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El ascenso y caída de un traficante

  Por Agencias

Publicado el martes, 29 de marzo del 2011 a las 15:00


Cuando se le acabó el dinero y los lujos, también sus ‘amigos, encontrándose sin siquiera poder comer

Sipse | Cancún, QR.-Antes andaba con bermudas y unos pantalones de mezclilla, pero cuando el dinero empezó a llover producto de las drogas, la ropa fina se hizo necesaria y un nuevo estilo lo definió, el que todos sueñan algún día: bolsillos siempre llenos de efectivo para comprar vestido, techo, automóviles, amigos, compañía y felicidad.

Ahora hay ejecutados en zonas donde el territorio aún está en disputa como en Cancún, pero hay lugares en el centro del país donde cada quien tiene su pedazo de tierra para venderle drogas a quien las pida, no para introducirlas a las personas, porque adictos siempre van a existir y este negocio de proveerles su veneno no ha dejado de ser redituable, asegura Rubén, un “dealer”, intermediario entre proveedores y consumidores de droga.

Ahora anda por las calles sin llamar la atención, el territorio está caliente y hay que cuidarse, advierte.

De tacos a caviar

Una vida de necesidades para él cambió en menos de tres meses. Antes comía en un puesto ambulante en la calle, pero después fueron los restaurantes más finos, siempre en compañía de gente, no como antes cuando estaba sólo, de pie en una esquina donde le echaba salsa a unos tacos de bistec, acompañado de un refresco de cola.

Anda en un automóvil que no llame la atención, es modelo reciente, pero sabe que los que llaman la atención amanecen sin cabeza y con un letrero al lado. Se cuida, pero cuando más piensa que está en peligro, disimula menos alerta.

Alto, de rasgos afilados, Rubén se sienta desenfadado en una silla de un jardín en un restaurante de Cancún. Cómodo, con una pierna cruzada da una fumada a su cigarro para recordar cómo empezó, cuando sin trabajo y con los mismos sueños que millones de mexicanos por salir de la pobreza de siempre, conoció a un amigo que vendía “papeles” y que necesitaba de un ayudante.

La ropa fina y las mujeres

Robusto, con una mirada que refleja seguridad, un tono de piel claro que le ayudó para andar por las calles como si fuera un júnior, por ese estereotipo de que los blancos se relacionan con estabilidad económica, anduvo con su jefe algunos meses sin problema alguno.

Él andaba “pandroso”, como dice, pero su instructor siempre andaba “alineado”, con camisas finas, pantalones caros, un automóvil reciente, equipado. Rubén siempre lo acompañaba para hacer sus compras, y poco a poco cultivó el sueño de que algún día él haría lo mismo.

“Cuando trabaja con él y lo acompañaba a comprarse ropa primero decía chale, yo no me voy a vestir así, pero cuando empecé a ganar mi lana ya no quería yo verme pandrosón como los demás y fui a las mismas tiendas que él”.

“Me compré unos zapatos que me costaron mil 600 pesos, compré un pantalón que me costó mil 200 pesos, y una camisa que ya ni me acuerdo cuánto me costó, pero para ir a una cena me gasté 5 mil pesos y en regalos unos 14 mil pesos. Me compré unos bóxers de 600 pesos. Uno solo”.

Así como ganaba dinero, Rubén lo gastaba. En un día llegaban 20 mil pesos a sus bolsillos, siete mil pesos los invertía en más material y el resto le quemaba las manos y no había más que circularlo. El departamento al que se mudó, por el que pagaba 14 mil pesos de renta mensual, nunca dejó de recibir visitas. Un día amanecía con un grupo de “amigos”, al otro llegaban otros. Rubén dispuso una regla, “ustedes traigan alcohol y yo me encargo de todo lo demás”.

Ahora anda con más cuidado. No está armado. Lo pensó alguna vez pero dice que sabe que con una pistola, o la usa para los demás o para sí, y mejor no.

En el tiempo libre la rutina era salir, se hacía de algunos “amigos” acompañantes para salir a un antro, entrar a la zona VIP porque los empleados ya sabían que sus cuentas eran de más de 5 mil pesos, además de propinas y comisiones para que los dejen drogarse en el lugar sin que nadie los moleste.

“Sentabas a una vieja con más de mil pesos. Mujeres que sin dinero no consigues y las sacaba del antro”.

No cambiaron sus gustos por la comida o la música, pero si antes era piratería y garnachas, después eran discos originales para el estéreo más caro que encontró y “unas ancas de rana súper buenisísisimas pero que costaban un chin… de lana”.

“Empecé a tomar de lo mejor, el mejor whiskey. Bueno, hasta Dom Perignon llegué a comprar y ni me lo tomé, lo probé y no me gustó”, dice entre carcajadas Rubén, “dije esta mad… sabe a manzanita, y dije no ma…, y mejor se lo regalé a una vieja”.

Todo se vino abajo

Pero lo fácil y lo ilegal de este negocio de venta de veneno cuestan caro y son efímeros. Así como estuvo arriba y con buena ropa, sintiéndose el rey que todo lo podía, se vino abajo cuando un par de judiciales lo detuvieron y le quitaron su mercancía, su dinero y su vehículo. Ya lo tenían ubicado desde meses atrás.

“Teníamos un automóvil y nos movíamos en él, después lo pintamos para disimular pero nos agarró una vez la Judicial, saliendo del departamento donde hacíamos el material para vender, y estuvieron a punto de meternos al bote. Fue un cuatro, nos agarraron con una orden de cateo con un domicilio mal, todo mal. Fue una que hicieron ellos por un dedazo. En el interior encontraron 100 mil pesos en efectivo, 800 gramos de cocaína pura y relojes y demás cosas que nos dejaban empeñadas los clientes. En el camino nos pidieron todo, se quedaron con todo el dinero y el coche y el material. Supuestamente nos dejarían el material, pero ni eso. Tomamos un taxi y nos regresamos”.

“Después de que me quitan todo trato de volver a empezar”, pero como ya era adicto el poco dinero que tuvo para invertir terminó en su consumo propio.

Ya no había amigos, ya no había amigas, “llegué al grado de decirles que no tenía para comer y me decían que no tenían, pero al rato los veías comprando chelas”. Fue cuando decidió mudarse al Caribe mexicano, instalarse nuevamente.

En cualquier lugar hay adictos y el negocio sigue, pero ahora ya son más riesgos por la pelea del territorio y no puedes trabajar como independiente, dice Rubén, quien anda por temporadas en diferentes domicilios, cada vez alejándose de la venta de drogas porque se ha puesto difícil.

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