Coahuila

Publicado el domingo, 15 de marzo del 2026 a las 04:00
Saltillo, Coah.- La noche también respira. Late en silencio sobre los desiertos, se desliza entre las dunas y se posa, todavía, sobre los cielos de Coahuila.
Pero en las ciudades, esa noche comienza a desdibujarse bajo una capa de luz artificial que no duerme, convirtiendo a los citadinos en víctimas de la contaminación lumínica.
Desde 2020, Miguel Ángel Hernández trabaja en educación ambiental. Es biólogo de formación y astrónomo por vocación. En su discurso, ciencia y poesía conviven sin conflicto: “La observación es fundamental en cualquier ciencia. La biología y la astronomía se cruzan más de lo que imaginamos”.
Porque no se trata sólo de mirar estrellas. Se trata de entender que la luz, cuando es excesiva, también contamina.
Este fenómeno conocido como contaminación lumínica es el exceso de energía en forma de luz artificial que se dispersa hacia el cielo y opaca las luces naturales. Es ese resplandor que impide ver la Vía Láctea desde el patio de casa. Es la lámpara que ilumina más allá de lo necesario, el anuncio que brilla toda la noche, la farola que rebota hacia arriba en lugar de apuntar al suelo.

La contaminación lumínica altera procesos fisiológicos y metabólicos de diversas especies: tortugas que se desorientan, insectos que cambian sus ciclos, aves que modifican rutas. Incluso el ser humano ve afectado su sueño.
Vivimos más horas despiertos, dormimos menos, rompemos nuestros ritmos naturales.
“La luz blanca o fría se promovió por su eficiencia energética. Ilumina más y consume menos que la cálida, que genera mayor calor. Pero no es sólo un tema de ahorro; es un tema de equilibrio”, explica Hernández.
Ni toda luz cálida es buena, ni toda luz fría es mala. El problema es el exceso.
La contaminación lumínica ya es contemplada en la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente (LGEEPA), que reconoce la necesidad de regular el impacto de la luz artificial cuando genera afectaciones.

En términos generales, la legislación apunta a redireccionar luminarias, disminuir intensidades innecesarias y evitar que la luz se disperse hacia el cielo.
El concepto, incluso, comienza a abordarse como un derecho humano: el derecho a tener cielos oscuros.
Puede sonar romántico. Pero la astronomía ha guiado a la humanidad desde sus inicios. Con la observación del cielo se construyeron calendarios, se levantaron pirámides, se trazaron caminos y se orientaron templos.
Nuestros abuelos miraban las estrellas para saber la hora o anticipar el clima.

Existe una clasificación internacional conocida como la escala de Bortle, que mide la calidad del cielo nocturno del 1 al 9.
El nivel 1 representa cielos prístinos, donde se observan claramente constelaciones, nebulosas y la Vía Láctea; el nivel 9 corresponde a ciudades altamente iluminadas, donde apenas se distinguen algunas estrellas.

En México, lugares como el Observatorio Astronómico Nacional en San Pedro Mártir se acercan al nivel 1. Coahuila, en varias de sus regiones, se ubica entre el nivel 2 y 3.
Son alrededor de 90 mil kilómetros cuadrados de cielos oscuros, principalmente en zonas como Cuatro Ciénegas y las Dunas de Yeso, áreas desérticas con altitud y baja densidad poblacional.
Ese potencial abre la puerta al astroturismo: una forma de desarrollo sostenible basada en la contemplación del firmamento.
Pero la expansión urbana es un desafío. Más luz implica mayor consumo energético, más emisión y, en consecuencia, más impacto ambiental.

Miguel Ángel Hernández sonríe cuando responde, pues él es originario de la Ciudad de México, donde durante años intentó observar el planeta Mercurio sin éxito, entre nubes, lluvia y contaminación lumínica.
En Saltillo, en cambio, lo ha visto varias noches consecutivas: “Algo que no había podido observar en muchos años, aquí lo veo todavía”, dice.
La capital coahuilense aún permite distinguir algunas constelaciones. No todas. Pero algunas sí.
Y eso significa que todavía estamos a tiempo.
Tal vez baste con volver a levantar la cara. Y recordar que la oscuridad, cuando es natural, también ilumina.

La contaminación lumínica altera procesos fisiológicos y metabólicos de diversas especies.
Tortugas que se desorientan, insectos que cambian sus ciclos, aves que modifican rutas.
Incluso el ser humano ve afectado su sueño. Vivimos más horas despiertos, dormimos menos, rompemos nuestros ritmos naturales.

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