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Por
Néstor González
Publicado el jueves, 27 de agosto del 2015 a las 14:01
Saltillo, Coah.- Luego de que autoridades estatales reventaron los ranchos de la empresa Prokarne en Ramos Arizpe, empezaron a llegar algunos correos electrónicos y comentarios de gente que aseguraba que en tal o cual lugar también se practicaba la explotación laboral de menores y adultos.
La mayoría aparecía como un correo anónimo o con un seudónimo. Al pedir mayor información ya no contestaban.
Dos días después de la intervención en el ejido Higo llegó una llamada. Era de una persona que trabajó en el área administrativa de uno de estos ranchos hace poco.
A condición del anonimato, accedió a dar detalles de cómo operan los ranchos, las condiciones en que viven los jornaleros y quiénes los traen para trabajar.
Asegura que lo que se ha ventilado en los últimos días es una práctica muy común, que los mismos jornaleros aceptan por ignorancia y por las condiciones de pobreza extrema que sufren en su tierra natal.
Quedamos de vernos con el testigo en un lugar del Centro de la ciudad, y durante la plática nos dio detalles sobre las condiciones en que viven los jornaleros, principalmente los de Hidalgo, en las propiedades de empresas como Hortymel, ubicada en Paila y propiedad de José Luis González Rocha, empresario veracruzano avecindado en Monterrey, quien al igual que casi todos los patrones de la región, trabajan bajo un sistema semiesclavista.
Hortymel, como muchas otras empresas, asegura nuestro informante, ha convertido los campos de cultivo en campos de concentración, donde conviven decenas de personas atrapadas en una rutina difícil, mal alimentados, mal pagados y en la mayoría de las ocasiones maltratados.
–Bueno, platícanos, ¿cómo operan estos ranchos?
“En el caso de Hortymel, la producción del melón, de la hortaliza, tiene diferentes temporadas, y entonces empiezan a llegar los llamados grupos. Esos grupos vienen por un contrato de 90 días. Hay personas que los reclutan desde Hidalgo, como Gildo Martínez. Él es de allá, de hecho habla la lengua de allá. Cuando llegan aquí los chavos no hablan nada de castellano, hablan su dialecto.
“Vienen descalzos, con documentos falsificados, y aunque en el papel uno de los requisitos que pone la empresa es que sean mayores de edad, es evidente que traen menores de edad, a los que ponen a trabajar.
“Los grupos eran de 120, de 150 personas, grupos muy grandes, y desde aquí les mandan el transporte, llegaban siempre de madrugada. Imagínate, el paquete de prestaciones era un kilo de tortillas diario, un salario, les decían que eran de 90 a 100 pesos, pero en realidad el contratista cobra por ellos el doble.
“A la contratación de los jornaleros, allá se les daba un 50% y terminando la jornada, se les daba el otro pago. Mientras están trabajando aquí, no se les paga nada, más que la comida, para retenerlos y que no se vayan o se fuguen.
“Uno de los problemas a los que nos enfrentábamos era que las actas de allá no estaban bien. Muchas eran falsificadas. Aquí por los requisitos que nos pedía el IMSS nosotros no los podíamos dar de alta, y siempre era la pregunta de por qué si ya habían venido a trabajar antes, porque son gente que ya por costumbre se viene a trabajar aquí, no encontrábamos los registros, no había nombres en el Seguro Social. ¿Qué pasaba?, que los patrones no los daban de alta con el salario real o no había registros de ellos porque no tenían CURP, no tenían los requisitos que el IMSS te pide, entonces quedaban fuera, y de cada grupo que llegaba, unos se registraban en el IMSS y otros no, y ahí te saltaba ‘Ah, es que este es menor de edad, porque viene con acta alterada’”.
–¿Y qué porcentaje de la gente que llega son menores o están en esa situación?
“Como el 25%. Algunos apenas están cumpliendo la mayoría y ya están viniendo para acá. Platicábamos con ellos y les decíamos ‘¿Por qué se vienen para acá?’ Y decían ‘Es que ustedes no saben la condición de pobreza en la que vivimos, allá las únicas personas que tienen tierras son el presidente municipal y demás, entonces nosotros no queremos trabajarle al presidente’”.
–¿Trafican con ellos hasta Estados Unidos?
“Sí. Unos pasaban y hasta allá les pagaban, es parte del trato. También les hacían préstamos, el contratista le pedía a José Luis (el dueño) un préstamo, pero el dinero no les llegaba a los que estaban aquí trabajando, era para la familia, y al terminar la jornada se le descontaba al jornalero”.
–Es muy lucrativo para los contratistas o enganchadores, supongo…
“Por grupo yo estimo que el contratista se llevaba por 90 días como 150 mil pesos por grupo”.
–¿Y los dueños de los ranchos están enterados de todo? ¿o sólo trasciende a los encargados?, porque luego con eso se defienden…
“Sí, sí, sí. Claro que saben. Ellos establecen por ejemplo el tope de la comida. No se pueden exceder. Les dicen a los contratistas: “Si traes tantas personas, nada más te les voy a dar la canasta básica”. La canasta básica es papa, chile, huevo, cebolla, tomate, calabacitas, galletas de las baratas, café… el azúcar ya era un lujo. Una vez a la semana se les surtía ya fuera carne o pollo. Una sola vez.
“Uno de los problemas que tenían era que se les ofrecía un kilo de tortillas diario para cada persona, entonces se les hacía mucho y ahí lo traían para todas partes, incluso en la labor”.
¿Cuántas comidas tienen al día?
“Dos. Son dos comidas. Su jornada empieza a las 6 de la mañana. Se levantan las cocineras y ponen café negro; les daban galletas de animalitos, un puño a cada uno y su café, y se iban a la jornada. Regresaban a la 1 de la tarde a la comida. Comían y se terminaba la jornada entre 4 o 6 de la tarde, eran 10, 12 horas de jornada, se terminaba y daban la cena. Era una cena normal, muchas veces guiso de papa y si les iba bien, huevo.
Ese kilo de tortillas que les daban les tenía que aguantar para todo el día. Entonces, ¿qué pasaba? Se les echaba a perder. Las condiciones de salud… no, no no. Miles de moscas porque el melón atrae mucha mosca, entonces el lugar donde comían estaba infestado.
“Son gente muy apegada a la comida, para ellos el tomate guaje es el único que comen, porque dicen que otro tipo de tomate amarga la comida. José Luis les hacía creer que les daba un kilo de tortillas, pero en realidad les daba 750 gramos porque decía que se desperdiciaba. Pero la realidad es que se echaba a perder, y ellos le reclamaban su kilo de tortillas porque era una de las prestaciones.
“Ellos se llevaban al campo sus tortillas. Agua, les daban un ánfora y les llevaban un garrafón. De vez en cuando, pero muy de vez en cuando les llevaban Gatorade o un suero para que no se deshidrataran”.
–¿A los de Prokarne les daban agua con sal?…
“Sí, agua con sal también les dan, es muy común para que no se deshidraten. Es una de las prácticas que tienen los ranchos. Acá les llevaban agua y según las hectáreas le tanteaban y llevaban agua, pero si se acababa ya no había. Incluso hay periodos cuando las cosechas están por terminar que ya no surten agua, o era agua de un pozo, no agua purificada. Y muy curioso, muchos de ellos no querían el agua purificada”.
–¿Cómo viven, dónde comen, tienen regaderas, baños…?
“Ellos viven en un lugar que les llaman las cabañas. Estas cabañas son un cuarto grande con tarimas o con catres o cartones. Había trabajadores que venían con su pareja y ahí hacían su cama como podían, y ponían plástico negro o hule del que encontraban ahí para tener algo de privacidad.
“La empresa nomás les asignaba el lugar, la cabaña, hecha de cemento, de lámina y una puerta. Cada quien llegaba y ponía su tarima o su catre, y era de a como les fuera tocando. Su buró era una caja de madera, y ahí ponían sus cosas, abajo del catre o abajo de sus tarimas.
“¿Dónde se bañaban?, tenían un lugar de hombres y de mujeres. Tenían unos lavabos afuera de los baños, ahí lavaban; los baños eran entre letrinas y sanitarios, el baño lo usaban por lo general las mujeres, y los hombres pues monte o lo que encontraran.
La jornada del campo es de lunes a lunes, trabajan todos los días”.
–¿Los menores vienen solos, o con adultos?
“Fíjate que vienen muchas familias, primos, pero algunos vienen solos. Cuando empezamos a detectar a los chavos que eran menores de edad, nosotros le decíamos a Gildo: ‘Oiga, no traiga a menores’ y nos decía: ‘No, no voy a llevar’, y chin, llegaban grupos, pero traían según ellos las actas. Les mandábamos una carta para certificar su edad, pero la carta venía a mano. Las primeras sí se las creímos, pero luego ya no, porque vimos que era la misma letra, las hacía Gildo o su esposa, porque aquí pasa algo muy interesante: los contratistas son familias, o sea, eran Gildo y su hermano, sus hijos, su esposa, su cuñada. Ellos (los jornaleros) nos decían: ‘Gildo nos trajo, Gildo nos prometió’… Gildo también castigaba, ¿eh? Había veces en que alguien conseguía una botella de vino y se ponían hasta las chanclas, entonces andaban peleándose porque es gente que viaja con machete, entonces cuando recibíamos a los grupos teníamos que revisar que no trajeran machetes, que no trajeran armas, porque ellos andaban así”.
–¿Y cómo los castigaba?
“El castigo era que se regresaran como pudieran. Sin pago, obviamente, entonces haz de cuenta que nuestro indicador eran los regresados y los fugados”.
–Háblanos de las inspecciones, las autoridades dicen que realizan 75 inspecciones por día…
“No es cierto. No, no es cierto. ¿En los ranchos? Ni de chiste. En el tiempo en que yo estuve allá, y ahorita que yo sepa, no se hacen inspecciones pero para nada. En dos años a mí me tocó una sola, una sola inspección. Llegaron y vieron que había menores, ¿y sabes qué hicieron? pusieron un letrero que decía: ‘Por disposición de la Ley del Trabajo, en este lugar no se permite el trabajo a menores de edad’. Y se fueron y no volvieron.
–¿Los sancionaron, retiraron a los menores?
“No, para nada. Mira, para empezar, si hicieran inspecciones… los ranchos no tienen una enfermera, ni un médico así como una empresa… teníamos casos de insolación, los picaba algún animal. Adentro de las cabañas había víboras, animales, los ranchos no tienen esa figura porque es muy caro. Una vez una muchacha se embarazó y tenía amenaza de aborto…”.
–¿Y cuando se acababa el trabajo qué hacían los jornaleros?
“Algunos se quedaban, y muchos se fugaban. Muchos sabían que se les iba a acabar el contrato y se pelaban. Así, sin pago. Si llegaban como 120, el camión se iba con 50, 60 personas.
“Uno les preguntaba ‘¿Y por qué te vienes a jalar acá? La comida no está bien, donde duermes no está cómodo”… la gente venía descalza. Finalmente es una explotación, de niños, de adultos”.
–¿Y así trabajaban, descalzos?
“Sí, así se iban a la labor. Con un zapato de uno y otro de otro, el sol, no manches… Le decíamos a la gente de la empresa que les diera equipo de seguridad, bloqueador, un sombrero, pero nunca les quisieron comprar porque eso no estaba en el contrato. El patrón no te paga nada que no esté en el contrato. A algunos sí les daban zapatos, pero era según se negociara el contrato. Si el contratista se había ‘ajuanó’ y no los pidió, se chingó porque ya no había zapatos.
“El sol les daba de lleno, andaban peleándose las cajas de huevo, los cartones para hacerse gorros para taparse el sol. Imagínate el esfuerzo físico y el sufrimiento. La siembra de melón es a ras del suelo y sin un árbol, porque se contamina el producto. Era el sol, la piel de la gente negra, quemada. Muchos traían sudaderas y así andaban, con manga larga y gorro para no quemarse, pero imagínate la deshidratación”.
¿Sabes que era lo más interesante? Bien nobles… nombre pero noblezotes, que los ves y dices: ‘Pobre gente, qué chinga’.
“Y luego veías a José Luis y Martiña, su esposa, una venezolana, hacer la despensa para la comida de los trabajadores: ‘Esto no, esto no, esto no… no, es mucho’… les reducían la despensa y las cocineras les decían que no les alcanzaba y les decían que se las arreglaran como pudieran”.
–Los enganchadores o contratistas… ¿están aquí durante los jornales?
“No, ellos nada más los mandan. Vienen, los dejan y dejan a cargo a un capataz, que trae sus listas de asistencia.
“Gildo se llevaba una comisión. A ellos les pagaban de 90 a 80 pesos el día a la gente, y él cobraba 130, 140 y luego negociaba con José Luis un porcentaje por todo el grupo. Pero que él supervisara cómo estaba la gente, qué van a comer, no… este nada más los soltaba como un puño de moscas”.
–¿En qué los traen para los ranchos, en camionetas, en un camión de línea, de redilas?
“No… no. En camiones viejos, de esos de tours y son de allá de Parras. De hecho te costaba como mil 500 el viaje. Por persona. Llegan por jornada, meten y sacan gente por 90 días. Son camiones viejos, de esos de particulares, sin ventilación, en muy malas condiciones.
“La temporada de melón empieza en marzo, ahorita están en la cosecha tardía, ahorita hay gente ahí en el rancho y luego sigue la cosecha de repollo. Son tierras que están trabajando todo el año. A veces se los llevan entre los ranchos de la empresa. Los transportan en remolques jalados por un tractor, y ahí van todos, como vacas. La gente va parada, a veces el tractor hace media hora, 40 minutos entre rancho y rancho y ahí va la gente, en el sol, a vuelta de rueda porque andan en las veredas y no hay para que entren los camiones y además no van a gastar gasolina en eso.
“Los traían de Hidalgo porque decían que era la gente más fácil de traer. Hay muchos agricultores para aquella zona, y se traen mucha gente de allá porque la de Parras no quiere trabajar la tierra.
“Ahí la empresa es dueña de ti todo ese tiempo. Los fines de semana, los sábados y domingos también trabajan, pero de repente les dan un día, cuando hay mal clima. Dijeron que les iban a llevar una televisión… nuuunca llegó la pinki televisión. Imagínate el aburrimiento, la gente no ve mas que melón, más que tierra. Utilizaba su tiempo libre en sentarse a ver. A Parras no pueden salir… en qué se van, con qué. Por eso dicen que es esclavitud, pues aunque no quieras, ¿a dónde te vas? No pasa nada, no pasa nadie. Está un pueblito ahí al lado, pero están igual o peor de jodidos. En realidad ahí ves las condiciones de la gente, de Los Grupos, que son ranchitos en los que ves claramente los que tienen una tierra y la cultivan, pero se aprovechan de la gente”.
–¿Cuántos ranchos son los de Hortymel?
“Mira es el municipio de Parras, y está como a 10, 15 minutos de la entrada a Parras, hay un ranchito que se llama Los Grupos, y otros están en Santa Paulina, Librada, San José y otro que no me acuerdo cómo se llamaba. El más grande está en Santa Paulina”.
–¿Entonces es muy común este tipo de explotación en esos ranchos?
“Sí. En todos lados hay menores, gente mayor, enfermos”…
–¿Mujeres embarazadas?
“Sí”…
–¿Avanzadas o en las primeras etapas del embarazo?
“Mira, tuvimos mujeres con hasta 6 meses de embarazo, y así andaban trabajando. A todo mundo se friegan, la verdad ves muchas injusticias. Había un señor que iba todos los días y hacía guardia para que le pagaran su melón. Haz de cuenta que Hortymel les compraba el producto, pero no se los pagaba en efectivo, se los pagaba con material, con fertilizante, con encintado y todo eso. Entonces llegaban y decían ‘Es que Hortymel me debe’ y les decían ‘No, si ya les pagamos con material” y les hacían de agua el pago. Son productores de Los Grupos, que le venden a Hortymel el producto pero les pagaban en especie. A nosotros se nos hacía un robo, porque llevaban el melón y se los pagaban como ‘pachanga’ (melón de mala calidad) y ellos lo vendían como de primera.
“Hortymel trae gente de Hidalgo, pero también contrata gente de ahí de la región.
“Incluso a los trabajadores asegurados, terminaciones de gente que tenía 15 años, por ley les correspondía una indemnización, y el dueño decía: ‘Ellos no saben. Dales 5 mil pesos’ o primas laborales, vacaciones y demás, decía: ‘Dales una semana y con eso están contentos, tú no les digas a cuánto tienen derecho”. Haz de cuenta un terrateniente de hace 100 años. Cero derechos.
“Ingresos sí tenía, cómo no. Cuatro ranchos, varias ex esposas, tiene como cuatro o cinco hijas y las tenía en el Tec de Monterrey.
“Eso sí, en la nómina tenía un pago de 500 pesos a los policías estatales que cuidaban las brechas. ¿por qué? nomás porque sí”.
–¿Se les puede considerar esclavos?
“Yo considero que sí. No tienen libertad de muchas cosas, les pagan una miseria y se aprovechan de su miseria, de su ignorancia… ellos no tienen cultura del ahorro, de tener un mejor futuro, viven al día. ¿Sabes qué van a hacer con las indemnizaciones que les están dando? Se van a ir a agarrar el pedo, a gastárselo todo”.


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