Coahuila
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Grupo Zócalo
Publicado el lunes, 20 de octubre del 2025 a las 04:30
Saltillo, Coah.- Vivir en piloto automático: trabajo, hijos, pareja, deudas, rutinas.
Sonreír para la foto, responder mensajes, batallar para llegar a la quincena, cumplir con lo que esperan de uno.
No pasa nada y pasa todo.
No es una tristeza profunda ni una crisis visible, pero algo se ha ido apagando, y un cansancio emocional se ha instalado en el espíritu: el desánimo se ha vuelto una costumbre.
Buscar una salida
Los especialistas lo llaman “distimia” o Trastorno Depresivo Persistente, una forma crónica de depresión que puede acompañar a las personas durante años, sin que ellas, sus familiares y amigos, lo reconozcan.
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Un día me sorprendí tratando de recordar cuándo había sido la última vez que había sentido una alegría genuina, pura, sin forzarla, y lloré sabiendo que esa sensación había sido hace mucho tiempo, y que difícilmente la iba a volver a experimentar”, relata Alondra, quien fue diagnosticada con distimia hace dos años.
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Pensé que era la crisis de la edad, tengo 45 años, y me sentía vacía, agotada, cero motivada, lo empecé a normalizar y creí que todos nos sentíamos así, hasta que dije ‘basta, yo no quiero vivir sin saber qué me pasa, sin saber por qué no me siento plenamente feliz o realizada’”, detalla.
¿Vacío ‘inexplicable’?
El sicólogo Daniel Oyervides explica que la distimia es una forma de depresión crónica de larga duración y menor intensidad: no necesariamente incapacita, pero sí desgasta, y su diagnóstico cada vez es más recurrente en adultos mayores de 40 años.
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Son personas que siguen funcionando, van al trabajo, a reuniones, pero llevan años sin sentir verdadera alegría o plenitud”, señala el especialista, “y esa capacidad de aparentar bienestar mientras el cuerpo y la mente se sienten agotados, ha dado lugar a otro término popular: la depresión sonriente”.
El experto señala que, para quienes superan los 40, la línea entre el cansancio y la depresión se vuelve difusa: la presión por sostener un estilo de vida, las jornadas laborales extendidas, la falta de tiempo personal y la soledad emocional, son factores que alimentan este tipo de padecimientos silenciosos.
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Son personas que sienten muy poca energía, y la que tienen, la utilizan para sonreír, para aparentar estar feliz”, afirma, “pero ojo porque, aunque lo quieran esconder, su rendimiento laboral empieza a disminuir y puede presentar anhedonia, que es la incapacidad de experimentar placer en actividades que antes nos resultaban gratificantes, y la persona puede incluso desarrollar enfermedades físicas”.
Romantizar la resiliencia
Lo peligroso es que ese sentimiento está ahí, latente, presente, y aunque puede pasar desapercibido por años, un evento, una ruptura, una pérdida, un cambio, lo desencadena.
De ahí la urgencia de que los adultos de mediana edad recurran a la terapia, ya que la mayoría de las campañas están dirigidas a jóvenes o adultos mayores, pero los cuarentones y cincuentenos están olvidados.
Reconocer la tristeza no es un signo de debilidad, sino el primer paso para salir del estancamiento emocional: buscar ayuda profesional, hablar de lo que se siente y romper con la idea de que “todo está bien”, puede marcar la diferencia entre resistir y disfrutar.
‘Cosas de la edad’
La Organización Mundial de la Salud calcula que más de 300 millones de personas, entre niños, jóvenes y adultos, padecen depresión en algún grado:
Esta cifra podría aumentar al doble si tomamos en cuenta a quienes niegan y ocultan su padecimiento detrás de una sonrisa.
Y en eso de callar y esconder algo que no les gusta, los de 40, 50 y 60 años se han vuelto expertos.
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En los grupos de 40 a 60, la distimia y los cuadros de depresión leve o encubierta son especialmente frecuentes, ya que se acumulan responsabilidades, pérdidas, hay más frustraciones: quizá no estoy haciendo lo que realmente me apasiona, o estoy ganando menos que otros de mi edad; y esa sensación de vacío muchos la confunden con algo normal de la edad, y no es así”, señala Daniel Oyervides.
Esas tristezas cotidianas se vuelven crónicas, pero se ocultan tras sonrisas para no alarmar al círculo cercano; de esta manera, el individuo continúa sin detenerse, acostumbrado a que la sociedad actual exalta la productividad y el autocontrol, y valora más cumplir con el deber que atenderse emocionalmente.
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