Sociedad
Por
Hilda Sevilla
Publicado el martes, 9 de diciembre del 2008 a las 13:00
Monclova, Coah.- Santos de León Delgado es probablemente el último testigo de la magnificiencia que representó hace un siglo el Molino San José del Águila, del que quedan solamente las paredes de adobe a punto de derrumbarse por el peso de los más de cien años que tiene la construcción.
El Molino San José del Águila está en el ejido que lleva el mismo nombre, antes de llegar a Celemania. Desde sus inicios, alrededor de 1900, el molino funcionaba como central ferroviaria y se llamaba “Estación González”.
Don Santos nació y creció en unas pequeñas casas que estaban frente a la estación. En ese entonces, platica, el ejido El Águila pertenecía al cacique Manuel de la Fuente Zertuche: “No sé exactamente cuándo se construyó el molino, porque desde que yo era chico, ya existía”.
Los trenes llevaban y traían a los pasajeros que vivían por el rumbo. Los vagones cargueros se llenaban de la harina y el trigo que se sembraba en ésas tierras.
Al crecer, Don Santos, al igual que su padre, fue uno de los trabajadores del Molino San José del Águila y rápidamente, explica, se ganó la confianza del nuevo dueño, por lo que laboró como velador de la que también funcionaba como casa de campo para los familiares del cacique.
“A un lado del molino estaba la casa en la que vivía el dueño y detrás, pasando los canales de riego hechos de piedra, estaba una alberca para que la usaran sus hijos o la visita”, explica Don Santos, de casi ochenta años, mientras está sentado en la mecedora del porche de su casa, al cuidado de una de sus nueras.
Recuerda que en ese tiempo, en el molino había muchos árboles y la enorme barda que rodeaba la propiedad estaba cubierta por hojas de parras. Durante esos años, el agua era abundante y los habitantes del ejido El Águila, en la época de más calor, se bañaban en el río que lo cruza y también lavaban ahí su ropa.
Es la misma agua que corre frente al altar a la Virgen del Carmen, ubicado poco después de salir de Celemania. Desde la carretera pueden observarse los enormes carrizos que cubren la zona por la que corre el río, más limpio y abundandante en aquella época, recuerda Don Santos.
“Los dueños eran de Monterrey y se regresaron para allá cuando comenzó la Reforma Agraria. Con las nuevas leyes, el gobierno dijo que el ejido tenía que repartirse entre sus habitantes y dejaría de ser propiedad de Enrique de la Fuente”.
Lo único que no pudieron quitarle al cacique fue el molino. Dejó de funcionar definitivamente hace como cuarenta años y Don Santos se quedó como velador de la casa al quedar sola: “Primero, el dueño venía seguido adarle sus vueltas; depués una o dos veces al año, hasta que ya no volvieron, ni siquiera sus hijos”.
Dice que en cada visita que hacían los dueños, le daban cincuenta pesos de pago: “¿Se imagina? Cincuenta pesos por año, mucho menos de lo que ganaba cuando era joven y eso que el sueldo era poco”, expresó Don Santos.
El tiempo fue deteriorando la construcción, por lo que el campesino decidió comprar una pequeña casa para regresarse a vivir cerca de la familia y salirse del molino. Esto sucedió hace diez años.
Incluso, indicó que llamó por teléfono a los hijos del dueño para que lo apoyaran económicamente en la compra, sobre todo por los años que llevaba trabajando como velador, al cuidado del viejo inmueble, pero no obtuvo respuesta, el apoyo le fue negado rotundamente.
Don Santos cree que la propiedad de los De la Fuente también debió repartirse entre los habitantes, y alguna vez se lo propuso al dueño, pero éste nunca quiso: “A pesar de que no tenía escrituras del terreno y la casa. Los que quedan de esa familia y que viven en Monterrey lo saben. Si le escarban sabrán que es verdad lo que digo”, asegura.
El Molino de San José de Águila se quemó hace algunos años. Antes de que esto sucediera, todavía quedaban las puertas de madera en la entrada de la casa.
Los techos se cayeron, quedándo únicamente las ruinas de las gruesas paredes de adobe. El sótano está lleno de hojas y ramas secas y de la barda que según Don Santos estaba cubierta de hojas de parra, sólo quedan algunas partes.
La alberca que llenaban con el agua del río, muestra las grietas del paso del tiempo. Por su parte, Don Santos volvía de vez en cuando a la propiedad mientras se lo permitieron sus piernas.
Aunque todavía camina, tiene dificultad para hacerlo solo, tiene que apoyarse de dos palos de madera que usa como bastones. ¿Que si tiene ganas de regresar? Dice que para qué, si no queda nada ya de lo que fue, se conforma con los recuerdos.
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