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Excélsior
Publicado el domingo, 25 de enero del 2026 a las 19:35
Ciudad de México.– Los cambios neurológicos asociados al Alzheimer pueden comenzar entre 15 y 20 años antes de que se manifiesten los primeros síntomas clínicos evidentes, un periodo en el que la enfermedad avanza de manera silenciosa mientras los signos iniciales suelen ser minimizados o normalizados, lo que retrasa el diagnóstico y limita las oportunidades de intervención temprana.
Durante esta etapa, las personas continúan con su vida cotidiana —trabajan, socializan y toman decisiones— sin ser conscientes de que el deterioro cognitivo ya está en marcha. Especialistas advierten que, en este proceso, no solo se pierde memoria, sino también tiempo valioso para actuar.
Uno de los mayores retos para la detección oportuna es cultural. En muchas familias, los olvidos frecuentes se atribuyen al envejecimiento natural, lo que reduce la percepción de riesgo.
” “Los olvidos recurrentes en personas de 50 o 60 años no son normales”, señaló Diego Apreza, representante de Lilly, al referirse a la importancia del diagnóstico temprano. Sin embargo, en la práctica, estos síntomas rara vez derivan en evaluaciones médicas especializadas, lo que retrasa el acceso a estudios formales.
El problema también se extiende al primer nivel de atención médica. La alta demanda, el tiempo limitado en consulta y la falta de protocolos estandarizados para evaluar funciones cognitivas dificultan la identificación temprana del deterioro.
Aunque existen pruebas breves que pueden aplicarse en consultorio, estas no siempre se utilizan. Como resultado, muchos pacientes llegan a neurología cuando la enfermedad ya se encuentra en etapas más avanzadas.
” “El diagnóstico ha avanzado mucho, pero seguimos fallando en lo básico: no normalizar los síntomas”, reconoció Apreza.
En numerosos casos, los primeros signos son detectados por familiares o cuidadores, quienes observan cambios como citas olvidadas, repetición constante de preguntas o extravío frecuente de objetos. Sin embargo, estas señales no siempre se traducen en una consulta inmediata, debido a la negación o al temor de enfrentar un posible diagnóstico.
Mientras tanto, el avance de la enfermedad continúa.
El retraso en el diagnóstico tiene consecuencias más allá del ámbito clínico. A medida que el Alzheimer progresa, aumenta la dependencia del paciente y el cuidado recae, en la mayoría de los casos, en un familiar directo.
Esto implica ajustes laborales, reducción de ingresos y un impacto emocional sostenido. Aunque estas afectaciones no siempre se reflejan en cifras oficiales, especialistas coinciden en que representan una carga significativa para los hogares.
Actualmente, la investigación médica se enfoca no solo en aliviar síntomas, sino en ralentizar la progresión de la enfermedad y preservar la autonomía el mayor tiempo posible. Sin embargo, estos avances pierden eficacia cuando el diagnóstico llega tarde.
Como parte de los esfuerzos para visibilizar el Alzheimer como un problema de salud pública, Lilly México lanzó la campaña La Ruta de los Recuerdos, una iniciativa audiovisual orientada a generar conciencia sobre la importancia de la detección temprana y el impacto cotidiano de la enfermedad en pacientes y cuidadores.
La propuesta busca subrayar que cada año sin diagnóstico representa una ventaja para el Alzheimer. Detectar a tiempo no solo puede prolongar la independencia del paciente, sino también reducir la carga emocional, social y económica que enfrentan las familias.
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