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Augusto Cárdenas; vive entre los muertos

  Por Redacción

Publicado el viernes, 31 de octubre del 2014 a las 14:00


Los rituales funerarios ya no tienen la solemnidad de antes, considera Augusto Cárdenas

Rosalío González | Saltillo.- A sus 8 años Augusto jugaba entre ataúdes, muy niño para morir, pero demasiado Cárdenas para temer; viene de una familia que convive con la tragedia en primera fila, su padre fue muertero y él es abogado, pero toda su vida la ha dedicado al servicio funerario.

“Desde los 8 años le ayudaba a mi papá a acomodar a los muertos”, dice sin preocupación alguna, para él eso es lo más común que pudo haberle sucedido. “Es como los hijos del paletero, algún día tendrán que ayudarle a su papá a hacer las paletas”.

Venidos de Ramos Arizpe, los Cárdenas han fundado una funeraria en Saltillo, de la que se encarga él y para la que durante muchos años fue el muertero, quien prepara y maquilla los cadáveres.

“Llevo como 25 años haciendo este trabajo y me gusta mucho; bueno, me he acostumbrado a hacerlo”, explica mientras abre uno de los ataúdes vacíos de la capilla para mostrar el arte que significa hacerlos.

Con el paso de los años la hechura de los ataúdes ha cambiado, del antes llamado cajonero a los ahora sofisticados fabricantes que ofrecen a los clientes telas, colores, maderas, metales y cojines de calidad que modifican el precio de los paquetes ofrecidos en la funeraria.

“Aquí nos llegan ataúdes de cedro, caoba, con detalles tallados, ésos son los más caros, aunque los clientes casi siempre se llevan lo más básico y económico”.

Y es que Augusto ha recibido clientes que a pesar de la tragedia tienen tiempo para pensar en los gustos y afinidades de los difuntos. “¡Me han pedido cada ataúd!, que del América o de los Tigres de la UANL”, recuerda riéndose.

Este tipo de anécdotas son pruebas para él de que la muerte ha perdido mucha solemnidad, de ritual, y aunque los mexicanos nos hemos mofado de ella durante años, antes era significado de mayor respeto.

“Cuando mi papá vivía recuerdo que a los funerales todos venían de negro y si no tenían ropa negra iban a comprarla, pero ahora ya vienen como sea, hasta con falda floreada y es que no es cuestión de miedo, sino de respeto”, dice.

Verano del 99

Tanta es su relación con la muerte que él cree haber desarrollado la capacidad de visualizar cuando una tragedia mayúscula sucederá. Recuerda la ocasión en que viajaba hacia el sur del país y al salir por un tramo de la carretera a Zacatecas, vio un autobús accidentado y muertos alrededor.

Se percató de que había sido un sueño y estaba sugestionado por su constante contacto con los cadáveres.

Al llegar a su destino, Augusto fue avisado de que un autobús se había volcado e incendiado en la carretera Saltillo-Zacatecas y había 14 cuerpos calcinados que necesitaban de sus servicios.

Regresó tan rápido como pudo a la ciudad y por los trámites y la carga de trabajo que representó el accidente, no tuvo tiempo para asimilar mucho sobre su visualización previa de la tragedia.

“Ese accidente fue muy impactante para mí porque lo soñé, lo vi antes de que pasara y porque es el accidente con la mayor cantidad de cuerpos que he recogido”, dice.

Atuendos y bigotes

Para trabajar como muertero, estudió para técnico embalsamador en la Ciudad de México; además, con el tiempo ha desarrollado habilidades para manejar el maquillaje y los cuerpos.

A su laboratorio ha llevado cadáveres con todo tipo de características, decapitados, mutilados, incinerados, desfigurados.

Su trabajo es singular: hacer que los cuerpos se vean lo mejor posible para uno de los días más importantes de su vida, el día de su muerte.

“A veces sí digo a la familia que mejor lo recuerden en vida porque terminan muy mal los cuerpos, pero los padres en su dolor quieren ver al cadáver para asegurarse de que se trata de sus hijos o familiares, terminan arrepintiéndose porque no se pueden quitar de la mente el rosto del muerto”, dice.

Y hay ocasiones en que, confiesa, ha cometido errores “como la vez del bigote”, dice a carcajada suelta mientras se recarga sobre el respaldo de su silla.

“Teníamos un señor muerto en el laboratorio, y yo intentando arreglarlo, lo rasuré para después maquillarlo”, explica.

Al presentar el cuerpo a los familiares, Augusto se vio envuelto en una escandalosa queja. “La esposa estaba enojadísima, hasta la madre me mentó porque le habíamos cortado el bigote a su marido, y ella llevaba muchos años con él y ahora nosotros éramos culpables de que no lo iba a recordar con bigote sino rasurado”, cuenta mientras intenta evitar la risa.

Casos difíciles

Entre la desesperación y el desconsuelo que trae consigo la muerte, hay casos especiales que han llegado a la funeraria de los Cárdenas, donde presumen atender a quienes en otro lugar rechazan.

“En una ocasión llegó un padre a la capilla, quería que fuéramos a recoger a su hijo, nadie quería ir por él. El motivo es que el joven fallecido había padecido Sida en vida”, explica.

Servicios de la competencia inflaban los precios a un punto que era complicado pagar.

La familia tenía más de dos días buscando una funeraria que aceptara, y Augusto aceptó porque “el virus del VIH se muere junto con el enfermo, no me podría contagiar, hay otras enfermedades, sobre todo virales, que sí, pero el Sida no”, dice.

El miedo es lo último que debe tenérsele a la muerte, él confiesa que por los años que lleva conviviendo con ella le ha podido dar diferentes significados. “Para mí es una forma de vida, vivo de la muerte, a lo mejor me he hecho frío o insensible a ella porque no me da miedo morir”.

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