Espectáculos
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Excélsior
Publicado el lunes, 2 de enero del 2012 a las 20:45
Ciudad de México.- Hoy día es común escuchar que año con año nombres de bandas internacionales como Portishead, Pixies, Jane’s Addiction, Interpol o The Strokes, a la par de agrupaciones de la talla de Caifanes, Los Fabulosos Cadillacs, Zoé, Café Tacvba o Molotov, engalanan los carteles de los festivales que se realizan en México, en donde con un sermón cargado de música se comparte la esencia del rock con miles de feligreses que se dan cita en cada uno de estos eventos.
Vive Latino, Corona Music Fest, Rockarga, Música por la Tierra, Manifest y Corona Capital, así como los ya inactivos Motorokr y Zero Fest, son nombres de festivales que se han convertido en parte de la memoria colectiva del público mexicano, que cada año no repara en gastar cientos -o hasta miles de pesos- en los boletos de entrada.
“Agradezco que haya masivos y que venga Portishead, eso era inimaginable en mis años de chavos, o que viniera Jethro Tull o The Who. Quizá la parte buena es esta posibilidad de disfrutar como es el rock en vivo”, dice Armando Vega Gil, mejor conocido como El Cucurrucucú, bajista de Botellita de Jerez.
La venta de localidades con meses de anticipación, la promoción por parte de las bandas participantes, los accesos indicados con claridad en las sedes, mismos que concuerdan con lo impreso en los boletos, el despliegue de elementos de seguridad que se encargan de hacer revisiones a la entrada de los eventos, así como una buena organización de horarios y espacios hoy es una práctica común para el público, sin embargo no siempre fue así.
Después de algunos primeros conciertos masivos de rock el gran parte aguas llegó el 11 y 12 de septiembre de 1971 con el Festival de Rock y Ruedas que se llevó a cabo en Avándaro, Valle de Bravo, en el que una carrera de automóviles la mañana del domingo -misma que nunca se realizó- sería precedida por poco más de 12 horas de rock a cargo de 16 bandas.
“Avándaro fue el climax del hippismo en México. Los hippies mexicanos vivimos el éxtasis del hippismo con la convivencia entre la naturaleza y la música. Llegamos el viernes en la noche y la tocada estaba anunciada para el sábado en la noche para acabar el domingo a las 8 de la mañana y que a esa hora empezaran las carreras en el circuito Avándaro, pero no hubo carreras porque fueron casi 500 mil personas y había gente acampada en donde iba a pasar los coches.
“Hay quien dice que fueron 250 mil personas, no es cierto, fueron como 500 mil, de la parte de arriba del templete del escenario, como cuando estás junto al mar o una peña y alcanzas a ver como la tierra es redonda, así se veía pero de gente, no hubo carreras. Al otro día salió en el periódico, con letras grandes, no traía foto, y decía ‘No hubo carrera de coches, fue de motos’ (risas)”, recuerda Alex Lora, vocalista de Three Souls In My Mind, hoy El Tri.
De acuerdo con una entrevista a Salvador Ramírez, encargado del evento conmemorativo de los 34 años del festival en 2005 por la revista Contacto, “Avándaro fue el primer foro en donde la juventud se pudo reunir para expresar sus inquietudes y frustraciones, de mostrarse tal y como eran. Fue un parte aguas en la vida nacional por como estaba la situación social en esos momentos, los hombres y mujeres que participaron en el festival son los que hoy dirigen el destino de México”, dijo, hecho que Lora confirmó también.
“Lo que es muy de resaltar es que fueron casi 500 mil personas y no hubo nada que lamentar, miles de personas en santa convivencia con la música, el desmadre y el rock n’ roll. La que gente que fuimos, que lo vivimos y estuvimos ahí, en este momento somos gente de bien, profesionistas, padres de familia, trabajadores, gente de bien que fueron a convivir con la naturaleza y la música”, comentó en entrevista el líder de El Tri.
Sin embargo el grito de “chingue a su madre el que no cante”, en dos ocasiones, por parte de Ricardo Ochoa, vocalista de Peace & Love, que en ese momento interpretaba We Got the Power a la vez que se transmitía por Radio Juventud (660 am), fue suficiente para que el rock nacional fuera reprimido y los masivos estuvieran prohibidos, llevando al género a buscar otros escenarios y foros.
El noviciado: Los Hoyos Funky
Después de la experiencia vivida en Valle de Bravo en el 71, las bandas de rock mexicanas encontraron en bodegones, bares clandestinos y hasta espacios deportivos -que eran conocidas con nombres como Siempre lo mismo, El Herradero y Salón Chicago, por mencionar algunos- tierra fértil, y hostil, para llevar de nueva cuenta el rock a los jóvenes de la década de los 80.
“Los hoyos funky eran una onda súper clandestina y mala onda para los chavos. Nosotros tocábamos en el Salón Revolución que estaba en Bucareli, era parecido a un galerón con un sólo baño unisex al que entrabas y estabas chapoteando meados, había una sola puerta y la seguridad eran unos judas que le requisaban a la gente mota, misma que después veías que venían adentro.
“Me tocó ver como vendían bolsitas de chemo y chelas en bolsa con popote. El escenario eran unos tablones subidos en unos tambos de diesel y las luces eran unos cuatro focos para calentar carnitas, no había monitores, no había nada más que estos tipos que de repente se armaba una madriza y llegaban con garrotes y aporreaban a los chavos, y por lo general cuando salías a cobrar lo del toquín pues ya se había ido el de la taquilla, que era un carro de judas con las ventanas polarizadas”, explicó Vega Gil en entrevista telefónica.
Para una generación entera que quedó representada por personajes como Jaime López, Kerigma, Armando Rosas, José Manuel Aguilera, Rafael Catana, Emilia Almazán, Cecilia Toussaint y Rodrigo González, mejor conocido como Rockdrigo, experimentar el rock en vivo como ahora se hace era toda una aventura extrema tanto para el público como para los artistas, que encontraron en estos espacios una fuente de trabajo a la vez que colocaron las bases para los festivales en un futuro no muy lejano.
“Los hoyos funky era un negocito para los que los organizaban y de alguna forma una fuente de trabajo para los músicos. A la distancia, ahora me parece hasta divertido pero en ese momento era muy difícil entrar a un hoyo funky cargando tú tu bocina del bajo, mientras los chavos te jalaban el cabello o lo que trajeras, no había tarimas, los equipos eran malísimos.
“Lo que recuerdo de los hoyos funky con nostalgia es que era hacer un gran esfuerzo por tocar pero al mismo tiempo era una gran satisfacción, ahora vas a un festival como el Vive y es la comodidad del camerino, el catering, los equipos muy buenos, pero hay una diferencia monstruosa. Los hoyos fueron el noviciado de lo que se hace ahora”, explicó El Cucurrucucú.
Los 90: la redención en las aulas.
Después de que el sismo del 85 sacudiera la conciencia de una nueva generación de rockeros como Kenny y Los Eléctricos, Ritmo Peligroso, Las Insólitas Imágenes de Aurora, Real de Catorce y Botellita de Jerez, quienes sentaron las bases del movimiento Rock en tu idioma, el cual estaría representado por bandas como Fobia, Caifanes, Café Tacvba, La Lupia, Bon y los Enemigos del Silencio, La Castañeda y Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio, entre otros, los espacios autónomos se convirtieron en los mejores aliados del rock nacional.
”Una vez tocó Chicago en el Auditorio Nacional y hubo como un motín en las calles, quemaron un camión de lo que recuerdo, la policía era un elemento básico de los conciertos, siempre estaba ahí golpeando y controlando, era gente muy nerviosa que no tenían entrenamiento y que venían de la represión del 68 y del 71, solo sabían agarrar a macanazos a la gente, muy hostil y agresivo a diferencia, de los conciertos masivos que se hacían para apoyar a los zapatistas en el 94, 96 y 97.
“Se hicieron muchos y eran organizados por los activistas de CU y por los mismos rockeros, ahí estábamos todos La Maldita, Botellita, Café Tacvba, Real de Catorce. Los de Abajo, La Nao… un montón de bandas entrándole, pero ahí lo que se pugnaba era que la vigilancia fuera de los mismos chavos, había brigadas que estaban cuidando que no hubiera broncas, madrizas, que no se pasaran de lanza y la experiencia fue muy buena”, explicó el bajista.
Con un compromiso social como bandera, los conciertos en los años 90 eran casi utópicos: bandas de rock, en lugares autónomos como el Espacio Escultórico o el Estadio de Prácticas de Ciudad Universitaria se involucraban en temas políticos y el público se volvía participativo.
La llegada de las bandas a CU o a los espacios del Poli (Instituto Politécnico Nacional) se debió a un hecho en particular. En abril de 1993, y antes de convertirse en la primera banda de rock mexicana en abarrotar el Palacio de los Deportes, Caifanes ofreció un concierto en la explanada de la delegación Venustiano Carranza.
“El concierto de Caifanes en la explanada de la delegación Venustiano Carranza se hizo un desmadre porque hubo madrazos y un montón de provocaciones, y el entonces regente Manuel Camacho prohibió los conciertos masivos de rock al aire libre. Una de las respuestas a esto fue irnos a un lugar autónomo como CU, dando como resultado de esta experiencia que haya conciertos masivos por los buenos resultados, la buena convocatoria y organización.
“Otro masivo memorable en los 90, fue uno en la plancha del Zócalo, calculaba que había como 60 mil personas, fue un 2 de octubre toco Botellita, La Nao y Santa Sabina, el piso temblaba porque la gente brincoteaba en un rollo súper intenso. Ir a bailar y agarrarte en el slam en un lugar público de una importancia simbólica como el zócalo era un acto político, aunque bailaran, brincaran y se rieran era una acción política.
“Que bueno que haya Vive Latinos gigantescos pero no hay ninguna conciencia militante política y de compromiso, no me quejo, así son las cosas, yo he tocado ahí y me gusta mucho pero si es esta cosa como muy notoria que hacíamos en CU en el espacio escultórico, en esos conciertos se daba un rollo de compromiso súper fuerte”, puntualizó el músico.
Tan sólo cinco años después y con un partido oficial en el poder al cual la juventud cuestionaba y reconocía en esa generación el ganar o perder las elecciones del nuevo milenio, llegó a la escena nacional el primer Festival Vive Latino, en el que participaron bandas como Molotov, La Lupita, El Tri, Café Tacvba, La Barranca y Salón Victoria, entre muchas otras.
“Supongo que sí tiene que ver mucho el esfuerzo que hicimos muchas bandas en esos años (en los 80 y 90), pero como en México no hay memoria… no hay memoria, entonces nadie sabe, nadie supo”, dijo.
Con la llegada del nuevo milenio, el rock nacional encontró en los Festivales, después de una tortuosa búsqueda de espacios, el escenario idóneo donde las expresiones e ideas, sin importar qué tan románticas o contestatarias sean, siempre serán bienvenidas.
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