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Cuando la oscuridad agudiza la miseria; Eugenia González vive de la caridad

  Por Carlos Chávez

Publicado el jueves, 25 de diciembre del 2008 a las 16:00


En estas fiestas decembrinas es muy común escuchar cómo la calidez del hogar y la compañía de nuestros seres queridos

Saltillo.- En estas fiestas decembrinas es muy común escuchar cómo la calidez del hogar y la compañía de nuestros seres queridos nos confortan para mejorar como personas, pero, ¿qué pasaría si no tuviéramos el calor de un hogar o el afecto que implica un abrazo de nuestros hijos o nuestra pareja?

Para Beatriz Eugenia González estas fechas son en las que más resiente el frío y la soledad que trae consigo el abandono y el olvido de una sociedad que no tiene el tiempo de ser humana.

Sentada sobre un block, rodeada de cuatro perros que la custodian como si fueran guardianes, y con la mirada perdida en el cielo o en el horizonte, Beatriz sigue esperando la ayuda que por más de 5 años le prometió el Gobierno, cuando su patrimonio se perdió por la voracidad de las flamas que además la dejaron ciega, sola y abandonada.

La tristeza en su cara se dibuja al recordar cómo todo lo que conocía antes como una vida feliz y plena comenzó a ir en un declive que ella cree que aún puede corregirse.

Todo comenzó cuando su esposo, Francisco Treviño, falleció de un infarto y ella se quedó sola debido a la ingratitud de sus cinco hijos, a quienes no ha visto en más de 10 años y a los que no parece importarles que su madre viva en la marginación que alimentan el dolor, el escombro y la tristeza de la realidad y del corazón.

“Yo creo que mis hijos no vienen porque les da vergüenza lo que queda de su familia”, opina con un rictus de dolor, como si un alfiler se le clavara en el corazón.

Pero lo peor estaba por acontecer. El 16 de febrero del 2003, mientras ella dormía, su casa comenzó a incendiarse y afortunadamente uno de los perros que la acompañaba logró despertarla y arrancarla de las llamas que ya se habían propagado a su cama, no sin antes recibir un golpe da aire caliente que le apagó sus verdes ojos.

“Aunque me acuerdo muy bien, las imágenes eran cada vez más borrosas, un señor que venía en una camioneta me ayudó después de que casi me atropella cuando yo salí corriendo desorientada. Me dejó cerca de unos departamentos de la otra calle y me acuerdo que una vecina me dio unos zapatos porque yo ya había perdido todo. Vinieron los bomberos y apagaron todo y pues así fue como me quedé sola con el terreno”.

DORMÍA EN LOS ESCOMBROS

Tras la desgracia, Beatriz buscó el apoyo de los programas de desarrollo. Le prometieron despensas, ayuda económica e incluso la construcción de una nueva casa, ya que la suya quedó en ruinas o muy afectada tras el percance. Las lágrimas que contiene se manifiestan en una voz que se quiebra, tan solo de pensar que sus parientes ya la olvidaron.

“Pero aún sigo aquí, necesito que me ayuden porque no puedo trabajar ni salir. Lo más lejos que llego es a la puerta y a mi cama. Que cumplan lo que me prometieron y que me ayuden a vivir porque la verdad es que mi condición es un poco difícil”.

Mientras vive en un pequeño tejabán, en donde tiene su cama y donde el olor a suciedad se mezcla con los utensilios de cocina, la tierra y las tres cobijas que son su único resguardo ante el fuerte aire frío y las bajas del invierno. Ya lleva cinco años en estas condiciones.

“Al principio, cuando me quedé abandonada, me acuerdo que dormía en los escombros y a veces comía el pan duro que podía conseguir. Ahora vivo de lo que la gente que pasa por aquí se apiada en darme”, expresa con sumisión y resignación, ante lo que a modo de limosna la mantiene.

Tras relatar su historia con la esperanza de que al fin será escuchada y la voluntad de las autoridades será tocada en estas fechas, Beatriz vuelve a sentarse sobre el block en donde los cuatro perros toman sus posiciones religiosamente y en donde ella seguirá esperando un cambio ante su realidad, la que un día sin previo aviso cambió.

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