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Publicado el miércoles, 31 de diciembre del 2008 a las 16:00
Piedras Negras, Coah. – Cuando tenía 45 años de edad y abandonó su casa para hacer de las calles de Piedras Negras su nuevo hogar, sin más apoyo que su orgullo, Obdulia Santos Botello realmente no sabía qué sería de ella y ni siquiera si sería capaz de sobrevivir.
Actualmente, a los 78 años de edad y 33 de ellos manteniéndose de lo que la gente le regala, durmiendo donde le anochece y aseándose en baños públicos e incluso en lavanderías, esta mujer que ha pasado las más duras pruebas, espera la celebración de un Año Nuevo similar a los de los últimos 33: En la soledad.
No sabe dónde el reloj le marcará las 12:00 para recibir al 2009… pero de lo que está segura, es que será un día como cualquier otro… a lo menos para ella.
Así transcurrió la Navidad también, una Navidad en la que los regalos, la alegría familiar para la celebración de trascendental fecha, fueron cosa del pasado.
Profundamente creyente, en su soledad y donde se encuentre, celebrará a su modo: Orando y pidiendo a Dios que le siga dando fuerza para continuar su peregrinar, sin más apoyo que el del Todopoderoso.
No descarta la posibilidad de que algún día “y más porque ya viene duro frío”, puede ir al asilo.
Pero, sonriendo nerviosamente confiesa tener cierto temor:
“Dicen que ahí les pegan a los viejitos… y fíjese con qué, con un chicote de ésos para los animales”.
Doña Obdulia también se preocupa porque le han comentado que en el asilo cobran por el hospedaje. “Por eso sueño con tener un cuartito viejo, chiquito, con puertas y donde yo pueda estar un poco más tranquila”, dice… pero enseguida reflexiona y se pregunta… “¿pero… en dónde y con qué?”.
Treinta y tres años viviendo en la calle han transcurrido y esta mujer de encorvado cuerpo y cuyo rostro de blanca piel marca profundos los surcos que el tiempo y el sufrimiento le han creado, no se arrepiente de haber abandonado su casa.
Prácticamente, dice, fue echada de su casa por sus ya hace años fallecidos hermanos Homero y Manuel. “Ahora sí, cada quien debe seguir su rumbo”, recuerda que le dijo su hermano Homero, tras la muerte de su padre Francisco Santos.
“Está bien -fue la respuesta de la mujer- no tengo a dónde ir… y entonces, voy a la calle”.
Y desde entonces, doña Obdulia vive ahí, en las calles de Piedras Negras.
Amiga de los boleros de la plaza principal, donde pasa la mayor parte del tiempo, asidua lectora de Zócalo y mujer que orgullosamente dice que “yo a nadie le pido, aunque sí acepto lo que me dan de ayuda”, la anciana carga de un lugar a otro su equipaje: Recorre el centro de la ciudad para hacer ejercicio y no “tullirse” en las bancas de la plaza.
De vez en cuando entra a alguna tienda de conveniencia a tomarse un café con pan. La central de autobuses es generalmente su sitio para dormir… pero lo hace en el exterior; en el interior no se le permite. Espera paciente que pase el tiempo, ése del que mucho ha transcurrido sin un hogar.
Y si apenas puede sobrevivir, ¿cómo lo pagaría?
Y mantiene aquella frase que marcaría el resto de su vida:
Una maleta con ropa y calzado, parte de ella la misma de hace años.
Pero como desde hace 33 años: Siempre sola.
Y no está para poner condiciones…. jamás las puso y ahora menos.
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