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“Aquí todos los días se llora”

  Por Cristal Romo

Publicado el martes, 1 de noviembre del 2011 a las 15:00


El verdadero infierno se alza entre vapor, mezcla de agua y ácido sulfúrico

Ocampo, Coah.- Sufrir heridas de espinas y el quebranto del cuerpo para obtener y acarrear la planta de la candelilla es sólo el comienzo, el verdadero infierno se alza entre vapor, mezcla de agua y ácido sulfúrico, que penetra en sus gargantas hasta llegar a los pulmones mermando su salud, desgarrando su piel.

“Aquí todos los días se llora, el humo cala muy feo, el vapor hace que te ardan los ojos, la garganta, la cara; pero también te quema la ropa de a poquito, y ‘aguas’ si llegas a meter la pata porque está carajo, queda uno sin piel”, refirió don Manuel, quien apunta con el dedo hacia donde Juan Hermilo Varela Cordero y sus dos hijos, Luis Carlos y Ernesto, se afanan por arrancar de la paila la espuma hirviente que al secarse se transformará en cerote, aquel que les da algunos pocos pesos para llevar comida a la mesa.

“La Pailada” (lugar donde se quema la planta) se ubica a pocos metros de las humildes casas; antes de llegar a ella claramente se observa la columna de blanco humo, aquí no se pueden dar el lujo de perder el tiempo.

“Toda la vida hemos cocido, hasta el amanecer si es necesario, depende de cuánta (candelilla) traigas y lo que quieras comer”, aseveró don Juan Hermilo sin detenerse, inmerso en la tarea de sacar de la paila el remanente de aquella hierba cocida.

La paila está a ras de suelo, a un costado se dibuja un canal que es el que lleva al horno que está debajo de ella, ahí el mismo desecho de la candelilla, ya seco, se utiliza como combustible para calentar el agua y el ácido, nada puede desperdiciarse.

Y empiezan de nuevo el ritual, los trinches se clavan entre los montones de candelilla previamente apilada, las gotas de sudor resbalan por sus rostros, pero nada los detiene.

“Aquí no comemos, con el puro olor tenemos”, expresó en medio de risas Luis Carlos, de 24 años, quien junto a su hermano Ernesto, de 17, apoyan a su padre desde los 12 años de edad en esta ardua tarea.

Con el agua hirviendo, se sumerge la planta y se prensa con unas parrillas, una vez bien empapada se agrega el ácido sulfúrico y el vapor lo cubre todo, mientras borbotones de cera comienzan a surgir en hipnotizante danza.

Cerca de dos horas lleva el proceso de cada pailada, mismas que los productores se ven expuestos a las emanaciones del ácido sulfúrico en su desgastante tarea de recoger la espuma de cera que suelta la planta.

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