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Coahuila

Bandera eterna en el corazón

Por Guillermo Robles Ramírez

Hace 2 dias

Ustedes mis lectores saben que hay cosas que se te quedan grabadas para siempre, ¿verdad?. Como esa frase que me repetía mi abuelita cuando era chiquito: “Lo que bien se aprende, nunca se olvida”.

Y vaya que tenía razón, pero… piénsenlo un momento, ¿cuántas veces hemos visto que, en nuestras escuelas, desde la primaria hasta la prepa, se dejan de lado conocimientos que parecen “poco útiles” para la vida diaria?

En México, nuestro sistema educativo tiene sus tropiezos, y uno grande es no reforzar lo suficiente esos temas que nos ayudan a entender quiénes somos como país.

No es solo memorizar fechas o nombres; es algo más profundo, que nos une. Por ejemplo, tomen la materia de historia. Muchos la ven como algo que no pone comida en la mesa, que no trae dinero a casa. Y sí, tal vez no te haga rico directamente, pero… ¿y la cultura general?, ¿y esos valores cívicos que nos forman?.

Recuerdo cuando iba a la escuela, allá en los ochenta, que los maestros nos contaban historias de héroes con tanta pasión que uno salía queriendo saber más. Hoy, con todo lo que ha pasado desde la pandemia, parece que se ha diluido un poco esa tradición.

Antes, en un día como el 24 de febrero, las primarias y secundarias se llenaban de actos para celebrar el Día de la Bandera. Era como un recordatorio vivo de nuestra identidad. Y creo que nosotros, como comunicadores o simplemente como mexicanos que platicamos de estas cosas, tenemos la responsabilidad de refrescar esa memoria. ¿No les parece?

Les platico un poco sobre esto, como si estuviéramos aquí en una reunión de amigos. Antes de que todo se complicara con el confinamiento, las escuelas tanto en las públicas como las privadas, se organizaban eventos especiales para honrar la bandera. No era solo izarla y ya; era cantar el himno, jurar lealtad, y de paso, reforzar lo que significa ese símbolo patrio.

Era una forma de conquistar, día a día, valores como la libertad, la democracia y la justicia social. Se podía observar a los niños formados en el patio, el viento moviendo las franjas verde, blanco y rojo. Era inspirador, aunque a veces uno, de chavo, lo veía como una obligación más.

Pero para llegar a la bandera que conocemos hoy, ha pasado por un montón de cambios a lo largo de la historia. Todo empezó en 1810, cuando el pueblo se levantó en armas con Miguel Hidalgo. Ahí, la primera “bandera” fue un lienzo con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Era algo simple, pero poderoso, un símbolo de fe y rebeldía.

Luego vino José María Morelos, que hasta 1814 usó una bandera con un rectángulo azul y otro blanco en el centro, donde había un águila coronada sobre un nopal, encima de un puente con tres arcos y las iniciales “VVM” por “Viva la Virgen María”. Era como un guiño a nuestras raíces indígenas y católicas.

Más adelante, en 1821, con el Plan de Iguala y el Ejército Trigarante, apareció la bandera con colores blanco, verde y rojo en franjas diagonales, cada una con una estrella en el centro. Representaban religión, unión e independencia. Agustín de Iturbide, el 2 de noviembre de ese año, decidió cambiar el orden a verde, blanco y rojo en franjas verticales, con el águila coronada en el medio.

No fue hasta el 14 de abril de 1823 que el Congreso Constituyente Mexicano decretó el escudo como lo conocemos: el águila parada sobre un nopal, devorando una serpiente con la pata derecha.

Eso simboliza el mito fundacional de los aztecas, cuando encontraron el lugar para Tenochtitlán. Hubo más ajustes con el tiempo, por ejemplo, durante el Segundo Imperio con Maximiliano, le pusieron águilas en las esquinas, pero la versión actual, la Cuarta Bandera Nacional, se adoptó por decreto el 16 de septiembre de 1968, bajo Gustavo Díaz Ordaz, y se confirmó por ley el 24 de febrero de 1984.

Los colores también han cambiado de significado: el verde para la esperanza, el blanco para la unidad, el rojo para la sangre de nuestros héroes. Es fascinante cómo un pedazo de tela ha evolucionado con el país, reflejando guerras, imperios y revoluciones.

Y hablando de eso, es triste ver cómo, con los años, se ha ido perdiendo un poco el respeto hacia este símbolo. En muchas escuelas y eventos cívicos, ves a los chavos platicando durante los honores, sin saludar a la bandera, sin cantar el himno o sin ponerse firmes al jurar lealtad.

Recuerdo una vez, en una ceremonia escolar reciente, ya post-pandemia, en 2024, donde un grupo de adolescentes estaban más pendientes de sus celulares que del acto. ¿Será la influencia de las redes sociales? ¿O quizás que en casa no se refuerza?.

Cada año parece más común esta apatía, esta falta de seriedad entre niños y jóvenes. Nuestra historia está llena de mexicanos que dieron la vida por defender esa bandera recordemos en los Niños Héroes o en los revolucionarios, y ahora, hasta funcionarios públicos prefieren mandar mensajitos en vez de mostrar respeto. Es como si se olvidara que esos símbolos nos representan a todos.

Las escuelas son clave en esto, al menos siempre lo he sostenido. Son el lugar donde se transmite el valor de los símbolos patrios desde tempranito. Pero lamentablemente, en muchas instituciones se ha perdido esa esencia.

Hay planteles donde la bandera no tiene un sitio de honor, resguardada y visible para todos. En cambio, la dejan arrumbada en una esquina, como si fuera un trasto viejo. Y lo peor; cuando se desgasta por el uso, la tratan como un trapo percudido y la tiran a la basura. ¡Imagínense! Muy pocos saben qué hacer con ellas.

Y lo correcto para esas banderas desgastadas por el uso, es hacerle una ceremonia de respeto cuando caducan, entregándolas al Ejército Mexicano para que hagan un homenaje final: un último recorrido, empuñándola con orgullo, antes de incinerarla.

Es una forma digna de cerrar su ciclo. En mi experiencia, el respeto a estos símbolos debe empezar en la primaria. Ahí es donde se motiva a los niños a portar la bandera, a sentir ese orgullo que nos hace únicos como mexicanos. Piensen en eventos como los desfiles del 16 de septiembre o las olimpiadas, donde la bandera ondea alto. También en historias reales, como la de los atletas mexicanos en los Juegos Olímpicos de París 2024, donde ver nuestra bandera en el podio nos llenó de emoción a todos. Según datos del INEGI de 2020, el 88% de los mexicanos de 15 años y más se sienten orgullosos de serlo, eso es un porcentaje muy bueno, pero ¿se traduce eso en acciones cotidianas? Quizás no siempre. Reflexionando, si reforzamos esto en las aulas, con maestros apasionados y actividades que no sean solo rutina, podríamos cambiarlo.

Imaginen a los chavos contando anécdotas como la mía de la abuelita, o debatiendo sobre por qué la bandera nos une en tiempos difíciles, como durante los sismos o la pandemia. Al final, todo se resume en eso: en no olvidar.

Porque si perdemos el respeto por nuestra bandera, perdemos un pedazo de nosotros. Así que, la próxima vez que vean una ceremonia, párense firmes, canten con ganas. Es por México, por nuestra historia compartida. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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