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Coahuila

Adiós al moreirismo

Por David Brondo

Hace 3 años

No hay mal que dure 100 años ni magisterio que lo aguante. 

Una primera lectura de los resultados de los procesos para elegir a los secretarios generales de las secciones 38 y 35 del SNTE es evidente: los maestros no quieren saber nada de la tutela “moral” de Carlos Moreira, la mano que desde hace lustros mece la cuna del gremio en Coahuila.

El hartazgo es tan claro como que dos y tres son cinco. La figura del “líder moral” encarnada por Moreira, hermano de los exgobernadores Humberto y Rubén, íntimamente vinculados a la vida del magisterio, comenzó a desmoronarse de un día para otro.

El triunfo de los candidatos opositores, Isela Licerio, en la 38, y Arturo Díaz, en la 35, es un grito de “¡Ya basta!” al interior del sindicato: basta de enjuagues, de operaciones turbias, del control político, del manejo discrecional de los recursos sindicales y del uso faccioso de la docencia.

Más allá de las fronteras del profesorado, el ascenso de nuevas corrientes políticas a las dirigencias seccionales reflejan el sordo reproche de una sociedad harta de los largos brazos de un “moreirismo” macilento y aún enquistado en amplios espacios del poder.

 

 

Perdedores

Considerado desde hace años el “patrono” del magisterio, Carlos Moreira es el gran perdedor de la jornada del  pasado viernes. Junto con él pierden su equipo de operadores, su estructura burocrática, sus hermanos y el secretario de Educación Pública, Francisco Saracho.

Aunque ajeno al teje maneje del profesorado, Saracho ha sido un cero a la izquierda en la conducción magisterial. Los resultados finales fueron desastrosos para el Estado, pesar de haber puesto la estructura de la Secretaría en manos de Carlos Moreira.

No obstante la abierta intromisión del subsecretario de Educación Básica, José Alberto Salcido, en los procesos internos de las secciones, Saracho entregará malas cuentas, pero tendrá una excusa inmejorable para justificar la catástrofe: fue respetuoso de la vida interna del SNTE. ¡Ajá!

Para el priismo y el Gobierno de Miguel Ángel Riquelme será especialmente dolorosa la pérdida de la Sección 38, históricamente sujeta por entero al control gubernamental. Sus líderes emanaban invariablemente del oficialismo y siempre fueron aliados incondicionales del Estado. Hoy esa alianza está en entredicho.

 

Maquinaria formidable

Con su enorme entramado de carteras, despachos, fideicomisos, operadoras e instituciones como el Servicio Médico, el Fondo de Pensiones, el Fondo de la Vivienda o el Seguro del Maestro, por mencionar sólo algunas de sus casi 30 áreas de operación, la Sección 38 ha sido una caja de recursos insospechada. De ahí lo apetecible de su Secretaría General.

Al escabullirse el magisterio estatal de su control, el PRI y el Estado pierden uno de sus principales soportes sociales, indispensable para el reclutamiento de socios políticos y la movilización electoral. Las elecciones del viernes fueron un golpe seco al corazón del mecanismo de control político del Estado

Igual puede decirse de la Secretaría General de la Sección 35. Aunque es una sección del magisterio federal de La Laguna, siempre ha sido un activo social del Estado. Los resultados de la jornada electoral son un fracaso de los operadores oficialistas. Los resortes del control estatal fallaron en la mismísima tierra del Ejecutivo coahuilense.

De las tres secciones sindicales de Coahuila, sólo en la 5 ganó el candidato oficial, Everardo Padrón. Y no por ser un líder “natural” o un orador portentoso. Padrón es un dirigente de bajo perfil, poco dado al conflicto. Su triunfo no obedece al mérito propio o a la fuerza de su corriente política, sino a una oposición dividida. Algo es algo, pensará el “guía moral” del magisterio.

Padrón no es un cabecilla de “choque” ni mucho menos. Difícilmente asumirá un liderazgo independiente. Su comité le fue impuesto y al interior del gremio se prevé su sumisión a los mandatos del Estado, pero sin hacer olas. Quizá buscará refugio en las “faldas” de la dirigencia nacional del SNTE.

 

Magisterio y transición

Los triunfos de la oposición en el magisterio son un termómetro del descontento existente en amplios sectores de la sociedad frente a los cacicazgos locales; una expresión del agotamiento de los anclajes y amarres creados en las gestiones de Humberto y Rubén Moreira.

Los Moreira no dan para más. No tienen ascendencia ni en el último de sus reductos: el magisterio. De ese tamaño es su descrédito político. Sólo las élites priistas se resisten a verlo.

A nadie escapa que los hermanos Carlos y Rubén, todavía dirigente de la fracción priista en la Cámara de Diputados, se echaron a cuestas la tarea de sacar adelante los candidatos oficiales y fracasaron; simplemente, no pudieron con el paquete.

La coyuntura evidencia un reproche sordo contra el pasado caciquil de los antecesores de Riquelme. Ese tedio social es una realidad a veces ignorada por el sistema, su burocracia, su partido y sus dirigentes.

Con miras a la sucesión estatal, los resultados de la jornada magisterial del viernes podrían significar para el Gobernador la oportunidad de subrayar la distancia, cada vez más visible, entre su Administración y el moreirismo.

La sacudida en las estructuras del SNTE ha sido brutal. Para Riquelme quizá sea el momento de replantear no sólo las relaciones del Estado con el sindicalismo magisterial, sino también el tipo de liderazgos necesarios con miras a la transición estatal.

Sería un error desdeñar el mensaje social del magisterio cuando el Gobierno y el PRI enfrentarán el próximo año la elección más trabajosa de su historia. Las secciones del SNTE han sido, son y serán claves como factor de organización, control y movilización.

No por nada Ricardo Mejía Berdeja salió a adjudicarse el éxito de los candidatos opositores en las secciones 38 y 35 como una victoria personal, como sí él mismo hubiera sido el gestor de sus triunfos electorales.

Tener o no la alianza del magisterio en el 2023 podría ser la diferencia en una elección cerrada. Mantener esa alianza a partir de los “caudillos morales” del moreirismo sería un suicidio político. El moreirismo está agotado. El grito del viernes fue estridente: ¡Ya basta!

 

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