Saltillo
Publicado el domingo, 26 de octubre del 2025 a las 04:00
Saltillo, Coah.- Entre los años 1913 y 1916, mientras México se desangraba en la Revolución, el dinero dejó de ser una simple herramienta económica y se convirtió en símbolo de poder, de resistencia y de identidad. En esos años de fuego y desconfianza, cada bando imprimió su propio papel moneda, cada estado buscó soluciones ante la falta de efectivo, y Coahuila –cuna del constitucionalismo y refugio político de Venustiano Carranza– no fue la excepción.
En los talleres y oficinas de Saltillo se imprimieron billetes de emergencia que, más de un siglo después, no sólo cuentan la historia del caos económico, sino también la del ingenio local para sostener una economía en ruinas.
La caída de Porfirio Díaz en 1911 y el breve Gobierno de Madero dieron paso a un torbellino político que sacudió las estructuras del país. Con la usurpación de Victoriano Huerta en 1913 y el desconocimiento de su autoridad por parte de Carranza, el norte se convirtió en un hervidero de insurrecciones.
El problema inmediato fue el dinero: las arcas públicas estaban vacías, las minas paralizadas y los bancos cerrados o saqueados.
Ante ello, los gobiernos locales comenzaron a emitir billetes propios –papel moneda provisional– con el propósito de mantener la circulación comercial y pagar a los soldados.
Los primeros billetes emitidos en Coahuila llevaban el sello de la Tesorería y la leyenda “La Tesorería de la Federación pagará al portador en moneda de plata”.
A simple vista parecían oficiales, con un águila republicana al centro y tipografía sobria. Pero la realidad era distinta: el valor de esas piezas dependía únicamente de la confianza que el pueblo tuviera en el gobierno local.
Las denominaciones conocidas van desde 10 y 50 centavos, hasta 1 y 2 pesos, todos fechados en Saltillo, enero de 1914.
Se imprimieron en papel sencillo, con sellos de tinta roja y numeración manuscrita o tipográfica. En el reverso solía aparecer una viñeta ovalada con una escena minera, símbolo de la riqueza del estado y de la actividad económica que el Gobierno pretendía rescatar.
Los billetes eran firmados por el Gobernador, el Jefe de las Armas y el Jefe de Hacienda, reflejo del poder tripartito que se repartía la autoridad en plena guerra: el civil, el militar y el financiero.
Antes de la Revolución, existía en Saltillo el Banco de Coahuila, una institución de capital privado con licencia de emisión otorgada durante el porfiriato.
Desde finales del siglo XIX el banco había emitido billetes de 10, 20, 50 y 100 pesos, impresos por casas grabadoras extranjeras, como la American Bank Note Company de Nueva York.
Estos billetes lucían elegantes, con figuras alegóricas, retratos clásicos y una calidad de impresión superior a la de los billetes de emergencia.

Con la Revolución, sin embargo, el sistema bancario colapsó. Las oficinas del Banco de Coahuila fueron intervenidas, sus reservas metálicas requisadas por las tropas y, en algunos casos, sus billetes revalidados o sobreestampillados para seguir circulando como moneda corriente.
Algunos ejemplares de 1914 conservan esas marcas de validación, testimonio de un intento desesperado por mantener la confianza en un sistema financiero que se desmoronaba.
Más allá del caos, las emisiones de Coahuila muestran un intento por dotar al papel moneda de un rostro propio.
El águila nacional con las alas desplegadas aparece al centro de la mayoría de los billetes, símbolo de legitimidad.
El reverso, con su paisaje minero y montañoso, alude a la riqueza del subsuelo coahuilense, una invitación visual a confiar en la promesa de respaldo metálico.
En la parte inferior, las firmas manuscritas dan un aire artesanal a cada pieza, como si cada billete fuera único. Algunos coleccionistas afirman que esa variedad –diferentes tintas, series y caligrafías– es lo que hoy hace tan atractivas las emisiones de Saltillo.
A diferencia de los billetes villistas, saturados de estampas y símbolos, los coahuilenses mantuvieron un diseño sobrio, casi burocrático, fiel al estilo del constitucionalismo de Carranza.

La emisión de billetes locales no fue exclusiva de Coahuila. En esos mismos años, Chihuahua, Durango, Sonora y Nuevo León también imprimieron sus propios papeles.
El Gobierno federal, sin poder controlar la producción ni la circulación, terminó reconociendo temporalmente algunos de ellos.
Carranza, una vez instalado como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, intentó unificar la moneda y declarar de curso forzoso los billetes emitidos bajo su mando.
Sin embargo, el mosaico de billetes locales siguió circulando hasta 1916, año en que se ordenó su retiro y la emisión de nuevas series “infalsificables”, impresas por la American Bank Note Company.
Para entonces, el papel de Coahuila ya había cumplido su función: mantener viva la economía regional durante los años más duros de la Revolución.

De acuerdo con catálogos numismáticos y archivos del Archivo General del Estado de Coahuila, se conocen al menos las siguientes denominaciones:
10 centavos, Tesorería de la Federación, Saltillo, 27 de enero de 1914.
50 centavos, mismo emisor y fecha.
1 peso, serie A y B, con numeración roja.
2 pesos, con variantes de sello.
10 pesos, Banco de Coahuila, 1° de mayo de 1914 (impresión de lujo).
Más de un siglo después, los billetes de Coahuila se han convertido en joyas numismáticas.
Los ejemplares de 1 y 2 pesos son relativamente comunes, aunque difíciles de hallar en buen estado. Los de 10 pesos del Banco de Coahuila son mucho más escasos y apreciados por su diseño y antigüedad.
Los precios varían según su conservación: un billete deteriorado puede valer unos cientos de pesos, pero uno certificado y bien preservado puede superar varios miles en el mercado internacional.
En subastas recientes en México y Estados Unidos, un billete de 2 pesos de Saltillo 1914 en estado “sin circular” alcanzó el equivalente a 200 dólares.
En contraste, las piezas con firmas originales o errores de impresión han despertado gran interés entre coleccionistas especializados.
Más allá del valor de colección, los billetes de Coahuila son una fuente histórica de primer orden.
Sus leyendas revelan la manera en que el Estado buscaba legitimidad; sus firmas, la estructura administrativa de la época; sus sellos, la urgencia de improvisar control en medio de la anarquía.
Cada pieza encierra datos sobre tipografía, imprenta, numeración y distribución.
En los archivos estatales se conservan copias de los decretos que dieron origen a estas emisiones. Uno de ellos, fechado en 1914, establece que “los billetes puestos en circulación por la Tesorería tendrán fuerza legal en todo el territorio del Estado y deberán ser aceptados por las oficinas públicas y particulares”.
Ese fragmento demuestra que el Gobierno sabía que el respaldo no era metálico sino moral: la confianza en la autoridad local.

Con el aumento del papel moneda llegó inevitablemente la falsificación. En 1915 se documentaron casos de impresores clandestinos que fabricaban billetes coahuilenses falsos en talleres improvisados de Monterrey y Torreón.
El gobierno estatal respondió con dureza: los falsificadores eran tratados como traidores. En un bando militar de ese año se lee: “El que sea sorprendido fabricando billetes falsos o alterando los legítimos será pasado por las armas”.
Las medidas no lograron erradicar el problema. La población, harta de engaños, empezó a marcar los billetes con sellos particulares o firmas de comerciantes para distinguirlos.
El papel moneda de Coahuila circuló a la par de los billetes emitidos por los ejércitos revolucionarios.
En los mercados de Saltillo, Monclova y Torreón se mezclaban los billetes de la Tesorería con los del Ejército Constitucionalista, los llamados “bilimbiques” villistas y los bonos carrancistas impresos en otros estados.
El valor de cada uno dependía del ejército que controlaba la plaza: si entraban tropas distintas, la moneda del bando anterior perdía de inmediato su validez.
Durante 1914 y 1915 la inflación fue galopante. En algunos momentos, un billete de un peso apenas alcanzaba para comprar una barra de pan.
Aun así, el pueblo los usaba con resignación, pues no había alternativa. En zonas rurales se llegó a usar trueque, pero en las ciudades el papel era la única forma de mantener un comercio mínimo.
Un cronista de la época relató que “en los portales de Saltillo, los comerciantes pesaban los fajos de billetes en lugar de contarlos, porque ya no valía la pena”.
Más sobre esta sección Más en ZocaloApp-home2
Hace 3 horas
Hace 3 horas
Hace 6 horas
Hace 6 horas
Hace 7 horas
Hace 9 horas
Hace 15 horas
Hace 21 horas
Hace 21 horas
Hace 21 horas
Hace 22 horas
Hace 1 dia