Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Dinamizan economía con turismo médico Empieza instalación de equipamiento en asilo de la Nueva Historia Extiende municipio Plan TNH al ejido Centinela Apoyan a las familias vulnerables por frío Orán siglo veintiuno

Zócalo

|

Clasificados

|

Información

< Clasificados

Clasificados

Comercios de Saltillo, testigos del tiempo

  Por Ruta Libre

Publicado el lunes, 28 de septiembre del 2015 a las 19:39


La historia de Saltillo se cuenta a través de sus comercios, juntos suman más de 400 años dando servicios de todo tipo

La historia de Saltillo se cuenta a través de sus comercios, juntos suman más de 400 años dando servicios de todo tipo

Por Omar Soto y Rosalío Rodríguez | Fotografía: Diana Rodríguez y Antonio Ojeda | Saltillo, Coahuila.- Saltillo tiene decenas de historias desde su fundación, pero ninguna como la que se puede contar a través de sus comercios. Testigos de anécdotas y de la transición de la capital de Coahuila, establecimientos con más de cien años de operación continúan dando servicio.

En un recorrido por los lugares donde generaciones empujaron la vida económica de la ciudad, Ruta Libre presenta la memoria de restaurantes, tiendas de ropa, taquerías y bares que han sido escenario de todo tipo de historias.

“La Potosina”

Hace 38 años, la familia Sánchez Castro, originaria de San Luis Potosí, se mudó a la ciudad de Saltillo, buscando nuevas oportunidades de trabajo.

Con la ayuda de sus ahorros, lograron abrir una de las fondas más populares del Centro Histórico de Saltillo: La Potosina.

Ubicada en el corredor de la calle Narciso Mendoza, entre las vías Manuel Pérez Treviño y Juan Aldama, rodeada de carnicerías, puestos de fayuca, hierberías y tiendas de ropa vaquera.

Actualmente es atendida por Juan Sánchez Castro de 48 años de edad, heredero del negocio que fuera fundado por su padre, Sandro Sánchez Castro.

“Mi padre en un principio no tenía la intención de abrir un puesto de comida. Un día caminábamos por la calle y nos detuvimos a comprar unos tacos de barbacoa, a él no le gustaron para nada y fue cuando decidió hacer su propio negocio para brindar a las personas un mejor alimento” narra.

“No los únicos, pero si los mejores” se lee en un letrero colocado justo a las afueras de “La Potosina”. Frase que según Andrés Renato Gallegos, cliente desde hace 10 años, le queda como anillo al dedo al establecimiento.

Todos los días abre a las seis de la mañana y cierra al medio día, tacos y lonches de barbacoa con un precio de 20 pesos por orden, es lo que ofrece. Menciona que el éxito de su negocio se debe a que usa ingredientes frescos y de la más alta calidad.

Tal es la popularidad de La Potosina, que según Juan Sánchez, turistas que llegan al lugar por casualidad, han regresado años más tarde sólo para degustar sus tacos nuevamente.

“Vienen muchos extranjeros, siempre se van muy contentos por el buen trato y la rica comida, pasan los años y regresan para comerse un par de ordenes de tacos” platicó.

Menciona que esta fonda se ha convertido en un lugar muy especial para él, y en su opinión, difícilmente dejara de funcionar porque “No existe otro lugar como La Potosina, los clientes lo saben y son ellos quienes nos darán la permanencia por muchos años más”.

“La camisería de Leon´s”

En los años 30’s el sueño americano de Daniel de León del Bosque lo llevó a una sucursal de la tienda departamental Sears en la ciudad de Chicago, donde tomó aprecio y experiencia al negocio de la venta de textiles y a su regreso a Saltillo, ciudad de la que es originario fundó La Tiendita, en 1932, un negocio especializado en ropa y accesorios para caballero.

Con el paso del tiempo La Tiendita se convirtió en un fructífero negocio al que la familia De León le ha entregado dos generaciones pues los hijos del fundador se interesaron en continuar y ampliar el negocio de su padre.

Carlos y Francisco de León fueron los que desde hace más de cuatro décadas forman parte del negocio iniciativa de su padre, mismo que cerró en el año 2013 tras 81 años de historia en el centro de Saltillo, pero continuó viva la tradición de vender ropa para caballero por medio de la Camisería de León’s, un negocio fundado por Carlos de León y que actualmente atiende su hermano Francisco, ambos, hijos del fundador de La Tiendita.

La Camisería de León’s abrió sus puertas en agosto de 1969 en la esquina de la calle Zaragoza con Aldama a escasos metros de la Plaza de Armas de la ciudad. Era entonces la esquina de la ropa, Francisco de León la recuerda como “un negocio que abrió mi hermano y que le hizo competencia a La Tiendita de mi padre pero nunca hubo problemas”.

De 1969 al 2013 los negocios del padre y el hijo fueron competencia por atraer a los caballeros más distinguidos de la época, los clientes leales, el público dispuesto a consumir para lucir bien, “nuestro mercado siempre han sido los hombres, dicen que es más complicado que el de las mujeres pero no creo, los hombres también gastan” asegura Francisco de León, actual propietario de la Camisería.

En un local sobre la calle de Abasolo atrae la mirada por la sobriedad y elegancia de su aparador donde lucen camisas blancas, una guayabera y otra playera roja, la Camisería de León’s, que recién ha sido cambiada de lugar por segunda vez en sus 46 años de historia.

“Cuando mi padre fallece me quedé con La Tiendita por algunos años más hasta que la cerré en 2013 porque sin mi papá ya no fue lo mismo” comenta Francisco de León quien al cierre se fue a atender la Camisería, negocio que compró a la familia de su hermano Carlos fallecido en el 2008.

“Llevo dos años apenas en la Camisería, pero ésta ya tiene 46 años de fundada”, comenta Francisco de León mientras suena insistente el teléfono sobre el aparador interno del local, donde se encuentran acomodados en líneas varios accesorios para caballero: pañuelos en colores pálidos, tirantes enrollados y guardados en cajas transparentes, unas carteras color camello y unas botellas vacías de lo que fuera licor o ron acentúan el escenario varonil del lugar.

“A mí me ha tocado continuar los negocios de mi padre y ahora de mi hermano después de que estos han fallecido” continúa Francisco.

Con el dedo Francisco apunta hacia las pilas de camisas en un estante alto y blanco al fondo de la Camisería, “ahí están las camisas para esmoquin que son las más caras que vendemos” comenta. Se trata de prendas confeccionadas a medida con detalles de alta costura al frente.

Pero si la elegancia de las camisas y los trajes roba un suspiro a cualquier caballero, la intensidad de los colores de las camisas colgadas sobre unas arañas metálicas en el centro del local hace buscar entre estampados, texturas, tallas, puños y cuellos la prenda ideal.

“En los tiempos buenos este negocio tuvo hasta 20 empleados y mi hermano y yo siempre les decíamos que lo principal es darle buen trato a los clientes para que regresen” comenta Francisco de León, quien hoy es un experto en dar consejos a los caballeros sobre el vestido y predica con el ejemplo, hoy porta una camisa azul a cuadros de manga corta con rayas inamovibles, un pantalón de mezclilla y una pluma en la bolsa de la camisa.

“Las mujeres compran mucho porque les gusta ponerse mucho y porque en general le dedican más tiempo a su apariencia, pero yo le digo a los caballeros que nosotros no es necesario tener tanto sino lo principal, por ejemplo, yo sólo tengo un traje negro y uno azul marino, porque dicen que el negro es para lágrimas y risas” finaliza.

“Café Viena”

Fue en el año de 1959, cuando René Molina de la Cruz, fundará uno de los restaurantes con más tradición en saltillo: el Café Viena.

La calle Abbott, ubicada en el corazón de Saltillo, fue testigo del primer establecimiento Viena, en un local ubicado justo al lado del desaparecido Banco Mercantil Monterrey. 13 mesas, una estufa y un pequeño inmueble, marcarían el inicio de una historia que sigue vigente hoy en día.

25 años más tarde, tras la visión de su propietario de expandir su negocio, el Café Viena se mudó a la avenida Presidente Cárdenas, entre las calles Ignacio Allende y Miguel Hidalgo.

Las puertas del lugar se abren, un hombre sentado en una de las mesas, observa con una mirada de nostalgia la totalidad del restaurante que le heredó su padre.

Reconocimientos colgados en las paredes, cuadros, postales y una imponente cabeza de toro colocada en un muro, símbolo de una de las pasiones de su familia: la Tauromaquia, recorren la mirada de René Molina Aguirre, encargado de seguir con el legado del Café Viena.

“Mi padre amaba tanto este lugar, que era imposible no seguir con el restaurante que significo tanto para él. La decisión de seguir con Viena, también se tomó pensando en nuestros clientes y amigos, cuyas familias siguen prefiriendo nuestro servicio” platicó.

Cuenta que las recetas con las que preparan los alimentos, son las mismas que usaba su padre, y que la ternera ha sido desde sus inicios, su platillo más distintivo.

“Por lo general la gente viene aquí, buscando un buen corte o torta de ternera, les gusta el sabor de nuestras recetas, las mismas que hemos respetado y conservado al paso del tiempo” dijo.

A pesar de la difícil situación económica, comenta que son varios los años que no ha aumentado los precios en su menú, porque “La gente viene aquí porque puede disfrutar de una excelente comida a bajo costo”.

En la opinión de René Molina, el Café Viena atraviesa, tal vez, su última generación “Mis hijos están muy interesados en continuar con el negocio, pero yo lo veo muy complicado, por la alza de precios en los insumos que ocupamos. Las ganancias ya no son tan buenas como antes y no les sería redituable, pero mientras yo pueda girar la llave de la puerta de entrada y me queden fuerzas, el Café Viena, seguirá dándole servicio a mas generaciones de Saltillenses”.

“Taquería Jalisco”

Fue en el de año de 1978 cuando José Trinidad Hernández de 55 años de edad, decidió mudarse de la Ciudad de México a Saltillo en compañía de su familia, para fundar una de las taquerías con más renombre en el Centro Histórico de la ciudad: Taquería Jalisco.

“La idea surgió porque mi padre tenía muchas ganas de vivir en una ciudad más pequeña y tranquila. Desde que tengo memoria, él se ha dedicado al negocio de los tacos y quiso continuar con esta tradición acá en el norte”

Comentó José Antonio Hernández González, heredero de “La Jalisco” como sus clientes y amigos la conocen.

Un letrero con el menú y el nombre del lugar, una plancha de metal de donde se desprende el aroma de los alimentos cocinándose y un “trompo” colocado a las afueras del establecimiento, invitan a las personas a degustar de los tacos de barbacoa, pastor y machito que ahí preparan.

Para José Antonio Hernández, una de las cosas que le provocan más alegría, es ver como mujeres que llevaron a sus hijos recién nacidos, ahora regresan con ellos convertidos en jóvenes.

“La Taquería Jalisco es ya una tradición para los saltillenses, todos los días abrimos a las seis de la mañana y cerramos a las cuatro de la tarde. He visto como gente que va de camino a sus trabajo, pasa diariamente por su orden de tacos para llevarse de lonche” platicó.

Según su propietario, lo que distingue al negocio es su rapidez y su pasión por servir al cliente. La orden con cinco tacos cuesta 40 pesos y se acompaña con salsas recién hechas, cebolla, limón y cilantro.

La prevalencia de este establecimiento parece no correr ningún riesgo, ya que los hijos de José Antonio Hernández, hasta la fecha asisten a ayudar en el negocio y en su opinión, están muy interesados de continuar con la taquería.

“Hay Jalisco para rato, mis hijos seguramente seguirán con la tradición que su abuelo les ha dejado y mientras yo pueda seguir al frente nuestros comensales seguirán tendrán tacos con calidad y tradición por muchos años más” finalizó.

“Enno´s bar”

En la mesa de la esquina dos platos con chilaquiles humean, los comensales conversan con dificultad, parecen gritar porque la música afuera suena fuerte y lo rompe todo, el silencio y la solemnidad del callejón Padre Flores, uno de los más populares en el corazón de la ciudad donde se encuentra Enos’s, el restaurante en activo más antiguo de Saltillo, fundado en 1947 por la familia Arizpe Sáenz.

Sobre una puerta entre abierta un tallado de madera anuncia el restaurante, tímidamente localizado casi frente a la zona de bares del callejón, dos ventanas pequeñas parecen indicar que se trata más de una casa que de un restaurante pero por dentro tres mesas que apenas caben y la popular barra del Eno’s remontan a más de uno al fin de una noche de fiesta o de una tarde de comida casera, o el desayuno de alguna mañana rumbo al trabajo.

Al fondo de la primera de dos plantas de Eno’s una campana de acero inoxidable acompaña a una caliente plancha donde Ernesto Castillo prepara unos huevos con tocino, él es el dueño actual del restaurante, una herencia de su padre, Espiridion Castillo, quien a su vez lo compró en el año de 1967 a la familia Arizpe.

En aquel año, recuerda Ernesto Castillo que su padre le contaba que “el restaurante pasó por una huelga de sus trabajadores y los patrones decidieron deshacerse de Eno’s cuando éste apenas tenía 20 años de fundado”.

Así fue como Espiridión Castillo, entonces cajero del restaurante lo compró en pagos a la familia Arizpe, “en ese entonces estabamos ubicados en donde ahorita está el Monte de Piedad aquí en el mismo callejón” comenta Ernesto.

Sobre Padre Flores en donde hoy hay un estacionamiento antes estuvo ubicada la central de autobuses de la ciudad así que el Eno’s tenía desde entonces una importante afluencia de comensales que llegaban pidiendo lo que es costumbre hasta el día de hoy: menudo, chilaquiles, paloma de ternera y bisteck ranchero.

“Con el tiempo la central desapareció y nosotros nos movimos como cuatro locales hacía acá porque aquí donde estamos ubicados es propiedad nuestra” narra Ernesto Castillo quien voltea rápidamente hacia la barra y las tres mesas que para esta hora de la noche están llenas.

“La actividad del restaurante es muy demandante y más si como a mi te gusta hacer de comer y todo” bromea Ernesto.

Él hace de comer desde hace 21 años que comenzó a involucrarse en el negocio de su padre, “mi papá no hacía de comer, él sólo cobraba pero a mí si me gustó la cocina y aunque no, que me queda”, dice.

En el menú de Eno’s hay más de 50 platos diferentes, para todos los gustos, con salsas de todo tipo y de diferente picor y color, sin embargo, la tradición sigue siendo la comida mexicana.

Conforme la noche avanza los comensales siguen llegando y cada vez más, el calor dentro del Eno’s aumenta, entre la plancha y las conversaciones mezcladas el clima torna como el de una fiesta familiar, la gente come parada en la barra sin importar que ya no quepan, nadie quiere irse sin cenar a casa después de bailar y tomar.

“Hasta hace como tres años nosotros no cerrábamos, trabajábamos las 24 horas del día, pero ahora decidí que mejor cerremos a las cuatro de la madrugada, a esa hora no deja de haber clientes pero ya son menos”, afirma Ernesto Castillo, el propietario de Eno’s.

Y es que el restaurante se ha convertido en el punto de reunión de quienes salen a divertirse por las noches en algun bar o antro del centro histórico, a Eno’s se llega a hidratarse, a saciar el hambre, al baño o simplemente a continuar la conversación acompañados de un café.

Diariamente el restaurante recibe entre 80 y 100 clientes dependiendo del día, “obviamente los fines de semana esto se llena” asegura Ernesto.

Ernesto Castillo es la tercera generación de dos familias que han atendido el restaurante, los Arizpe fueron la primera y su padre, Espiridion Castillo la segunda, y a pesar de ser un adulto joven piensa en involucrar a sus hijos en Eno’s, sin embargo, “a ninguno de mis hijos le gusta, ellos están dedicados a sus profesiones, sus cosas”, comenta.

Así que el restaurante de 68 años de historia corre el riesgo de desaparecer o al menos de dejar de estar en manos de la misma familia, para que una tercera forme parte de su historia.

“Yo no pienso en venderlo, mientras yo pueda atenderlo y mi esposa me apoye junto con los empleados vamos a mantenerlo porque yo le tengo mucho aprecio, es la herencia de mi padre”, comenta Ernesto.

Una historia que guarda bajo sus mesas, tras su barra, en el fondo de los platos, al final del café, un restaurante con historia accidentada pero de éxito indiscutible en el centro de la ciudad, sobre el callejón Padre Flores, donde todavía hace 18 años pasaban los carros buscando al Eno’s, al mismo que mantienen vivo cientos de saltillenses que lo frecuentan por el día pero que se ha convertido en el punto de encuentro por costumbre de los jovenes y adultos que salen de bailar y tomar.

“Casa Iglesias”

Las esculturas parecen cuidar las banquetas de la calle Manuel Acuña, a más de dos metros de altura, los santos y las vírgenes observan a los peatones que pasan rápido por una de las principales venas del centro histórico, por dentro, Casa Iglesias no es diferente: iluminada y pintada con colores claros, tupida de imágenes religiosas que parecen obligadas a callar y sólo mirar con ojos de bondad, enojo y angustia, dependiendo del artista que las haya pintado, detallado centímetro por centímetro.

A paso lento, Teodoro Iglesias camina hasta la sala de su casa, hace 12 años un derrame cerebral lo obligó a soltar las riendas del negocio que fundó su abuelo y le heredó su padre: la Casa Iglesias, casi un templo de casi 80 años en el centro de la ciudad.

“La relación del apellido de mi familia y los productos que vendemos es mera coincidencia” aclara Teodoro mientras sonríe junto a su hija Lourdes quien lo auxilia y cuida.

La historia de Casa Iglesias comienza en la esquina entre la calle Zaragoza y los portales a la orilla de la Plaza de Armas, ahí fue fundado en 1936 el negocio familiar por Procopio Iglesias, abuelo de Teodoro.

“Mi abuelo lo fundó y se lo heredó a mi padre, así como yo se lo dejé a mis hijos y luego mis nietos” comenta Teodoro Iglesias quien recuerda en sus años de niñez las enormes esculturas de resina con un soporte interno de madera que las hacía casi eternas.

Actualmente y ante el problema de salud de su padre, es María Elena, hija de Teodoro Iglesias y bisnieta del fundador la que está al frente del negocio al que su padre visita muy poco, no por falta de ganas sino por imposibilidad.

“Casa Iglesias llevamos toda una vida vigentes, yo me encargué de atenderla durante 34 años de trabajo diario, sin parar”, comenta Teorodo Iglesias quien sostiene su mano derecha sin fuerza con la izquierda que está sana.

“Mi papá atendió junto a mi mamá, Nilda Abramo la Casa con mucho esfuerzo, se volvieron una tradición, como una marca porque mucha gente no compran una escultura o imagen sino es de Casa Iglesias” comenta Lourdes Iglesias, parte de la cuarta generación de la familia en el negocio.

Desde afuera, en Casa Iglesias unas esculturas pintadas a detalle y de tamaños diversos se lucen por los cristales, son vírgenes, Cristos, santos, niños recién nacidos y cruces, por dentro, las imágenes y pinturas colgadas en las paredes corroboran el acento religioso del lugar, todo perfectamente acomodado y visible, “como le gusta a mi padre”, comenta la encargada.

En el anecdotario de la familia Iglesias está la venta que Teodoro hizo a una iglesia en Cadereyta, Nuevo León, “logró venderles un Cristo crucificado de cuatro metros y medio y una Sagrada Familia de dos metros y dos metros y medio”, narra Lourdes Iglesias.

“Yo creo que mi hija María Elena y los demás también y mis ocho nietos les gusta y se han involucrado de alguna u otra manera al negocio, y lo mantienen vigente”, comenta Teodoro Iglesias, quien recuerda las fiestas religiosas cuando él estaba encargado del negocio familiar.

Durante la Navidad, las “levantadas” de niños dios en febrero, pero sobre todo los 12 de diciembre, festejo de la Virgen de Guadalupe la Casa Iglesias se llena de clientes en busca de imágenes, recuerdos y esculturas para ilustrar y referir sus celebraciones religiosas.

“Son dos vírgenes y un santo los que más venden, para empezar la Virgen de Guadalupe, la morena, después San Judas Tadeo y en tercer lugar la Virgen de San Juan de los Lagos, que por cierto ya viene su festejo”, afirma Teodoro Iglesias.

En el mostrador del fondo en Casa Iglesias, María Elena corta unos listones satinados de color blanco, flanqueada por una vitrina que exhibe pequeñas caras, medallas y cruces, prepara unos recuerdos en bolsas de celofan para un bautizo, una actividad que hace desde que se involucró en el negocio de sus padres, y que da vida al local porque siempre se le ve a María Elena con una música de fondo entretenida casi aislada de todo adornando las figuras que se repartiran por decenas en alguna fiesta en la ciudad.

Los hijos y nietos de Teodoro Iglesias, les ha tocado llevar el negocio en una época donde es fundamental adaptarse a la velocidad de la moda que no excluye a la religión.

“Han surgido nuevos santos, imágenes hechas con otros materiales, son muchos cambios y rápido”, comenta Lourdes Iglesias.

Ella recuerda el “boom” que significó la santificación de San Juan Pablo II así como la popularidad de San Benito y San Juan Diego, sin omitir a la madre Teresa de Calcuta.

Pero no sólo los protagonistas han cambiado sino también el material con el que se elaboran, “ahora hay más tamaños y detalles en la pintura sobre todo, los más finos siguen siendo los de pasta y resina, pero a éstos ahora también se les pueden poner cristales de Swarovski por ejemplo o algún acabado especial, esto dispara el precio del producto” afirma Lourdes Iglesias.

La apertura de las puertas de Casa Iglesias todas las mañanas en la calle de Acuña está garantizada por unas décadas más, porque a la más joven generación de la familia Iglesias le ha brotado amor por el negocio fundado por su tatarabuelo; “¿nuestro secreto?, te lo voy a confesar: atender bien al cliente, y la fe en Cristo”, finaliza Teodoro.

“Tacos, joven”

La historia de Tacos Joven, uno de los establecimientos de comida mas populares de Saltillo, comenzó hace 100 años, gracias a la idea de el matrimonio conformado por Francisca Romero y Leocadio Rivera, según comenta la actual propietaria del negocio, Martha Ema Rivera.

Un puesto ambulante, algunos bancos de madera, ingredientes de calidad, precios justos y una buena actitud de servicio bastaron para que el negocio atravesara 10 décadas hasta la actualidad. Convirtiéndose en una pequeña fonda ubicada justo en la calle Manuel Pérez Treviño, entre las avenidas Ignacio Allende y Manuel Acuña.

Un pequeño local pintado de color blanco, una barra de acero donde los clientes colocan sus platos, una parrilla, un refrigerador y una loneta que fue instalada hace 50 años, conforman el local donde cada taco y gordita cuesta seis pesos. Los hay de bistec, pollo y carne molida en harina o maíz.

El emblemático nombre surgió porque Francisca y Leocadio Rivera invitaban al establecimiento a hombres y mujeres que transitaban por el Centro Histórico de Saltillo con la frase: Tacos, joven.

Una tienda de accesorios de celulares, una ferretera y una frutería son los locales vecinos de Tacos Joven. El calor producido por la parrilla, los ruidos de los claxon y el constante ir y venir de los transeúntes, parecen no incomodarle a Martha Ema Rivera, quien enciende su radio a todo volumen amenizando la visita de los comensales a su negocio.

Tres generaciones de familia son las que han estado al frente de Tacos Joven, y según Martha Ema Rivera, la prevalencia del negocio se debe a la humildad, respeto y constancia con la que han sabido manejarlo.

“Siento una satisfacción muy grande el poder seguir con la tradición familiar. Yo he estado en este lugar desde que nací y me halaga mucho que la gente venga a comer aquí” dijo.

Platica que las gorditas y tacos que vende, se preparan con la misma receta y sazón que utilizaban sus abuelos “Mi abuela me enseño aquí, la clave del sabor esta en el tiempo de preparación y cocinar con gusto”. Cada taco y gordita cuesta seis pesos y los hay de bistec, pollo y carne molida.

Martha Ema Rivera, confía en que el negocio continuará por muchos años más, ya que sus hermanas e hijas, visitan con regularidad el establecimiento y parecen tener gusto por la cocina y por seguir con los Tacos Joven. “Aquí hay tacos para rato, a mí se me hace que otros cien años si duramos” finalizó.

“La Botica”

A sus 76 años de historia en el centro de la ciudad, la botica Pasteur guarda entre sus frascos, paredes y olores anécdotas del auge que tuvo hace apenas algunas décadas atrás, a la vez los recuerdos de cuatro generaciones de la familia Zertuche que hoy siguen luchando por el reposicionamiento del negocio.

Desde su oficina, Antero Zertuche, dueño de la botica supervisa por medio de un circuito cerrado el establecimiento sobre la calle Pérez Treviño donde se encuentra la empresa que fue fundada por su padre, Juan Zertuche y su mejor amigo, Santiago Rodríguez, en el año de 1939.

“Ellos dos eran como hermanos, y decidieron comprar la botica que en ese entonces se llamaba Profesa y estaba en la calle de Allende esquina con Pérez Treviño”, recuerda Antero Zertuche.

La sociedad entre los fundadores terminó apenas tres años después, en 1942 cuando Santiago Rodríguez decidió invertir en otros negocios relacionados igualmente con la salud, pero en este caso de los animales, “él compró una farmacia veterinaria y ahora su familia es dueña del Palacio de las Mascotas, también ellos tienen mucha historia”, comenta el dueño de la Pasteur.

Ante la disolución del negocio más no de la amistad, la botica fue vendida a un grupo de médicos que la atendieron durante 14 años, hasta 1956 cuando uno de los fundadores, Juan Zertuche decide recuperar su pequeña empresa.

En 1958 la calle Allende tuvo una ampliación de carriles, la entonces botica Profesa quedó reducida a un local angosto e inoperable, ese fue el motivo para que se cambiara a la calle Pérez Treviño a un nuevo establecimiento pero también con un nuevo nombre, pasó de Profesa a botica Pasteur, en honor a uno de los químicos franceses más importantes de la historia.

“Desde ese año yo iba a la botica con mi papá a atender y ayudarle, me acuerdo claramente de cómo huele, cómo se siente estar ahí, y esa ha sido una de mis condiciones, que las cosas no cambien” recuerda Antero Zertuche.

El olor hoy es el mismo de hace 76 años, el aceite y las enormes y coloridas veladoras en los estantes al fondo del negocio mezclan sus esencias en un olor casi indecifrable.

Predomina el pefume de las rosas con el romero, la canela y la vainilla, pocos restos hay en el aire de los químicos y ácidos que se usan para dar fuerza a las mezclas.

Juan Zertuche el fundador y su esposa fueron la primera generación de la familia en atender la botica, él aprendió empíricamente a hacer los preparados y medicamentos que se siguen vendiendo en la Pasteur cuando trabajó en la extinta botica Universal que se encontraba en la calle Aldama esquina con Allende.

“Mi padre aprendió viendo cómo hacían los medicamentos; era un empresario nato y a nosotros sus hijos nos enseñó el negocio perfectamente bien, al final yo fui el que me quedé con la botica porque soy al que más le gusta”, asegura el propietario actual

En las décadas de los 80’s y 90’s Antero Zertuche atendió personalmente la botica y tuvo la oportunidad de involucrar a sus hijos, la tercera generación de la familia en el negocio.

“Ir a la botica era un requisito fundamental en mi casa, mi esposa me ayudaba y mis hijos a veces no querían ir pero no tenían de otra, era una regla que con el tiempo ellos fueron aceptando cada vez más, sobre todo Héctor Miguel”, recuerda el hijo del fundador.

La botica abre desde temprana hora en un establecimiento moderno, distinto al que se usaba cuando se fundó, ahora hay menos frascos y también hay medicamentos de laboratorio en venta, son apenas algunos cambios que en el paso de más de siete décadas le han realizado, sin embargo, los preparados tradicionales que dejó el boticario Juan Zertuche siguen vendiéndose y haciéndose en una bodega que se ha habilitado como laboratorio.

En el 2001, el compromiso de atender la botica cansó a Juan Antero Zertuche y lo llevó a tomar la decisión de venderla a la familia Madero, propietarios de otras farmacias que compraron la botica Pasteur cuando ésta estaba en uno de sus mejores momentos económicos.

“La botica tenía 520 clientes diarios cuando yo la vendí, eran muchos, yo no la vendía porque estuviera quebrado sino porque ya no aguantaba el pesado legado de mi padre, era mucho el compromiso”, narra Juan Antero Zertuche.

Por motivos desconocidos por la familia Zertuche, los Madero decidieron vender la Pasteur a un grupo farmacéutico en el 2007, la compra-venta terminó en un dramático cierre de la botica durante tres años, tiempo que para Juan Antero “fue muy feo porque era el negocio que nos dejó mi padre y yo cuando la vendí le había pedido a la familia Madero que no la fueran a cerrar”, recuerda.

En el año 2010 los Zertuche motivados por Héctor Miguel, el nieto del fundador decidieron reabrir la botica con la misma técnica y los mismos productos que su abuelo había hecho costumbre en el negocio: la loción reafirmante para las embarazadas, el agua de rosas para suavizar la piel, el ácido bórico como repelente y los múltiples aceites de olores exóticos que sirven para cualquier cantidad de curaciones.

“Mi hijo Héctor Miguel fue el que nos animó a reabrir, ahora él es el encargado junto con uno de mis nietos de 14 años que le va a ayudar, ellos ya son tercera y cuarta generación al frente del negocio, porque yo soy la segunda y mi padre la primera” comenta Juan Antero Zertuche.

A 76 años de distancia, la misma familia sigue al frente de un tradicional negocio en el primer cuadro de la ciudad, la botica Pasteur recibe actualmente 155 clientes diarios y está en un momento decisivo del relevo generacional por los adolescentes que ya están interesados en continuar con el legado de su bisabuelo.

Más sobre esta sección Más en Clasificados