hacemos, aunque sea pecando, es en busca de la felicidad. Lo que sucede es que cuando pecamos, la buscamos donde no está.
El pozo del corazón humano es muy profundo y no podemos llenarlo con las pequeñas felicidades que encontramos en la vida. Si tenemos una bicicleta deseamos tener una moto; y si tenemos una moto deseamos tener un coche. Después de la televisión en blanco y negro, deseamos el televisor en color. Después de alcanzar esto deseamos alcanzar aquello, y así siempre. La Samaritana, de que habla el Evangelio, había tenido cinco maridos. Y fueron cinco sueños, o mejor dicho, cinco fracasos. El que ahora tenía no era su marido. Sin embargo, ella, una y otra vez, intentaba ser feliz. Y todos, una y otra vez, intentamos ser felices y nunca estamos satisfechos. Y aunque tuviéramos todo lo que deseáramos, lo cual es imposible, todo lo podríamos perder en unos segundos.
¿Dónde encontrar la felicidad? Sólo la encontraremos en Dios. A veces en los rostros de algunas personas hay un reflejo de cielo y por eso nos son tan atractivos, porque nosotros hemos sido creados para el cielo.
El cielo es nuestra meta. A lo largo de los siglos, por distintos caminos de Europa, miles y miles de peregrinos llegaron a Compostela. Y las huellas de sus dedos quedaron grabadas en el Pórtico de la Gloria. Habían llegado a su meta. Pues bien, todos somos peregrinos que vamos caminando a la eternidad. ¡Ay, cuántos millones lo han hecho antes de nosotros, lo hacen con nosotros y lo harán después de nosotros! Y debemos afanarnos por llegar a nuestra meta, que es el cielo. El cielo es la verdadera felicidad. Si no hubiera cielo, todo al final no sería más que una historia Pero no nos engañemos. No todos los caminos nos llevan al cielo, sólo hay un camino: Dios.
de fracasos.
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