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Embalsamador y sepulturero encuentran la paz en la muerte

  Por Autor Invitado

Publicado el domingo, 6 de noviembre del 2011 a las 18:57


José Flores e Ignacio Vázquez, encontraron al lado de la muerte un lugar de paz que no habían conocido jamás

Torreón, Coah.- José Flores e Ignacio Vázquez, encontraron al lado de la muerte un lugar de paz que no habían conocido jamás, al lado del cadáver que fuera persona, descubren una verdad: que al final de la vida todos terminan igual, concilian que la muerte significa su pan de cada día.

Uno los pinta y el otro los entierra, pero los dos encuentran un placer concurrente al realizar su trabajo, no tienen miedo, no dan la vuelta, sólo continúan y en su lugar de trabajo encuentran su verdadero hogar.

Sepulturero y embalsamador respectivamente, uno trabaja entre la tierra y el mezquite; el otro sobre la plancha y el formol; ambos conocen la muerte de cerca, conviven con el dolor de otros, y lo más importante llevan el sustento a su casa.

José tiene 20 años de arreglar los cadáveres que llegan a la funeraria, convive cada día con ese olor penetrante, el de la carne humana en descomposición.

Comienza su trabajo.

Toma un cuerpo inerte, lo abre, le extrae la sangre y lo deja listo.

Ese ritual, lo conoce mejor que cualquier otra cosa.

Le toca arreglar a las personas por última vez, prepararlos para la última morada.

El muerto queda listo para ser mostrado a las personas que en el servicio funerario, decidan acercarse a despedir el cuerpo que está dentro de un féretro.

Pone todo de sí para darle un trato digno al que guardó por determinado tiempo sentimientos, deseos, historias.

Técnico embalsamador es el nombre que recibe la profesión a la que se dedica.

Para este hombre es muy importante hacer lo posible para que los seres queridos del fallecido queden complacidos, su sensibilidad le permite descubrir que pasan por un momento difícil, que su labor además de todo es aminorar el dolor.

“Se aprende a sobrellevar, exactamente, por que aquí nunca te vas acostumbrar, siempre es diferente cada caso y cada familia, es muy difícil ver a la gente sufrir”.

Algo que le duele a José es tener que “arrancarles a ese ser querido, que te lo entregan”.

Pues el trabajo de este hombre empieza donde el cuerpo respiró por ultima vez y concluye donde el llanto, la tristeza y el adiós, lo adornan.

Otro aspecto de su trabajo es maquillar los cuerpos, combinar su piel con los colores, dibujarle un rostro de vivo, que la carne luzca como nunca y brille como siempre.

No cree en que los cuerpos revivan una vez muertos, pero asegura que despiden algo especial: “siente uno la paz, he logrado percibir eso de un cuerpo”.

Para cuidar su mente busca no conocer el nombre del difunto, no adentrarse en su vida.

Cada ocasión que José prepara un cuerpo, da vida a los versos con el que el poeta Rubén Bonifaz Nuño describe este ritual: “es una costumbre admitida / la de acicalar a los muertos; / ponerles a fuerza su mejor traje, / sus zapatos nuevos, su camisa planchada, / como procurando que en la tierra / los hallen decentes los gusanos”.

Donde termina José, comienza Ignacio, pues tiene la misión de enterrar a los muertos de Torreón. Son muchas las labores que realiza. Quitar la hierba, cavar los pozos, preparar las tumbas con cemento, bajar los cuerpos, sellar la tumba y acomodar las flores.

Durante los 10 años que ha realizado esto, le tocó cavar el pozo de su madre y su hijo.

Recuerda cada uno de los pensamientos que ese día invadieron su corazón y mente, cuando lentamente bajaba aquellos cuerpos.

El dolor se hizo presente para este sepulturero.

La melancolía mezclada con los efectos del mezcal, crearon un sentimiento que nunca antes había sentido.

Hoy ya no duele, ya no toma.

En el Cementerio Municipal de Torreón, Ignacio sintió la tristeza de tener que despedir a un familiar.

La casualidad aunada al alcohol que corría por sus venas, lo hicieron animarse a tomar el trabajo.

Cuando se dio cuenta de que había aceptado, no le quedó otra más que intentarlo.

Hoy ya no toma, pero el trabajo se quedó.

Para este hombre el panteón es “la mera casa”.

Ha descubierto después de enterrar tantos cuerpos, que nada se llevan, y sólo es espacio, en el cementerio les queda.

“Yo me siento en mi casa, la primera casa, pues aquí va a descansar el cuerpo, la casa que uno tiene es material, eso se queda para los que siguen”.

Por eso disfruta de los momentos que pasa entre la tierra y las lapidas, donde al atardecer la brisa lo consuela por una jornada de trabajo y la noche lo despide hasta el siguiente día.

Ignacio día a día da vida a las palabras de el poeta Jaime Sabines, como si este se hubiera inspirado al verlo: “Por eso me sobrecoge el entierro./ Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales”.

José Flores
Sepulturero

“Se aprende a sobrellevar, por que aquí nunca te vas acostumbrar, siempre es diferente y es muy difícil ver a la gente sufrir”

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