Coahuila
Por
Abdel Robles
Publicado el martes, 30 de diciembre del 2008 a las 21:00
Las víctimas del falso “santa” [gráfica ampliada]
Covina, California (La Opinión de Los Angeles).- Dieciséis niños quedaron huérfanos después de que su familia fuera asesinada en Nochebuena por un hombre disfrazado de Papá Noel, en la localidad de Covina, California, informó el abogado de la familia Ortega, nueve de cuyos miembros perecieron durante la masacre.
Las autoridades debían todavía identificar formalmente los nueve cuerpos encontrados en los escombros de una casa de Covina, a 37 kilómetros al este de Los Ángeles (oeste de Estados Unidos).
Ed Winter, de la oficina forense, informó que será necesario utilizar rayos X para identificar los cuerpos, ya que éstos están tan quemados que no pueden utilizar huellas digitales o algún tipo de identificación visual. Pero a través de amigos se supo que los fallecidos fueron: Alicia, de 70 años, y Joseph Ortega, de 80, padres de Sylvia; Sylvia Ortega, Joseph Ortega Jr., y su esposa Teresa; Charles Ortega y su esposa Cherri; Alice Ortiz, hermana de Sylvia, y su hijo Michael Ortiz, un joven de 16 años.
Familiares de los patriarcas de la familia, Alicia y Joseph, dijeron que la pareja se casó hace 53 años en Torreón, Coahuila y emigraron a Estados Unidos. Tenían un taller de pintura, pero ya estaban retirados.
Alicia y su esposo daban una fiesta de Navidad el miércoles 24 en la noche con sus hijos, nietos y amigos en su casa de Covina. Vestido con un disfraz de Papá Noel, Jeffrey Bruce Pardo llegó poco antes de la medianoche y abrió fuego contra los asistentes a la fiesta matando a nueve personas, incluyendo a Josph, Alicia y su ex esposa Sylvia. Luego prendió fuego a una parte de la vivienda, en un hecho que conmocionó a Estados Unidos.
Pardo llegó con cuatro pistolas, cada una con capacidad de 13 tiros. La Policía dijo que disparó la primera arma de manera indiscriminada y usó las otras para disparos más certeros.
Los tres hijos de Ortega estaban presentes durante el ataque, pero sobrevivieron, indicó el abogado de la familia Scott Nord a la cadena NBC4.
“Toda la familia fue arrasada”, dijo. “Hay unos 16 huérfanos”, añadió.
El ataque dejó además tres heridos, entre ellos una niña de 8 años que abrió la puerta a quien creyó era Papá Noel y que recibió un balazo en la cara.
Pocas horas después de la masacre, Jeffrey Bruce Pardo fue encontrado en una finca en la localidad de Sylmar, a 40 kilómetros de Covina, con un disparo en la cabeza, un boleto de avión a Canadá y 17 mil dólares. El asesino decidió suicidarse al quemarse su traje de Santa Claus y sufrir como consecuencia heridas graves al tratar de incendiar la casa de sus víctimas.
ESPOSO VIOLENTO Y PADRE DESOBLIGADO
El asesino, Bruce Jeffrey Pardo, de 45 años y considerado como un hombre violento, se divorció de Sylvia Ortega el 18 de diciembre, según la orden de la corte citada por el periódico “Los Ángeles Times”.
Sylvia Ortega y Bruce se conocieron en enero de 2004 y se casaron dos años después. Ella tenía tres hijos de dos matrimonios anteriores y él tenía un hijo a quien no veía desde hace siete años.
Según una entrevista con la ex novia de Pardo y madre del Matthew, hijo de ambos, publicada por “Los Angeles Times”, el niño quedó parapléjico y con daños cerebrales debido a un accidente que contribuyó a que la pareja se separara.
Cuando Matthew tenía un poco más de un año, Pardo se quedó a cargo del menor, y mientras él veía televisión el niño se cayó en la piscina. Pardo lo rescató, pero el daño ya había ocurrido.
Después de pasar una semana en el hospital al lado de su hijo, Pardo dejó de verlo y se separó completamente de su responsabilidad como padre. No pagaba cuota alimentaria ni veía a su hijo, pero sí lo ponía como dependiente en la declaración de impuestos.
LA RUPTURA
Esto ocasionó problemas con Sylvia, quien supuestamente exigió que ya no pusiera al menor como dependiente. La relación de la pareja se deterioró al punto de que ella regresó a la casa de sus padres a principios de este año y solicitó el divorcio.
Algunos allegados consideran que los términos desventajosos para él en el divorcio pudieron haber sido la causa de la tragedia.
CONMOCIÓN
Así como el agua de la piscina de la familia Ortega mojó las calles de las zonas aledañas mientras era vaciada por las autoridades el día de la masacre, sus familiares y amigos inundaron el barrio con sus carros, sus lamentos y sus lágrimas.
Unas cinco mujeres lloraban y se abrazaban entre sí. Los hombres que las acompañaban murmuraban y les servían de apoyo moral. Ellas no quisieron hablar ni explicar sobre su relación con las víctimas. Ellos también callaron.
Una de las pocas personas que hablaron mientras lamentaba las muertes fue Linda Pérez, quien se identificó como una amiga de muchos años de los Ortega.
“Todos estamos muy consternados por lo sucedido, jamás nos imaginamos que algo así podría pasarle a una familia tan amorosa, tan abierta y tan unida”, manifestó Pérez.
Pérez había sido invitada a la reunión familiar de Navidad, pero por razones personales no pudo asistir.
“Estoy separada de mi esposo y él me dijo que iba a venir, así es que yo preferí quedarme con mi hija en mi nuevo hogar en Cerritos”, dijo Pérez, quien vivió cerca de la vivienda de Joseph y Alicia.
UNA CASA ABIERTA PARA TODOS
El empleado recordó la gran felicidad que se sentía en la casa que en años anteriores fue centro de celebraciones navideñas.
“Era una casa abierta para las familias y los amigos, todos estábamos invitados a celebrar con ellos la Navidad. Había tamales, enchiladas y menudo. Nadie se quedaba sin comer y todos la pasábamos bien”, relató.
Los hombres jugaban póker, las mujeres platicaban y los niños se entretenían con juegos, recordó. Ella dijo que Pardo siempre fue muy callado y que había sido adoptado prácticamente por la familia Ortega.
“Él siempre era bienvenido en la casa de los señores. Yo creo que por eso decidió cometer semejante delito, porque con el divorcio ya no era parte de la familia. Se había quedado afuera”, subrayó Pérez.
La única sobreviviente de los hijos de Alicia y Joseph fue Leticia, madre de la niña que recibió el disparo en la cara.
‘DEBE DE ESTAR EN EL INFIERNO’
Manuel González, empleado del negocio de pintura de los Ortega, dijo que todos se enteraron de la separación de Sylvia y Pardo porque ella regresó a la casa de sus padres, donde siempre se sintió segura.
“Sylvia era muy buena persona, no le gustaban las injusticias”, dijo González, pero declaró que en varias ocasiones escuchó hablar a los hermanos de Sylvia sobre su separación, y la culpaban a ella.
“Enfrente de toda la familia, él la trataba súper bien. No sé cómo habrá sido en su casa. Lo que sí sé es que ese desgraciado debe estar en el infierno en este momento por haber matado a gente tan buena como eran mis patrones”.
Más sobre esta sección Más en Coahuila
Hace 23 horas
Hace 23 horas
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 2 dias